La inquietud que guardaba

En uno de los millones de sistemas planetarios que pueblan el cosmos, existía un planeta que al igual que todos sus congéneres giraba alrededor de una estrella.

Aunque llevaba una vida tranquila, aquel planeta no era feliz porque siempre guardaba la inquietud de viajar a través del espacio, hasta que en una ocasión se decidió a hacerlo y aprovechando un momento de distracción del astro a cuyo rededor giraba, se alejó a gran velocidad.

En su viaje por el universo atravesó enormes zonas de obscuridad y de silencio, mientras que otras veces quedó deslumbrado por la luz que emitían los grandes conglomerados de estrellas, a la vez que se veía obligado a resistir la atracción de otros soles que lo invitaban a girar alrededor suyo.

Después de mucho tiempo de viajar, la añoranza lo empujó a volver a su lugar de origen, y entonces se reintegró a su sistema solar y se puso a contar a los demás planetas no solamente lo que había visto, sino también lo que adivinó ayudado por su imaginación, y de aquella manera logró amenizar tanto su propia vida como la de sus compañeros, durante el resto de la eternidad.

Juana Armanda Alegría
No. 39, Noviembre – Diciembre 1969
Tomo VII – Año V
Pág. 68

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El duelo

Cuando todos se hubieron marchado en cabizbaja procesión, tal como llegaron, nadie advirtió que del montículo de tierra surgía tembloroso un dedo.

Aguzando el oído, aún podían oírse las últimas frases de alguien del cortejo: ¡Fue un hombre que luchó hasta el fin!

Miguel Flores Ramírez
No. 39, Noviembre – Diciembre 1969
Tomo VII – Año V
Pág. 65

La terapéutica

—¡¿Qué pasa con ese médico, que no viene…?! —Gritó Leovigildo desde su lecho de enfermo— ¡me van a dejar morir como a un perro! hace tres días que estoy pidiendo al doctor, pero parece que mi vida no le interesa a nadie…

Y el impaciente paciente se revolvía en su cama con desesperación.

—Cálmate, hijito — decíale con voz suave su esposa Celedonia —de un momento a otro llegará; no hagas corajes porque te pones peor.

—Pues ojalá que no venga cuando ya sea demasiado tarde!…

De pronto alguien llamó a la puerta. Era el doctor.

Después de saludar y una vez frente al enfermo, dio principio al diálogo:

—Es la primera vez que lo visito —dijo el galeno—y necesito irlo conociendo; veamos su presión arterial.

—No es necesario, doctor, me he estado poniendo termómetro y tengo dos grados punto tres, de fiebre, mis pulsaciones son casi treinta y cinco por ciento más de lo normal, así que mi presión arterial es alta porque padezco insuficiencia de las coronarias, para lo cual está indicado un antiespasmódico vasodinámico de acción beoflebitis con diplopía por isquemia de la arteria coclear… Me estoy poniendo una inyección diaria de “Piratrinol” por vía parenteral.

—Un momento, amigo, yo creo que…

—No, doctor, ya me hicieron el uroanálisis, una biometría hemática y radiografías en serie del tórax. El resultado fue un exceso de albúmina, bacterias y disminución de los glóbulos rojos, para lo cual me receté una pastilla de “Fenilpeparizona” cada tres horas.

—Vaya, Vaya, así que…

—Y usted, doctor, ¿cómo se siente?, lo veo pálido y conb la mirada extraviada. Permítame tomarle el pulso y auscultarle la retina… ¡Sí!, no hay duda, padece una anemia hipocrómica macrocitaria. Noto, demás, que no me escucha bien, lo cual es síntoma de una otitis media con probable supuración del yunque, así que se me pone una inyección intravenosa de “Aforina” al 2% cada vez que se acuerde. Ya verá cómo se va a mejorar.

—¿Usted cree que me compondré pronto…?

—No pierda la fe y venga a verme de vez en cuando para darle una checadita.

—Bueno pues muchas gracias y celebro verlo a usted tan mejorado. Ahora me retiro a guardar cama, pues me estoy sintiendo muy mal.

Doña Celedonia acompañó al galeno hasta la puerta y después de despedirlo regresó a hablar con su esposo, quién le preguntó intrigado:

—¿Qué te ha dicho el doctor? ¿Cuánto te cobró?

—Nada… y al despedirse me puso en la mano un billete de a cien pesos. Y tú, ¿cómo te sientes ahora?

—¡De maravilla! mujer, éste médico es un portento, un verdadero sabio…!

Enrique Vargas Figueroa
No. 39, Noviembre – Diciembre 1969
Tomo VII – Año V
Pág. 52