El cornudo

La Duda alargó la mano y acarició su cara recién afeitada y olorosa. Él la apartó de un solo golpe y siguió mirando por la ventana. La Duda cambió de estrategia y suavemente subió sus manos por la espalda del hombre hasta llegar a sus sienes, y allí comenzó a darle un masaje doloroso. Él se apartó de la ventana y sacudió la cabeza con rabia. Fue entonces cuando la Duda entrelazó los dedos del hombre con las suyas y acarició su sexo con la habilidad de una meretriz. Se tiraron en el piso… jadeando aún, él mira el techo de tirol, los muebles, su ropa regada aquí y allá y justo en el rincón favorito de Martha, la corbata que corte el jadeo. Una corbata simple que él ha usado, que nunca ha visto, que no le han regalado, que, en fin, tiene el color de la certeza.
La Duda, mientras tanto, ni siquiera se viste para irse. Abre la puerta y sale a la calle ebria de felicidad y certeza.

Noelia Cigarroa Dávila
No. 121-122, Enero-Julio 1992
Tomo XXI – Año XXVIII
Pág. 31

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Matar el sueño

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Apenas puede ver al hombre a través de la espesa neblina. Saqué mi revolver y elevando el brazo con lentitud, cuando lo tuve a cuerpo, disparé. Los tres tiros acertaron. El hombre se desplomó como acalambrado. Guardando el arma, me perdí en la niebla.

Al llegar a mi departamento, puse a secar la ropa cerca del calentador. Estaba rendido, la guerra de nervios había sido devastadora.

Tocaron el timbre y me levanté a abrir la puerta. Eran dos hombres de traje oscuro y sombrero. Se identificaron como agentes de la policía. Los hice pasar. Dijeron que venían a hablar conmigo sobre el homicidio. Argumenté que no sabía de lo que me hablaban. Se trataba del asesinato en el sueño, aseguraron. Les comenté que, en efecto, en mi sueño había disparado contra un hombre, pero no en la realidad. Ellos explicaron que ya fuera en el sueño o la realidad, había que pagar las consecuencias del crimen.

—Vamos amigo —dijo el que se quedó cubriendo la puerta— no hagamos esto más pesado de lo que es.

—Pero si yo nunca he cargado pistola —alegué.

—Recuerde que usted siempre que hojea revistas de armas, le dan ganas de tocarlas —dijo el de la sala.

—Sí, es cierto ¿ustedes cómo lo saben?

—Eso qué importa. Sólo contestemos una pregunta ¿alguna vez ha sentido deseos de matar?

—Bueno, sí, como un pensamiento, ni siquiera eso; como una suposición remota.

—Ya lo ha hecho.

—¡Cómo! ¿en un sueño?

—¡Es igual, aquí que allá, allá que acá!

—Es un viejo tema, amigo, debería saberlo.

No se me ocurría nada que pudiera salvarme, estaba acosado en este mundo por algo que sucedió en aquel, y las palabras “deseos de matar”, circulaban dentro de mi cabeza con letras luminosas.

Ellos indicaron que era hora de partir. Terminé de vestirme mientras me vigilaban recelosamente. Salimos del departamento. En la calle, los dos hombres se desvanecieron como si fueran de agua, dejando un par de charcos en el pavimento.

Tocaron el timbre. Me levanté a abrir la puerta.

Rodrigo Madrazo
No. 121-122, Enero-Julio 1992
Tomo XXI – Año XXVIII
Pág. 19

El valor

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Según parece, en todo peligro cabe una elección: la elección que se hace bajo la influencia de un sentimiento mezquino es cobardía; porque al hombre que aventura su vida por vanidad o curiosidad o sed de lucro, no puede llamársele valiente; de otra parte, aquel hombre que rehúsa afrontar un peligro a causa de un sentimiento honroso de deber para con su familia, o simplemente porque su conciencia se lo dicta así, no puede ser un cobarde.

León Tolstoi
No. 121-122, Enero-Julio 1992
Tomo XXI – Año XXVIII
Pág. 6

Nocturno

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—Hace tanto tiempo —me dijo al oído, jadeante todavía, y se acodó a mi lado, desnuda como el viento.

Sombres sobre sombras; una línea de luz en las caderas. Sus ojos brillaban en secreto. Comencé a besarle las axilas; bajé a mordiscos por el perfil de la luna; me detuve en las corvas; la escuché suspirar.

—Sígueme soñando —le supliqué—. No vayas a despertar.

Felipe Garrido
No. 121-122, Enero-Julio 1992
Tomo XXI – Año XXVIII
Pág. 3

El tiempo en Tlon

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Una de las escuelas de Tlon llega a negar el tiempo: razona que el presente es indefinido, que el futuro no tiene realidad sino como esperanza presente, que el pasado no tiene realidad sino como recuerdo presente. Otra escuela declara que ha transcurrido ya “todo el tiempo” y que nuestra vida es apenas el recuerdo o reflujo crepuscular, y sin duda falseado y mutilado de un proceso irrecuperable. Otra, que el universo es comparable a esas criptografías en las que no valen todos los símbolos y que sólo es verdad lo que sucede cada trescientas noches. Otra, que mientras dormimos aquí, estamos despiertos en otro lado, y que así cada hombre es dos hombres.

Jorge Luis Borges en TLON, UQBAR, ORBIS TERTIUS
No. 8, Diciembre 1964
Tomo I – Año I
Pág. 91

Eraclio Zepeda

Eraclio Zepeda

Eraclio Zepeda

Es un escritor, poeta y novelista político mexicano. Nació en Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, el 24 de marzo de 1937 (76 años).

Cursó el bachillerato en la Universidad Militarizada Latinoamericana, donde formó un círculo de estudios marxistas con Jaime Labastida, Jaime Augusto Shelley y Nils Castro. Estudió Antropología Social en la Universidad Veracruzana, lo que le hizo unirse a grupos políticos de izquierda, lo que se refleja sus obras literarias.1

En 1960 asistió al 1er. Congreso Latinoamericano de Juventudes en Cuba y, cuando la Invasión de Bahía de Cochinos, al gual que Lázaro Cárdenas del Río, se alistó como soldado junto con Carlos Jurado, Nils Castro y Roque Dalton, designándosele oficial responsable de la Compañía Especial de Combate.

Fue profesor de la Escuela Preparatoria de San Cristóbal de las Casas en 1957, de la Escuela de Derecho de esa misma ciudad, de la Universidad Veracruzana de 1958 a 1960, de la Universidad de Oriente, en Cuba en 1961 y un año más tarde de la Universidad de La Habana, de la Escuela de Instructores de Arte de La Habana, del Instituto de Lenguas Extranjeras de Pekín.

Eraclio Zepeda fue creador del grupo de orientación campesina de la CONASUPO en 1967, fundando el Teatro de Orientación Campesina, donde habría de producir la radionovela San Martín de la Piedra y fundado el periódico mural El Correo Campesino.

Participó en una serie de movimientos en contra del gobernador de Chiapas Efraín Aranda Osorio pues éste había aplicado el delito de disolución social. De 1958 a 1959, fue militante del Partido Obrero Campesino, para luego pasar al Partido Comunista Mexicano, partido en que que sería militante de 1969 a 1981. En el PCM, fue miembro del comité central y de la comisión política y corresponsal en Moscú del órgano La Voz de México.

Fue cofundador y miembro del comité central del Partido Socialista Unificado de México y del Partido Mexicano Socialista, siendo precandidato a la Presidencia y candidato a senador por Chiapas. Fue diputado federal por el PSUM en la LIII Legislatura del Congreso de la Unión de México. En 1989, fue cofundador y miembro de la comisión de garantías del Partido de la Revolución Democrática.[1]

Tienen el nombre

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El Encarnación Salvatierra ta seguro. Lo tiene su nombre, brilloso como una luciérnaga. Todos averiguan que tiene semilla grande nomás de oir: Encarnación Salvatierra. Hace maldá y es respetado. Mata gente y nadie lo agarra. Roba muchacha y no lo corretean. Toma trago, echa bala y nomás se ríen y todos se contentan. Por estos rumbos sólo los endiablados tienen la semilla a salvo. Pero ahí está el hombrón que los cuida y los encamina. En cambio uno, por andar de cumplido y derecho tiene que estar todo lleno de enfermedá, con la barriga inflada por el hambre, con los ojos amarillos por la terciana; lo meten a la cárcel y cuando lo sueltan ya ta muerta la nana Trinidá… Ahí ta el Martín Tzotzoc: nunva mató, nunca robó, no llevó muchacha; nunca se metió en argüendes. ¿Y pa qué? Sólo pa quedar guindado de ese roble con los ojos chiboludos como de pescado y los dedos todos morroñosos; del coraje, digo yo. Los que tienen el nombre hagan maldá, hagan pecado, todo les sale bien, todo les trae cuenta.

Eraclio Zepeda
No. 8, Diciembre 1964
Tomo I – Año I
Pág. 89

El narrador

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Había una vez un hombre a quien amaban porque contaba historias. Todas las mañanas salía de su aldea, y cuando volvía al atardecer, los trabajadores, cansados de haber trajinado todo el día, se agrupaban junto a él y le decían: “¡Vamos! Cuéntanos qué has visto hoy.” Y él contaba: “He visto en el bosque un fauno que tañía la flauta y hacía bailar una ronda de pequeños silfos.” “Cuéntanos más, ¿Qué has visto?”, decían los hombres. “Cuando llegué a la orilla del mar vi tres sirenas al borde de las olas, que con un peine de oro peinaban sus cabellos verdes.”

Y los hombres lo amaban, porque les contaba historias.

Una mañana dejó su aldea como todas las mañanas; pero cuando llegó a la orilla del mar, he ahí que vio tres sirenas, tres sirenas al borde de las olas, que peinaban con un peine de oro sus cabellos verdes. Y continuando su paseo, cuando llegó al bosque vio un fauno que tañía la flauta a una ronda de silfos.

Este atardecer, cuando volvió a su aldea y le dijeron, como las otras noches: “¡Vamos! Cuenta, ¿qué has visto?”, él contestó: “No he visto nada”.

Contado por Oscar Wilde a André Gide
No. 8, Diciembre 1964
Tomo I – Año I
Pág. 87

El juicio

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Entonces se hizo un gran silencio en la cámara de la justicia de Dios. Y el alma del pecador avanzó desnuda ante Dios.

Y Dios abrió el libro de la vida del pecador.

—Ciertamente tu vida ha sido pésima. Tú has… (seguía una prodigiosa, maravillosa enumeración de pecados). Puesto que has hecho todo eso, ciertamente te he de enviar al Infierno.

—No puedes enviarme al infierno.

—¿Y por qué no puedo enviarte al infierno?

—Porque allí he vivido toda mi vida.

Entonces se hizo un gran silencio en la cámara de justicia de Dios.

—Pues bien: ya que no puedo enviarte al Infierno, te enviaré al Cielo.

—No puedes enviarme al Cielo?

—Porque jamás he podido imaginarlo.

Y se hizo un gran silencio en la Cámara de la justicia de Dios.

Contado por Oscar Wilde a André Guide
No. 8, Diciembre 1964
Tomo I – Año I
Pág. 76

James Joyce

James Joyce

James Joyce

(Dublín, 1882 – Zurich, 1941)

Escritor irlandés en lengua inglesa. Nacido en el seno de una familia de arraigada tradición católica, estudió en el colegio de jesuitas de Belvedere entre 1893 y 1898, año en que se matriculó en la National University de Dublín, en la que comenzó a aprender varias lenguas y a interesarse por la gramática comparada.

Su formación jesuítica, que siempre reivindicó, le inculcó un espíritu riguroso y metódico que se refleja incluso en sus composiciones literarias más innovadoras y experimentales. Manifestó cierto rechazo por la búsqueda nacionalista de los orígenes de la identidad irlandesa, y su voluntad de preservar su propia experiencia lingüística, que guiaría todo su trabajo literario, le condujo a reivindicar su lengua materna, el inglés, en detrimento de una lengua gaélica que estimaba readoptada y promovida artificialmente.

En 1902 se instaló en París, con la intención de estudiar literatura, pero en 1903 regresó a Irlanda, donde se dedicó a la enseñanza. En 1904 se casó y se trasladó a Zurich, donde vivió hasta 1906, año en que pasó a Trieste, donde dio clases de inglés en una academia de idiomas. En 1907 apareció su primer libro, el volumen de poemas Música de cámara (Chamber Music) y en 1912 volvió a su país con la intención de publicar una serie de quince relatos cortos dedicados a la gente de Dublín, Dublineses (Dubliners), que apareció finalmente en 1914.

Durante la Primera Guerra Mundial vivió pobremente junto a su mujer y sus dos hijos en Zurich y Locarno. La novela semiautobiográfica Retrato del artista adolescente (Portrait of the Artist as a Young Man), de sentido profundamente irónico, que empezó a publicarse en 1914 en la revista The Egoist y apareció dos años después en forma de libro en Nueva York, lo dio a conocer a un público más amplio.

Pero su consagración literaria completa sólo le llegó con la publicación de su obra maestra, Ulises (Ulysses, 1922), novela experimental en la que intentó que cada uno de sus episodios o aventuras no sólo condicionara, sino también «produjera» su propia técnica literaria: así, al lado del «flujo de conciencia» (técnica que había usado ya en su novela anterior), se encuentran capítulos escritos al modo periodístico o incluso imitando los catecismos. Inversión irónica del Ulises de Homero, la novela explora meticulosamente veinticuatro horas en la vida del protagonista, durante las cuales éste intenta no volver a casa, porque sabe que su mujer le está siendo infiel.

Una breve estancia en Inglaterra, en 1922, le sugirió el tema de una nueva obra, que emprendió en 1923 y de la que fue publicando extractos durante muchos años, pero que no alcanzaría su forma definitiva hasta 1939, fecha de su publicación, con el título de Finnegan’s wake. En ella, la tradicional aspiración literaria al «estilo propio» es llevada al extremo y, con ello, al absurdo, pues el lenguaje deriva experimentalmente, desde el inglés, hacia un idioma propio del texto y de Joyce. Para su composición, el autor amalgamó elementos de hasta sesenta idiomas diferentes, vocablos insólitos y formas sintácticas completamente nuevas. Durante la Segunda Guerra Mundial se trasladó de nuevo a Zurich, donde murió ya casi completamente ciego.

La obra de Joyce está consagrada a Irlanda, aunque vivió poco tiempo allí, y mantuvo siempre una relación conflictiva con su realidad y conflicto político e histórico. Sus innovaciones narrativas, entre ellas el uso excepcional del «flujo de conciencia», así como la exquisita técnica mediante la que desintegra el lenguaje convencional y lo dobla de otro, completamente personal, simbólico e íntimo a la vez, y la dimensión irónica y profundamente humana que, sin embargo, recorre toda su obra, lo convierten en uno de los novelistas más influyentes y renovadores del siglo XX[1].

Azufre sin fin

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El azufre que arde en el Infierno es una sustancia especialmente destinada a arder eternamente con indescriptible furor. El fuego del Infierno tiene la propiedad de conservar lo que quema. Y aunque lo hace con impetuosidad increíble, no tiene fin.

James Joyce en EL ARTISTA ADOLESCENTE
No. 8, Diciembre 1964
Tomo I – Año I
Pág. 63

Dámaso Murúa Beltrán

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Dámaso Murúa Beltran

Publicado en marzo 10, 2013 por José Luis Franco

 

A sus 80 años, un homenaje de la UAS y una definición

Si me pidieran una pronta definición de Dámaso Murúa, de esas que te piden de volapié, sin que la pienses, aunque esta ya está pensada y repensada desde el primer momento en que lo conocí en la legendaria y hoy inexistente cantina El Avante, ante una mesa de dominó, rodeado de sus amigos, revolviendo las fichas en una escandalosa mesa de la cervecería, con un partido de beis de los Venados en la radio y el Juanjo presumiendo el tamaño de sus manazas a la hora de surtir cervezas o llevarse las vacías, diría, simple y sencillamente lo que una persona muy cercana a él me dijo:

—Dámaso es más cabrón que bonito.

Tenía rato con ganas de conocer a Murúa, que me había enseñado cómo sacar humor de las cosas más sencillas en un pueblo como Escuinapa, que en sus manos parecía de ficción, o dicho con pleno color local, como a él le gusta: “De a mentiritas”. Mi intención original era tener una larga charla con él, pero no contaba con que la suya era hacerme su amigo. A él se le da eso de hacer amigos, a mí la entrevista batallo para que se me dé, de tal manera que con toda facilidad se salió con la suya.

Las afinidades jugaron su papel, gran amante del beisbol, me dijo que por su complexión debió ser un gran cácher, y mientras me explicaba lo de las piernas cortas, la robustez, el diseño del cráneo, fui viendo en él a Pilo Gaspar, uno de los grandes receptores mexicanos. Otra era el cine, y me acordé de su cuento Romy Shneider y Alain Delon en Copala, donde una pareja de burros hace lo mismo que los divos del cine europeo bajo el cielo sinaloense. La literatura, ni se diga: todo un compendio que me abrió el mundo de nuevos autores, incluido Enrique el Guacho Félix, iluminado ensayista culichi, ya fallecido, y Eduardo Galeano, su entrañable amigo. El periodismo es otra de sus pasiones, y en su momento compartimos nuestra preocupación por el estado de salud del periodismo cultural en Mazatlán, a raíz de que en una visita de Galeano no hubo quién supiera de su existencia en el mundo de la literatura, y nadie lo entrevistó.

De tal firmeza en sus convicciones que a veces hasta parece terco, es capaz de llegar hasta la ignominia con tal de defenderlas. Tampoco es afecto a la solemnidad, digamos que le provoca un “pedacito de alergia”, parafraseando a don José de la Colina, que una noche en la plaza Machado me pidió que lo esperara porque aún tenía “un pedacito de sed”.

Conociéndolo, debió intervenir mucho lo de las convicciones y su alergia a la solemnidad su histórico rechazo del Premio Sinaloa de las Artes en 2008. Simplemente dejó a Jesús Aguilar Padilla, gobernador del estado, y a Sergio Jacobo Gutiérrez, director del entonces Difocur, hoy Instituto Sinaloense de Cultura, con la pelota en la mano. El espíritu rebelde del escuinapense quedó sintetizado en estas palabras que rescato de su discurso a los medios para confirmar su actitud: “Aceptar el premio sería negar lo que he sido toda mi vida”. El desaire le ganó muchas críticas, como en su momento a Carlos Fuentes, en el Mazatlán de Literatura 1972 o, ¿por qué no? a Jean-Paul Sartre, en 1964, cuando rechazó categóricamente el Premio Nobel; pero en beneficio de los tres, fuimos más los que nos quitamos el sombrero y pusimos de pie ante ese gesto de integridad.

Hombre sencillo, orgulloso egresado del Poli, contador de profesión, contador de historias por vocación, dueño de una voz potente que modula a su antojo, es genial a la hora de enfrentar a un público: los hipnotiza usando palabras. Con enorme deferencia, en dos ocasiones me ha invitado a presentar libros suyos: uno, ni más ni menos que en Escuinapa, con su cancha y su público, era su volumen de crónicas deportivas llamado Palabras Sudadas. Me esmeré hasta las desveladas en la generación del texto. No quería verme menos ante el maestro. Corrían los vientos de 1986. El recinto estaba lleno y hablé con el mismo éxito que el conserje que va a pedirle al grupo que no tiren basura en los pasillos, ni en el patio, que para eso están los nuevos cestos que la escuela acaba de adquirir. Aplausos de compromiso, que apenas superan a la güasanga generalizada. Luego… el silencio, el vozarrón del maestro que los envuelve con sus anécdotas, con la memoria compartida, con sus giros idiomáticos propios del lugar, que anotaba para luego preguntarle qué significaban. Total, un festín que terminó ante un canasto repleto de camarones cocidos, un diluvio de anécdotas y unas cervezas.

La segunda ocasión que Dámaso me invitó a acompañarlo en una mesa de presentación fue con Club escarlata, un homenaje al beisbol del Parque Delta cuando recién se fue a México a estudiar al Poli. El evento fue en el 30-60-90 de Mazatlán. Un rápido paneo del público me dijo que calladito me veía más bonito, me guardé lo que llevaba preparado, dije algo breve, generalidades, y lo dejé con su público. Todavía, el cabrón, al iniciar, me reclamó por ser tan breve. Era a él al que iban a escuchar: entendió los motivos de mi brevedad.

Aunque no estuvo presente por sus enfermedades, me dio un gusto enorme enterarme de que había aceptado el homenaje que le hizo la UAS en el marco de la XXXIV Feria del Libro de Palacio de Minería. Me conmovió leer su espíritu inquebrantable en el discurso que leyó su hijo Yuri Murúa: “Bocón porque me da por decir lo que pienso cuando se me pega la gana, sin ánimo de ofender, nada más para que aprendamos a que juntos podemos hacer un estado de este país maravilloso y lindo”. Precisas, además, las palabras de Élmer Mendoza al definir el rasgo principal de la obra de Dámaso: “Un humor sencillo que puede surgir de cualquier momento de la vida”.

Insisto: a sus 80, Dámaso es más cabrón que bonito. Me lo dijo El Güilo Mentiras.

 

Aquí puede leer: 12 relatos escuinapenses[1]

Fábula escuinapense

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Y mientras llegaba, fui sacando mi conclusión de que el tigre había ocupado el lugar del burro, porque se lo comió. Pero se lo fue comiendo de la cola para adelante, de suerte que cuando le comió la cabeza, ya se había quedado el tigre con la lazada en el pescuezo; de ese modo no se fue, y por la oscuridad llegué y lo ensillé sin darme cuenta de lo que había pasado. Para mi buena suerte, llegando a Escuinapa se murió de cansado, y al dueño del burro, que era mi compadre Ñengo, no tuve más que darle la piel del tigre. Y con el producto de ella compró treinta burros, con los que ahora se lleva acarreando leña.

Dámaso Murúa Beltrán
No. 8, Diciembre 1964
Tomo I – Año I
Pág. 55

Martín Lutero

Martín Lutero

Martín Lutero

Teólogo alemán cuya ruptura con la Iglesia católica puso en marcha la Reforma protestante (Eisleben, Turingia, 1483-1546). Contrariando la voluntad de sus padres, Martín Lutero se hizo monje agustino en 1505 y comenzó a estudiar Teología en la Universidad de Wittenberg, en donde se doctoró en 1512.

Siendo ya profesor comenzó a criticar la situación en la que se encontraba la Iglesia católica: Lutero protestaba por la frivolidad en la que vivía gran parte del clero (especialmente las altas jerarquías, como había podido contemplar durante una visita a Roma en 1510) y también el que las bulas eclesiásticas -documentos que teóricamente concedían indulgencias a los creyentes por los pecados cometidos- fueran objeto de un tráfico puramente mercantil.

Las críticas de Lutero reflejaban un clima bastante extendido de descontento por la degradación de la Iglesia, expresado desde la Baja Edad Media por otros reformadores que se pueden considerar predecesores del luteranismo, como el inglés John Wyclif (siglo XIV) o el bohemio Jan Hus (siglo XV). Las protestas de Lutero fueron subiendo de tono hasta que, a raíz de una campaña de venta de bulas eclesiásticas para reparar la basílica de San Pedro, decidió hacer pública su protesta redactando 95 tesis que clavó a la puerta del castillo de Wittenberg (1517).

La Iglesia hizo comparecer varias veces a Lutero para que se retractase de aquellas ideas (en 1518 y 1519); pero en cada controversia Lutero fue más allá y rechazó la autoridad del papa, de los concilios y de los «Padres de la Iglesia», remitiéndose en su lugar a la Biblia y al uso de la razón.

En 1520, Lutero completó el ciclo de su ruptura con la Iglesia, al desarrollar sus ideas en tres grandes «escritos reformistas»: Llamamiento a la nobleza cristiana de la nación alemana, La cautividad babilónica de la Iglesia y Sobre la libertad cristiana. Finalmente, el papa León X le condenó y excomulgó como hereje en una bula que Lutero quemó públicamente (1520); y el nuevo emperador, Carlos V, le declaró proscrito tras escuchar sus razones en la Dieta de Worms (1521). Lutero permaneció un año escondido bajo la protección del elector Federico de Sajonia; pero sus ideas habían hallado eco entre el pueblo alemán y también entre algunos príncipes deseosos de afirmar su independencia frente al papa y frente al emperador, por lo que Lutero no tardó en recibir apoyos que le convirtieron en dirigente de un movimiento religioso conocido como la Reforma.

Desligado de la obediencia romana, Lutero emprendió la reforma de los sectores eclesiásticos que le siguieron y que conformaron la primera Iglesia protestante, a la cual dotó de una base teológica. El luteranismo se basa en la doctrina (inspirada en escritos de san Pablo y de san Agustín) de que el hombre puede salvarse sólo por su fe y por la gracia de Dios, sin que las buenas obras sean necesarias ni mucho menos suficientes para alcanzar la salvación del alma; en consecuencia, expedientes como las bulas que vendía la Iglesia católica no sólo eran inmorales, sino también inútiles.

Lutero defendió la doctrina del «sacerdocio universal», que implicaba una relación personal directa del individuo con Dios en la cual desaparecía el papel mediador de la Iglesia, privando a ésta de su justificación tradicional; la interpretación de las Sagradas Escrituras no tenía por qué ser un monopolio exclusivo del clero, sino que cualquier creyente podía leer y examinar libremente la Biblia, para lo cual ésta debía ser traducida a idiomas que todos los creyentes pudieran entender (él mismo la tradujo al alemán, creando un monumento literario de gran repercusión sobre la lengua escrita en Alemania en los siglos posteriores).

También negó otras ideas asumidas por la Iglesia a lo largo de la Edad Media, como la existencia del Purgatorio o la necesidad de que los clérigos permanecieran célibes; para dar ejemplo, él mismo contrajo matrimonio con una antigua monja convertida al luteranismo. De los sacramentos católicos Lutero sólo consideró válidos los dos que halló reflejados en los Evangelios, es decir, el bautismo y la eucaristía, rechazando los demás.

Al rechazar la autoridad centralizadora de Roma, Lutero proclamó la independencia de las Iglesias nacionales, cuya cabeza debía ser el príncipe legítimo de cada Estado; la posibilidad de hacerse con el dominio sobre las Iglesias locales (tanto en su vertiente patrimonial como en la de aparato propagandístico para el control de las conciencias) atrajo a muchos príncipes alemanes y facilitó la extensión de la Reforma. Tanto más cuanto que Lutero insistió en la obediencia al poder civil, contribuyendo a reforzar el absolutismo monárquico y desautorizando movimientos populares inspirados en su doctrina, como el que desencadenó la «guerra de los campesinos» (1524-25).

La extensión del luteranismo dio lugar a las «guerras de religión» que enfrentaron a católicos y protestantes en Europa a lo largo de los siglos XVI y XVII, si bien las diferencias religiosas fueron poco más que el pretexto para canalizar luchas de poder en las que se mezclaban intereses políticos, económicos y estratégicos. El protestantismo acabó por consolidarse como una religión cristiana separada del catolicismo romano; pero, a su vez, también se dividió en múltiples corrientes, al aparecer disidentes radicales en la propia Alemania (como Thomas Münzer) y al extenderse el protestantismo a otros países europeos en donde aparecieron reformadores locales que crearon sus propias Iglesias con doctrinas teológicas diferenciadas (como en la Inglaterra de Enrique VIII o la Suiza de Zuinglio y Calvino)[1].

Estanque demoníaco

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Los demonios viven en muchos países, pero más particularmente en Prusia. También los hay en gran número en Laponia; demonios y magos. En Suiza, no lejos de Lucerna, sobre una altísima montaña existe un lago que se llama “el estanque de Pilatos”, allí el Diablo se libra de toda suerte de actos infames. En mi país, en una elevada montaña llamada Polsterberg, montaña de los duendes, hay un estanque; cuando se arroja dentro de él una piedra se desata en seguida una tormenta y todos los alrededores son devastados. Este estanque se halla lleno de demonios; Satán los tiene prisioneros allí…

Martín Lutero
No. 8, Diciembre 1964
Tomo I – Año I
Pág. 53

Leucocotra

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… es la leucocotra, en la que ciertos comentadores han visto un reflejo del gnu, y otros de la hiena, y otros, una fusión de los dos. Es rapidísima y del tamaño del asno silvestre. Tiene patas de ciervo, cuello, cola y pecho de león, cabeza de tejón, pezuñas partidas, boca hasta las orejas y un hueso continuo en lugar de dientes. Habita en Etiopía —donde asimismo hay toros salvajes, armados de cuernos movibles— y es fama que remeda con dulzura la voz humana.

Jorge Luis Borges, en MANUAL DE ZOOLOGÍA FANTÁSTICA
No. 8, Diciembre 1964
Tomo I – Año I
Pág. 60

La respuesta

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Dwar Ev soldó solemnemente la última conexión con oro. Los objetivos de una docena de cámaras de televisión lo estaban observando, y el subéter se encargó de llevar por todo el universo una docena de imágenes diferentes del acontecimiento.

Se concentró, hizo un gesto con la cabeza a Dwar Reyn, y se coló enseguida junto al botón que establecería el contacto. El conmutador pondría en relación, de un solo golpe, todas las supermáquinas de todos los planetas habitados en el universo —noventa y seis billones de planetas—, en un supercircuito que los transformaría en gigantesco supercalculador, gigantesco monstruo cibernético que reuniría el saber de todas las galaxias. Dwar reyn habló unos instantes a los trillones de seres que lo observaban y lo escuchaban. Y, tras un breve silencio, anunció:

—Y ahora con ustedes, Dwar Ep.

Dwar Ep giró el conmutador. Se oyó un potente ronroneo, el de las ondas que salían hacia noventa y seis billones de planetas. Se prendieron y apagaron las luces en los dos kilómetros que componían el tablero de control.

Dwar Ep dio un paso hacia atrás, respirando profundamente.

—Es a usted que corresponde hacer la primera pregunta, Dwar Reyn.

—Gracias —dijo Dwar Reyn—, haré una pregunta que nunca pudo ser contestada por las máquinas cibernéticas sencillas.

Se volvió hacia la máquina:

—¿Existe un Dios?

La voz poderosa contestó sin titubeos, sin el menor temblor:

—Sí, ahora existe un Dios.

Fredric Brown
No. 8, Diciembre 1964
Tomo I – Año I
Pág. 50

La dama eterna

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Otro relato, recogido cerca de Oldenburgo, en el Ducado de Holstein, trata de una dama que comía y bebía alegremente y tenía cuanto puede anhelar el corazón, y que deseó vivir para siempre. En los primeros cien años todo fue bien, pero después empezó a encogerse y arrugarse, hasta que no pudo andar, ni estar de pie, ni comer ni beber. Pero tampoco podía morir. Al principio la alimentaban como si fuera una niñita, pero llegó a ser tan diminuta que la metieron en una botella de vidrio y la colgaron en la iglesia. Todo estaba ahí, en la iglesia. Todavía estaba ahí, en la Iglesia de Santa María, en Lubeck. Es del tamaño de una rata, y una vez al año de mueve.

James George Frazer,en BALDER THE BEAUTIFUL
No. 8, Diciembre 1964
Tomo I – Año I
Pág. 46

Cortesano precoz

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Había en tiempos pasados un sultán que, habiendo tenido conocimiento de que su hayib —primer ministro— tenía un hijo de corta edad, muy listo e inteligente… fue un día a visitarlo…

…Presentóse el mancebo y saludó al sultán arrodillándose y diciendo:

Feliz y bendita sea la hora en que Dios me ha permitido estar en presencia de mi señor y dueño, el príncipe de los creyentes.

Complacido, el sultán le preguntó:

—¿Qué estancia te parece mejor, mi palacio o esta casa de tu padre?

—Me parece mejor esta casa.

—¿Cómo es eso?

—Porque en ella está nuestro señor, el príncipe de los creyentes.

Mostróle entonces el sultán una sortija que llevaba con un valiosísimo diamante, y le preguntó:

—¿Crees que haya algo en el mundo que valga más que este brillante?

—Sí, mi señor.

—¿Qué cosa es ésa?

—La mano que la lleva.

Gibran Jalil Gibran
No. 8, Diciembre 1964
Tomo I – Año I
Pág. 45

El problema

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Le fue planteado a un sabio el siguiente problema:

—Un hombre está en un aposento, a solas con una joven a quien ama. La puerta está bien cerrada, los sirvientes duermen y el galán se estremece de deseo. Como dice el árabe: “Maduro está el dátil y el guardián del oasis no impide cogerlo”… ¿Tal vez rezando con fervor podrá este hombre vencer la tentación? ¿Qué respondes?

—Quizás es salve la joven; mas no se salvará de los murmuradores.

Saadi en: EL JARDÍN DE LAS ROSAS
No. 8, Diciembre 1964
Tomo I – Año I
Pág. 40

La última tarde

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Piteo afirmaba haber recorrido a pie hacia la Bretaña hasta llegar a Tule, y hacía de las comarcas circundantes una descripción absolutamente maravillosa: por ejemplo, en tales parajes no se encontraba ni tierra, ni mar, ni aire, sino una cierta mezcla de todos los elementos, una especie de pulmón marino; venía a ser algo así como el punto en que se unían tierra, mar y aire, flotando indecisos en el espacio. En lugar alguno podía fijarse la planta y no había lugar que los barcos pudieran abordar.

Alexis Chassang
No. 8, Diciembre 1964
Tomo I – Año I
Pág. 34