Juan Cervera

Juan Cervera

 

Juan Cervera Sanchís

 

Hijo de Juan Cervera Rueda y de Asunción Sanchís Jiménez, vino al mundo en la villa axatiana (Axati), hoy Lora del Río, Sevilla, ESPAÑA, el 24 de octubre de 1933. En 1968 Llega a México, donde reside. En su país publicó desde muy joven en revistas literarias de Andalucía y de otras regiones de España. Ejerce el periodismo tanto en España como en México.

Juan Cervera pertenece a la estirpe de los poetas que poseen un diestro dominio de las formas tradicionales y clásicas de la poesía (soneto, décima, lira) que le convierten en una voz original y auténtica dentro del panorama poético actual. Acaso su principal virtud no sea otra que la de parecerse sino a Juan Cervera.

Su manejo formal no le ha impedido el juego de la experimentación. En España la prestigiosa colección Adonais dio a conocer su libro El Prisionero (1970); en 1982 obtuvo el premio Azor con el libro En las Nubes, que se otorga en la ciudad de Barcelona. Su extensa bibliografía alcanza más de cuarenta obras editadas desde el año 1960 ( Canciones de un muchacho que veía venir la muerte ) y 2005 (Sonetos del amor, de la vida y la muerte ).

Su primer libro, “El muchacho que veía venir a la muerte”, 1960, (poesía) aparece bajo el sello de AGEM, Madrid, España, los más recientes, primero y segundo tomo de su obra poética, que rebasa las mil páginas, y recoge su producción lírica desde el citado poemario al año 2006, ha sido impreso también en la capital de España por el Grupo Cultural Bohodón, este 2007, con la colaboración de los Ayuntamientos de Tres Cantos, Comunidad de Madrid, Lora del Río, Provincia de Sevilla, y Caja Madrid.

Cervera Sanchís es esencialmente poeta, aunque cultiva el relato y ejerce el periodismo. Entre sus libros en prosa destacan “Los ojos de Ciro” (relatos), Katún, México, 1984, y “El caos es maravilloso”, Editorial Domes, México 1985, “Poesía de México y del Mundo” (ensayo) Instituto Politécnico Nacional, México 1994, y su libro de entrevistas con pioneros de la industria del petróleo. “Pemex: pasión y destino”, Instituto Mexicano del Petróleo, México 2005.

La poesía de Juan Cervera Sanchís ha sido traducida el bretón, al francés, inglés, italiano, portugués y japonés.

El 6 junio de 2004, en la Plaza de Andalucía de su pueblo natal (Lora del Río) fue descubierto un busto suyo, obra del escultor Germán Pérez Vargas, donde sus paisanos quisieron inmortalizarlo. Ya, con anterioridad, el Ayuntamiento de Lora del Río había puesto su nombre a una calle del pueblo.

Juan Cervera Sanchís, como periodista e investigador, tiene inédito un libro titulado “Ajedrez: Pasión y Misterio”, fruto de sus charlas con relevantes maestros del ajedrez en México.

Asimismo prepara otro libro, igualmente de entrevistas, con personalidades de las letras y las artes, entre los que destacan, entre otros, Luis Buñuel, José Gorostiza, Manuel Rodríguez Lozano, Carlos Pellicer, Rodolgo Usigli, Jaime Torres Bodet, Juan José Arreola, Blas Galindo, Rosario Castellanos, Juan Rulfo, David Alfaro Siqueiros, Juan Soriano, Ermilo Abreu Gómez y Luis Spota, con los que tuvo la oportunidad de conversar.

Cervera Sanchís, con “Sonetos del Ajedrez” añade a su producción literaria una nueva y sorpresiva nota de su inagotable estro poético[1].

La rueda

Era la tarde de las norias. Los burros morían tras sus anteojeras, el agua se escurría por los cangilones besada por el sol. En las huertas trinaban los verderones y los mirlos. Por el camino, cuerda de esparto, venía un hombre con barba de semanas, sombrero de palma y vara de acebuche en la mano. Sobre la espalda traía un mugroso zurrón, en la mirada un mar de cansancios. Alzó la cabeza y se detuvo, clavando en la tierra su vara, luego se sentó sobre un megalito dejando su zurrón a un lado, sobre un real de yerba que allí trataba de vivir. Respiró, se quitó el sombrero y se pasó la mano por la sudorosa frente:

—Al fin —susurró. Tras las huertas estará en el río. No habrá cambiado desde el día que me fui. Pero ¿y ellos?

El hombre sintió como un espadazo frío en mitad del pecho. Luego continuó su soliloquio:

—Hace tanto tiempo que no veía estas huertas. Parece como un sueño todo lo vivido. Yo creí que la vida estaba tras los horizontes, más allá de aquí. Ahora sé que no.

El hombre había rodado mucho por la vida, pero se cansó de rodar y quiso volver, aunque sabía lo difícil que era que la rueda volviera realmente a la primera vuelta. Sus ojos estaban muy gastados. Ya no era el mismo que partió aquel día… Aquel día…

— — — —

Se ponía el sol, el horizonte se amorataba como la primera varicosa de un dios enfermo. El hombre se levantó, tomó su vara, su zurrón… Caminó.

Era el anochecer de las norias. Los burros, sin anteojeras, sueltos en la fragante y verde gloria de los prados, aunque trabados, eran felices. En las huertas o cataban las aves. El camino dejó de ser una cuerda de esparto. Murciélagos, la luna…

El hombre caminaba bajo la estrellada frazada de la noche, sin sombra que alargar por los suelos. Las huertas se quedaron atrás. Estaba llegando, olía a río, a lima, a juncos… sus carnes se abrían de emoción. Pero al subir la barranca roja pudo ver a río que no estaba. El río sólo había existido en su imaginación. El hombre pensó en ellas, buscó la blancura de la casa… No había tampoco casa. Nada había allí de lo que desea encontrar. La rueda jamás vuelve, pensó. De repente se hizo cargo de la realidad. El, Julio Díez, estaba muerto, había muerto muy lejos y todo aquello no era más que la ilusión de su ilusión. El último chispazo de su fantasma. Quiso vivir, agarrarse a la vida. Y todo se borró para siempre.

Juan Cervera
No. 39, Noviembre – Diciembre 1969
Tomo VII – Año V
Pág. 30

Nuestra influencia en los extraños

¡BANGGGH!

Sonó el tiro que Efrén sin querer dejó escapar sobre el piso de la cantina a medianoche de un sábado en Ciudad de México.

—¡AAAUGGGH!—, sólo exclamó Raj al ser muerto por un tiro bajo la barba en un mercado de Bombay el mediodía del mismo sábado.

Nadie se explica de dónde surgió ese disparo de tan rara trayectoria.

Xavier Mexia R.
No. 39, Noviembre – Diciembre 1969
Tomo VII – Año V
Pág. 28

Héctor Manjarrez

Héctor Manjarrez

 

Héctor Manjarrez

Nació en la ciudad de México el 28 de octubre de 1945. Poeta, narrador y ensayista. Ha sido profesor de comunicación en la UAM–X; editor en ERA Ediciones. Colaborador de Crítica, El Ángel del periódico Reforma, Fractal, La Jornada, Letras Libres, entre otros. Becario del CME, 1971; de la Fundación Guggenheim, 1973; y del Fonca, 1989. Miembro del SNCA 1994-2000 y 2004. Premio Diana Moreno Toscano 1970. Premio Xavier Villaurrutia 1983 por No todos los hombres son románticos. Premio José Fuentes de Mares 1998 por Ya casi no tengo rostro. Premio Nacional de Narrativa Colima para Obra Publicada 2008 por El bosque en la ciudad.

Obra publicada

Cuento: Acto propiciatorio, Joaquín Mortiz, 1970. || No todos los hombres son románticos, ERA, 1983. || Ya casi no tengo rostro, ERA, 1996. || El horror es familiar, CONACULTA/Aldus, La Centena, 2001. || Anoche dormí en la montaña, Era, 2013.

Ensayo: El camino de los sentimientos, ERA, 1990. || El bosque en la ciudad, ERA/CONACULTA, 2007.

Novela: Lapsus, Joaquín Mortiz, 1971. || Pasaban en silencio nuestros dioses, ERA, 1987. || El otro amor de su vida, ERA, 1999. || Rainey, el asesino, ERA, 2002. || La maldita pintura, ERA, 2004. || Yo te conozco, ERA/UNAM, 2009.

Poesía: El golpe avisa, ERA, 1977. || Canciones para los que se han separado, ERA, 1985[1].

 

 

Psicodrama desde el puente

Para Antonia (fillips).

Esto, dixit ella cubriéndose la cara pero sus perfiles eran de buen mirar, espeluznante. Él asintió: escuchó el zumbido de los helicópteros, y murmujeó balbuciendo ciertas falacias románticas. Todo aquello era, sin defecto, bastante. Chiflaban las balas perdidas. (Las balas ganadas, como las empatadas, eran en gérmenes tenebriles mucho más discretas, y se entiende.) Había horrificios de diámetro diverso en objetos, sujetos e inclusive en sustantivos sueños. Una fuente generalmente desperdiciada machucó interdientes que nadie sabría nunca cuántos espectadores no pudieron ver nada.

Había total unanimidad de discrepancias respecto de sí, o no, era un naufragio explosivo. No hay redención, decretó sonoramente en Reverberante Obíspero Junípero, que en mal momento se quedaba sin fe, el agua trepándole por dentro de la sotana. Su fatua blasfemia perdiose en el decrépito que acompaña a los bombardeos con mahjongg. Aquello era una carnicería, y no de las más mejores. Los hombres y las mujeres primero, exhortaba una voz, pero era un piloto enemigo. Oseaque permanecieron todos escuálidos, si no eunucos, en la desmedida en que era posible.

Sin duda atacaban los pentacomunistas, que en el pasado ya se había sospechado y deplorado. Sus cuerpos se fueron aproximando. Puso la zarpa clasemedia en estertor del hombro de ella. Se hubieron sonrojado si no hubieran estado horripilantes por todo lo que sucedía. Pero el mar se enrojecía.

Te doy lo que tengo de más valor, dijo ella con firme sotto voce y señalando la pulsera de oro y la virginidad, ambas que él (quien quedará sin nombre) encartó con ávida dignidad. Entre tantos, el buque se iba a pique y decrecía el terror conforme abandonaban la lucha los difuntos. A poco y lisis? oró Junípero.

Ellos se contaron entre los supernumerarios. Un observoyeur neutral los rescató y condujo a tierra firme.

La horda en la playa los exclamó con entusiasmo, pero se obnubilaron de hacer aclaraciones a los micrófonos que los acostaban. La supuración que todos acabaron haciendo fue que eran obvios.

Héctor Manjarrez
No. 39, Noviembre – Diciembre 1969
Tomo VII – Año V
Pág. 26