Solución extrema

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Negaba todo principio religioso, político y social; decían de él que era un nihilista.

Su humor tétrico y desapacible con todo, y su manifiesta aversión al trato humano, lo convertían en un verdadero misántropo.

Para más, rechazaba la autoridad de maestros, normas, escuelas y modelos; era iconoclasta.

Por lo tanto —fiel a sí mismo— un día dijo: “”¡Basta, basta y basta! ¡Estoy harto ya de este mundo!”

Y subió a bordo de una nave espacial.

Héctor Sandro
No. 103 – 104, Julio – Diciembre 1987
Tomo XVI – Año XXIII
Pág. 394

El regalo

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Un ángel cayó a la tierra, malherido por una tempestad, y fue hallado por una doncella.

Ésta intentó curarlo, pero no lo logró.

El ángel, agradecido, antes de morir la hizo heredera de sus alas.

Con ellas la muchacha se armó un abanico, y en las noches de verano, cuando se da aires con él, se eleva, flota, y se envanece del prodigio de su levitación.

Héctor Sandro
No. 103 – 104, Julio – Diciembre 1987
Tomo XVI – Año XXIII
Pág. 394

Agónica

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Al ver, a través de su ventana, que en derredor avanzaba poco a poco el deterioro, cubrió con lienzos los cristales y pintó sobre ellos edénicos paisajes.

Mucho tiempo después, una grieta profunda se abrió en una de las paredes, y por ella pudo espiar el exterior.

Quitó entonces los lienzos, y comprobó, satisfecho, que —sin haber sufrido el suplicio de la espera— la ruina total por fin se había consumado.

Héctor Sandro
No. 103 – 104, Julio – Diciembre 1987
Tomo XVI – Año XXIII
Pág. 393

Tiempos primitivos

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Estaban todos reunidos alrededor de la fogata, esperando una presa que calmara el hambre de la comunidad.

El brujo, cubierto con la piel y la cornamenta del animal deseado. Invocaba a los dioses de la cacería.

Obedientes al conjunto, las bestias acudieron en tropel, y arrasaron al clan y hasta el rescoldo de las brasas.

Héctor Sandro
No. 103 – 104, Julio – Diciembre 1987
Tomo XVI – Año XXIII
Pág. 393

Alta sociedad

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Bajo las pelucas empolvadas, la picazón intolerable de liendres y piojos.

Bajo las sedas y brocados, el escozor mortificante de las perfumadas costras de la roña.

Pero todo lo soportaban alegremente, con tal de poder seguir bailando el minué.

Héctor Sandro
No. 103 – 104, Julio – Diciembre 1987
Tomo XVI – Año XXIII
Pág. 393

Detrás de la máscara

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La hermosa, ante su tocador, se quitaba la larga peluca ensortijada, las negrísimas pestañas postizas, las irisadas lentes de contacto.
Después iba haciendo desaparecer el brillante rouge de sus labios, el tenue carmín de las mejillas, el aporcelanado maquillaje.
Finalmente, al descubierto su belleza magnífica, se extasiaba entonces en su contemplación.

Héctor Sandro
No. 103 – 104, Julio – Diciembre 1987
Tomo XVI – Año XXIII
Pág. 393