La rueda

Era la tarde de las norias. Los burros morían tras sus anteojeras, el agua se escurría por los cangilones besada por el sol. En las huertas trinaban los verderones y los mirlos. Por el camino, cuerda de esparto, venía un hombre con barba de semanas, sombrero de palma y vara de acebuche en la mano. Sobre la espalda traía un mugroso zurrón, en la mirada un mar de cansancios. Alzó la cabeza y se detuvo, clavando en la tierra su vara, luego se sentó sobre un megalito dejando su zurrón a un lado, sobre un real de yerba que allí trataba de vivir. Respiró, se quitó el sombrero y se pasó la mano por la sudorosa frente:

—Al fin —susurró. Tras las huertas estará en el río. No habrá cambiado desde el día que me fui. Pero ¿y ellos?

El hombre sintió como un espadazo frío en mitad del pecho. Luego continuó su soliloquio:

—Hace tanto tiempo que no veía estas huertas. Parece como un sueño todo lo vivido. Yo creí que la vida estaba tras los horizontes, más allá de aquí. Ahora sé que no.

El hombre había rodado mucho por la vida, pero se cansó de rodar y quiso volver, aunque sabía lo difícil que era que la rueda volviera realmente a la primera vuelta. Sus ojos estaban muy gastados. Ya no era el mismo que partió aquel día… Aquel día…

— — — —

Se ponía el sol, el horizonte se amorataba como la primera varicosa de un dios enfermo. El hombre se levantó, tomó su vara, su zurrón… Caminó.

Era el anochecer de las norias. Los burros, sin anteojeras, sueltos en la fragante y verde gloria de los prados, aunque trabados, eran felices. En las huertas o cataban las aves. El camino dejó de ser una cuerda de esparto. Murciélagos, la luna…

El hombre caminaba bajo la estrellada frazada de la noche, sin sombra que alargar por los suelos. Las huertas se quedaron atrás. Estaba llegando, olía a río, a lima, a juncos… sus carnes se abrían de emoción. Pero al subir la barranca roja pudo ver a río que no estaba. El río sólo había existido en su imaginación. El hombre pensó en ellas, buscó la blancura de la casa… No había tampoco casa. Nada había allí de lo que desea encontrar. La rueda jamás vuelve, pensó. De repente se hizo cargo de la realidad. El, Julio Díez, estaba muerto, había muerto muy lejos y todo aquello no era más que la ilusión de su ilusión. El último chispazo de su fantasma. Quiso vivir, agarrarse a la vida. Y todo se borró para siempre.

Juan Cervera
No. 39, Noviembre – Diciembre 1969
Tomo VII – Año V
Pág. 30

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