Requiem para Narciso

“Una forma de ángel se hallaba
junto al borde de una fuente”
Paúl Valéry.

Jamás tuvo una fuente clara para mirarse en ella a toda hora. Hasta que un día alguien le dio un espejo, un pequeño, un pequeño espejo de bisutería, y con él descubrió el mundo, el universo todo, la gloria de la Creación.

Vio su imagen en el espejo, y se convenció de que era hermoso. Enamorado profunda y sinceramente de sí mismo, llenó las horas y los días con su propia contemplación, hasta enfermar. Separado por su voluntad del grupo, sus compañeros medraban alrededor suyo, intrigados por la extraña ocupación de auto amarse a que se entregaba.

Él trataba de asir su imagen, y desesperaba por el esfuerzo inútil: no podía poseer al ser amado. Al fondo de la superficie azogada, aparecían aquellos dos dulces ojos, aquella bien perfilada nariz, la boca fresca, el viril mentón, tan cerca todo y al mismo tiempo tan lejos.

Pero no se había dejado morir tan desesperadamente, tan dolorosa y desesperadamente, si no hubieran ordenado que le quitaran el espejo: el Director del establecimiento no iba a permitir aquel objeto en manos de un simio.

Álvaro Menén Desleal
No. 39, Noviembre – Diciembre 1969
Tomo VII – Año V
Pág. 47

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La infidencia

Estrada cabrera fue el más sanguinario —el más malvadamente hermoso— de todos los tiranos centroamericanos, lo que es decir bastante tratándose de una región que los ha tenido de antología.

Arévalo Martínez recoge en “¡Ecce Pericles!” un hecho oriental ocurrido en Guatemala: una noche ya muy tarde, presentóse ante la guardia que custodiaba la entrada al Palacio Presidencial un individuo, pretendiendo a todo trance hablar con Su Excelencia.

—Le va en ello la vida —repetía a los oficiales de guardia, para justificar su urgencia.

El visitante fue recibido.

—Señor Presidente —comenzó—: ocho hombres hemos jurado matarlo; pero a mí me ha remordido la conciencia y le daré los nombres de sus enemigos…

Cabrera contempló con profundo desprecio al infidente, y llamó a varios soldados.

—Amarren a este hombre —ordenó— y denle cincuenta palos.

Aterrado, pálido, el hombre se arrodilló ante el tirano:

—¡Señor…! ¡Por qué…?

—Porque usted es el último en decírmelo. Sepa que sus siete compañeros ya han estado aquí.

Álvaro Menén Desleal
No. 39, Noviembre – Diciembre 1969
Tomo VII – Año V
Pág. 46

La consulta

Tengo razones fundadas, doctor —dijo el hombre de impoluto traje blanco, pacientemente recostado en el diván del psiquiatra—, para suponer que padezco de una personalidad dividida.

El psiquiatra anotó en su libretita que, tentativamente, desechaba la presencia de una esquizofrenia: en general, una persona afectada de tal dolencia evita la consulta con el médico.

La consulta duró casi dos horas, hubo preguntas cortas y respuestas largas. Aparentemente más tranquilo, el hombre se despidió del psiquiatra, pagó a una secretaria el valor de la consulta, y ganó la puerta.

En la calle, vestido de negro riguroso, le esperaba otro hombre.
—¿Lo confirmaste? —preguntó el hombre de negro. —No sé —fue la respuesta del hombre de blanco.

Luego se fundieron en un solo individuo, enfundado en un traje gris.

Álvaro Menén Desleal
No. 39, Noviembre – Diciembre 1969
Tomo VII – Año V
Pág. 44

La cabina

Todo ocurrió por culpa de aquella llamada telefónica. Si no hubiese sabido el número de memoria no hubiera pasado nada. Habría tenido que regresar a casa, consultar la agenda y hubiera sido entonces ya tarde para telefonear, para hacer aquella llamada urgente, que irremediablemente debía de hacer.

Había un buen trecho hasta la cabina y el sol caía furioso y vertical sobre el paseo. Caminó despacio, bajo la fronda de los árboles, notando cómo las suelas de sus zapatos se pegaban al asfalto reblandecido por el calor.

Dentro de la cabina hizo girar pausadamente las cifras. Oyó el zumbido continuo, distante, pero nadie respondió al otro lado de la línea.

Volvió a llamar. Siempre hay alguien que jamás recibe respuesta, aunque se desgañite y enronquezca, y marque insistentemente, una y otra vez un número de teléfono. Esperando, siempre esperando. Empujó la puerta para salir pero no consiguió abrirla. Asió con fuerza el pomo pero la puerta no cedió. Sobresaltado golpeó los cristales pero nadie le vio por culpa de los carteles publicitarios adosados a las paredes de la cabina.

Se lastimó los nudillos, rompió su cortapluma y la puerta continuó cerrada. Inútil. Nunca saldría de allí. Calculó cuánto tiempo podría resistir. No mucho, desde luego. Ya apenas podía respirar. Sudaba copiosamente y la cabeza le daba vuelta.

Se dejó caer, con las piernas encogidas, y esperó. Afuera, la multitud pasaba presurosa, ensimismada.

José Costero
No. 39, Noviembre – Diciembre 1969
Tomo VII – Año V
Pág. 42

El suicida

¿Qué cómo pudo ser…? Sencillamente así:

¡Desisto!; ¡Vaya oportuna impertinencia de suspender la lectura y precisamente unas líneas antes de terminar mi intento!

De entonces, todo mundo que llegaba casi al final de aquel libro, se sorprendía de no encontrar la conclusión. Los más, suponen que el personaje terminó suicidándose.

Miguel Flores Ramírez
No. 39, Noviembre – Diciembre 1969
Tomo VII – Año V
Pág. 41

Liberación

La realidad era tangible; pero él quería conservar el dudoso beneficio de la duda. Después de trece años de matrimonio, de unión, todo se quebró y sin que ambos hubieran querido evitarlo, habían pasado ya tres años de indiferente separación. Pero él podía asegurar que todo seguía igual. Aunque ignorase todo cuanto a ella se refiriese. El conservar a los tres hijos de ambos, lo hacía ya sentirse hermafrodita, si acaso, ella fue receptáculo, pero no madre.

Por eso, cuando supo que ella, muy lejos, sin saber dónde, iba a ser madre por cuarta vez, él sintió que dejó de ser padre, que dejó de ser madre, que dejó de ser hombre. Fue entonces que se liberó

Luis García Bonilla
No. 39, Noviembre – Diciembre 1969
Tomo VII – Año V
Pág. 38