En el insomnio

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El hombre se acuesta temprano: No puede conciliar el sueño. Da vueltas, como es lógico, en la cama. Se enreda entre las sábanas. Enciende un cigarro. Lee un poco. Vuelve a apagar la luz. Despierta al amigo de al lado y le confía que no puede dormir. Le pide consejo. El amigo le aconseja que haga un pequeño pase a fin de cansarse un poco. Que en seguida tome una taza de tilo y que apague la luz. Hace todo esto pero no logra dormir. Se vuelve a levantar. Esta vez acude al médico. Como siempre sucede el médico habla mucho pero el hombre no se duerme. A las seis de la mañana carga un revolver y se levanta la tapa de los sesos. El hombre está muerto pero no ha podido quedarse dormido. El insomnio es una cosa muy persistente.

Recordado por Jorge Luis Borges
No. 16, 1965
Tomo III – Año II
Pág. 261

¿La realidad?

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Cuando el secretario de Balzac le dio a éste la noticia de la enfermedad mortal de su padre, el escritor contestó: “Está bien, está bien, mi querido amigo, pero volvamos a la realidad, hablemos de Eugenia Grandet”

Walter Muschg
No. 16, 1965
Tomo III – Año II
Pág. 252

Paracelso

Paracelso

Paracelso

(Theophrastus Bombastus von Hohenheim)

(10/11/1493 – 24/09/1541)

 Médico y químico suizo

Nació el 10 de noviembre de 1493 en Einsiedeln. Hijo de un médico que le enseñó las primeras letras y le hizo conocer y admirar la naturaleza. Desde niño acompañó a su padre en las visitas a enfermos.

Estudió las artes liberales (trivium: gramática, retórica, dialéctica, cuadrivium: geometría, aritmética, música y astronomía) probablemente en Viena y en Ferrara, Italia, donde se tituló de doctor, y siguiendo la costumbre de la época, latinizó su nombre y eligió el de Paracelsus.

Inició un largo viaje por Europa, llegó hasta Moscú y descendiendo a través de Kiev por los Balcanes, llegó al Asia Menor y a Egipto, desde donde regresó a Villach pasando por Italia. Su peregrinación duró 12 años. Muchos jóvenes lo siguieron en estas andanzas. Dijo entonces: “Comadronas, curanderos, nigromantes, barberos, pastores y campesinos saben muchas cosas que aparentemente no han sido tomadas en consideración por los doctores eruditos. Los barberos, los médicos del pueblo, saben el arte de curar, no a merced de los libros sino a través de la luz de la naturaleza o por la tradición procedente de los antiguos magos”.

Gran crítico con la creencia de los escolásticos, de que las enfermedades se debían a un desequilibrio de los humores o fluidos corporales, y de que sanaban mediante sangrías y purgas. Paracelso creía que la enfermedad procede del exterior, por lo que creó diversos remedios minerales con los que, en su opinión, el cuerpo podría defenderse.

Identificó las características de numerosas enfermedades, como el bocio y la sífilis, y usó ingredientes como el azufre y el mercurio para combatirlas. Fue un precursor de la homeopatía. Sus escritos contenían elementos de magia. La rebelión de Paracelso contra los antiguos preceptos de la medicina liberaron el pensamiento médico, abriendo paso a un camino más científico.

Aceptó el ofrecimiento del príncipe Ernesto de Baviera para radicarse en Salzburgo, donde murió el 24 de septiembre de 1541[1].


Encantamiento

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El proceso y el empleo de los homúnculos es el siguiente. Si quieres liberar a un hombre de su enfermedad y sanarlo, tienes que practicar en su imagen todas las curaciones, los emplastos, los ungüentos, etc. Si quieres obtener amor, benevolencia y favor, debes hacer dos homúnculos que se estén dando la mano, abrazando, besando, o estén mostrando cualesquier otras señales de amistad. Si quieres ser invulnerable para las armas de tus enemigos, debes fabricar tu imagen en hierro o acero endurecerla como un yunque. Si quieres maniatar a un enemigo, maniata a su imagen. Con esto tienes ejemplos suficientes, de los cuales puedes tomar y deducir muchos otros.

Paracelso
No. 16, 1965
Tomo III – Año II
Pág. 251

Alguaciles

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Esté advertido vuecelencia que los seis géneros de demonios que cuentan los supersticiosos y los hechiceros (los cuales por esta orden divide Psello en el capítulo 2º. de Libro de los Demonios) son los mismos en que las órdenes en que se distribuyen los alguaciles malos. Los primeros llaman liliureones, que quiere decir ígneos; los segundos aéreos; los terceros, terrenos,; los cuartos, acuátiles; los quintos, subterráneos; los sextos, lucífugos, que huyen de la luz. Los ígneos son los criminales que a sangre y fuego persiguen los hombres; los aéreos son los soplones, que dan vientos; ácueos son los porteros que prenden por si vació o no vació sin decir agua va, fuera de tiempo; y son ácueos, con ser casi todos borrachos y vinosos. Terrenos son los civiles, que a puras comisiones y ejecuciones destruyen la tierra. Lucífugos. Los rondadores que huyen de la luz, debiendo la luz huir de ellos. Los subterráneos, que están debajo de la tierra, son los escudriñadores de vida, y fiscales de honras y levantadores de falsos testimonios, que debajo de tierra sacan qué acusar, y andan siempre desenterrando los muertos y enterrando los vivos

Francisco de Quevedo
No. 16, 1965
Tomo III – Año II
Pág. 246