La tarjeta

De repente, la alarma obsesiva que respondía a mi necesidad de levantarme a la hora que consideraba razonable para arreglarme e ir al trabajo. Interrumpí el escándalo con seguridad asombrosa y, como de costumbre, me dispuse a tomar un rápido duchazo que terminaría con la secuencia imaginativa nocturna. Ya bajo el agua dispersa, me di a recordar el sueño y la angustia que seguía al caer en situaciones cada vez más difíciles que desembocaron en una imposible de resolver, la que por fortuna fue disuelta por el ruido que ponía punto fina la tan aguerrida aventura. Apresuradamente, friccioné con nerviosismo el pelo, como renegado del transcurrir tan acelerado del tiempo matutino. Hube de secar el espejo donde siempre encuentro mi cara inconforme, y me observé con mayor atención que otras veces. Por detrás de mi muy conocido par de orejas se repetían otras dos, tan llenas de jabón como las primeras, y para mi mayor desgracia, sólo faltaban cuarenta y cinco minutos para no perder el día de salario. ¡Siempre nuevos problemas! decidí solucionar primero el de la barba. Me cubrí la cara con espuma, cuidando de poder observar ininterrumpidamente al par de intrusas. Inicié diestramente la operación tantas veces repetida, y para feliz conclusión, no noté cortaduras. Estas determinaban en mucho mi alegría o tristeza frente a los demás empleados. Pero, ¿qué hacer con las orejas?, nunca se me ocurren soluciones adecuadas. Decidí recortar los pabellones de las auténticas, y así lograr formas más estéticas que las aprisionadas por mi mirada. Al no lograr una simetría aceptable con las de atrás, recurrí a dos pares de argollas de distinto tamaño, que distrajeran las observaciones sobre mi nueva cara, al llegar a la oficina. Definitivamente no era una buena solución. Arranqué desesperado las argollas, y miré con coraje el reloj, quince minutos antes de la hora de entrada. Lo demás no lo cuento, pero sí que finalmente eliminé las ya recortadas, hasta obtener una superficie tan lisa como me fue posible, y que llegué preciso al reloj marcador. Los que me rodeaban notaron inmediatamente el deslizamiento hacia atrás de mis orejas, y pensando en la multitud de problemas que debía resolver, ignoré sus risas suspicaces, para gozar de la satisfacción que me proporcionaba ser un empleado puntual.

Enrique Novelo Berrón
No. 39, Noviembre – Diciembre 1969
Tomo VII – Año V
Pág. 80

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Inmutable acero

Son las dos de la mañana y allá estoy, como siempre, sentado al mostrador del bar de Roberta. En mi mano el vaso de cerveza se sacude hasta desbordarse con el vibrar destemplado de una carcajada. Me pone el brazo alrededor de los hombros, me besa y se echa a reír. ¿Qué nos hará tanta gracia? Me aproximo sin ser notado. El lenguaje que hablan es pastoso e indescifrable; las palabras se aprietan unas contra otras, como engomadas. Es español, o portugués quizá; lo sé por la forma vagamente conocida como suenan los sonidos. De pronto entra mi mujer. Me llama. Me vuelvo en el instante en que llega hasta mi pecho su puño cerrado sobre el mango del frío acero que se mete de un solo envión hasta encontrar el corazón. Se limpia la mano ensangrentada, tira el pañuelo sobre mis ojos desmesuradamente abiertos y sale. Sólo ahora vengo a tener consciencia de ser algo así como un ojo secreto que capta todo lo que a mi destino concierne. Creo entender que lo que yace en el suelo es sólo la posibilidad de tal final, un tanteo cuyas raíces están en el presentimiento, en el temor constante, en la culpa, y que está dado aquí en otra dimensión sin concretizaciones perdurables. Sé que debo ahora despertar. Lucho por abrir los ojos y éstos se adhieren a sí mismos como láminas de plomo. Me retuerzo, pataleo, trato de gritar. Con un terror como agujas calientes me voy sumergiendo cada vez más en una opresiva y absorbente modorra. Súbitamente comprendo que ya es tarde para atravesar esa neblinosa región intermedia que me separa más y más del despertar. El ligero diafragma hecho de espacio y tiempo y sentido de las proporciones se ha esfumado. Sólo me duele la conciencia que tengo de no poder liberarme ya. Como desde un profundísimo abismo en que me hundo logro presentir muy vagamente que en mi pecho, cercenando toda válvula de escape, la álgida opresión que frena ya el último espasmo es un acero detenido al final de su recorrido forzado y que ahora yace inmutable.

Enrique Jaramillo Levi
No. 39, Noviembre – Diciembre 1969
Tomo VII – Año V
Pág. 78

Roberto Oropeza Martínez

Roberto Oropeza Martínez

Roberto Oropeza Martínez

Fue discípulo de un universitario y preparatoriano digno e ilustre, Erasmo Castellanos Quinto, y como ayudante suplió al gran maestro durante tres años (1953-1955) en la cátedra de Literatura Cervantina que impartía en la Facultad de Filosofía y Letras. Oropeza Martínez inició así, el 7 de mayo de 1953, una rica y prolífera carrera magistral que hoy suma 53 años dedicados al servicio dentro de nuestra Alma Mater, específicamente en el Plantel No. 5 “José Vasconcelos”, de la Escuela Nacional Preparatoria (ENP). Ese mismo año, el maestro Oropeza también ingresó como docente interino de Español en la entonces ENP Nocturna y, para 1954, formó parte del cuerpo docente fundador del Plantel No. 5 de la ENP. A partir de entonces, toda la actividad profesional de Roberto Oropeza giró en torno a la Preparatoria, en el que centró su desempeño profesional con el nombramiento de profesor titular “C” de tiempo completo. Hoy, ya como jubilado docente, es el único catedrático fundador de este plantel que continúa activo y a pie de grupo.

Durante su larga carrera en dicho plantel, ha impartido las asignaturas de Lengua y Literatura Española, Literatura Universal, Literatura Mexicana, y en 1956, recayó en su persona el decanato de la actividad estética de Oratoria al ser ésta creada en la ENP. Compartió además la experiencia de “Teatro en Coapa”, bajo la dirección de Héctor Azar, y literalmente fue actor de aquella obra, hoy legendaria y sin precedente en los anales de la historia universitaria preparatoriana. Por otra parte, impartió el Taller de redacción en el Plantel Vallejo del Colegio de Ciencias y Humanidades (CCH) por un periodo de once años (1972-1983).

De los libros de creación literaria que el maestro Oropeza Martínez ha escrito, destacan tres obras de compilación y ensayística dedicadas a la poesía y a la persona misma del Gran Maestro preparatoriano: Poesía Inédita de Erasmo Castellanos Quinto; Erasmo Castellanos Quinto. Semblanza; y Terebinto en aroma. Semblanza de Erasmo Castellanos Quinto. Estos ensayos y una nutrida labor hemerográfica sobre su Maestro, hace de Roberto Oropeza el único estudioso que ha abordado formal y seriamente el corpus que integra el acervo literario y la persona de Erasmo Castellanos Quinto. La difusión del valor que la obra poética y la figura de Don Erasmo tiene, ha sido una de las columnas vertebrales en la actividad del maestro Oropeza desde que fue bachiller universitario y a lo largo de toda su carrera profesional y académica.

A principios de 2007 gestionó la donación del Códice original Las siete Murallas o El Castillo de la Fama, que de propia mano elaborara Erasmo Castellanos Quinto, y que su 58 sobrino, el licenciado Manuel Castellanos Arredondo, entregó a la Biblioteca Nacional de México en Entre 1997 y 1998 colaboró en la elaboración del libro La Escuela Nacional Preparatoria, raíz y corazón de la Universidad, y hacia 2003 y 2006 participó como coautor e hizo la revisión técnica del título Presencia y participación preparatorianas; ambos publicados por la ENP. Como parte de sus preocupaciones, ha publicado seis libros de carácter educativo, entre los que destacan aquellos dedicados a la Enseñanza Media Superior: Señores y señoras:…he dicho, Taller de redacción (cuya primera edición  en 1972 fue una verdadera novedad didáctica pionera en su género, logrando muy buena acogida entre la población docente y estudiantil en el CCH); Declamación. Ejercicios, técnica didáctica (tercera edición 2000); Técnica de oratoria, Taller de Lectura y redacción 1; Por los senderos del vocablo; Taller de lectura y redacción 2; Por los senderos de la ciencia.

Tiene editados cinco folletos de apoyo docente sobre temas literarios diversos: Edad Media y siglo XV, Sociedad, pensamiento y literatura; Poema del Cid, La vida inútil de Pito Pérez de José Rubén Romero; La güera Rodríguez de Artemio de Valle Arizpe y Lazarillo de Tormes. Como coautor didáctico trabajó dos volúmenes Análisis de textos literarios y Aprendiendo a aprender. La publicación de éste último, en 1974, fue la culminación del esfuerzo de cinco años, en colaboración con Óscar de la Rosa Rangel, y constituyó un innovador método de estudio en la ENP que se aplicó a todos los alumnos de nuevo ingreso en los años 1971 y 1972.

En coautoría literario-didáctica para nivel de educación media básica, participó en tres libros: Cuentos para adolescentes; Banderolas, cuentos para adolescentes, y Centzontli, cuentos para adolescentes. La obra poética del maestro Oropeza Martínez suma, hasta ahora, un total de seis títulos: Agua en el cántaro; ¡Esta poesía borracha…! Sólo para poetas buenos y para buenos poetas; En la Rueca…; Los sueños brujos de María de Yepachi; Tiempos de Papel, y A ritmo de atabal florido. Además, entre los años 1957 y 1981, editó 24 plaquetas que contienen poemas de su autoría.

Desde su etapa como bachiller en San Ildefonso, Roberto cultiva una pródiga y abundante colaboración en la hemerografía y las publicaciones periódicas netamente universitarias así como en otras de muy variado origen, alcance, objetivos y lectores (interno, institucional, local, regional y nacional). Dicho trabajo, más las referencias hemerográficas y bibliográficas a su obra y su persona superan la cantidad de 346, habiéndose impreso en por lo menos 43 ciudades ubicadas en 22 estados de la República Mexicana y en España, Venezuela, Uruguay y Puerto Rico.

Roberto Oropeza ha obtenido, a la fecha, 53 premios literarios en concursos poéticos nacionales realizados en 23 ciudades pertenecientes a 14 estados de nuestro territorio patrio. Sus discursos, ponencias, conferencias, recitales, lecturas, presentaciones, charlas, cursos, talleres, participaciones como jurado calificador en diversos certámenes de declamación, oratoria y literarios, y los homenajes efectuados en su honor, han tenido efecto y se han escuchado en 40 ciudades esparcidas en 21 entidades federativas de nuestro país y en Panamá, sumando un total de 183 actos públicos.

Entre los principales honores y distinciones a que se ha hecho merecedor, debemos mencionar que fue Académico de Número y Oficial Mayor del Colegio de Literatura, filial del Instituto Mexicano de Cultura y también Académico Numerario Fundador de la Academia de Bellas Artes de la Legión de Honor Nacional, con cargo en la Vicepresidencia en la Rama de Literatura. Fungió como delegado mexicano en los Congresos de México, Centroamérica y Panamá por la soberanía, la paz y la solidaridad internacional en Panamá (1973), en San José, Costa Rica (1975); en la URSS (1986) y en Basilea, Suiza (1993). Asimismo, fue delegado mexicano en el IV Encuentro Internacional de Poetas que se llevó a cabo en Champotón, Campeche, en el año de 1977.

Por su mística de servicio y su dimensión como Maestro; por su gran labor en la forja de generaciones del bachillerato universitario dentro de la Escuela Nacional Preparatoria, y por su calidad humana, ética y profesional, Roberto Oropeza Martínez es acreedor al Premio Universidad Nacional 2012, en el área de Docencia en Educación Media Superior (Humanidades, ciencias sociales y económico-administrativas)[1]

Adolescencia

—Mire usted, comadrita… No es que yo me de mis baños de pureza o que me espante el viento, pero le puedo asegurar que no tengo culpa de nada… ¡Si viera a mi muchachita cómo se me está secando!…

—Es la tiricia, comadre, no le quepa duda… Yo vi a la niña de mi hermana Leonor, la que vive en Veracruz, y así merito le pasaba como a la suya de usted…

—Todavía si dijéramos que tiene novio, o que no le doy de comer, o que se pescó alguna enfermedad de esas malas que secan a la gente… Pero el doctor ya la vio y dice que no tiene nada, que no le haga caso y que se le va a pasar… Pero por muy doctor que sea, él no tiene los problemas en su casa, ¿verdad?

—No, si ya se lo digo, a veces los doctores por muy sabios y estudiados que sean, no saben nada… ¿Por qué no se lo ha contado doña Edwiges? Dicen que ella le hace a eso de las brujerías…

—¡Ay, no!, ¡Ni lo mande el Santísimo Sacramento!…

—¿Y por qué no?…¡Si no le hace bien, no le hace mal!, al fin que nomás les reza y como que los persigna…

—¡No, no, no…! ¡Ni me lo diga!…

 ◊◊◊

—¿No que no comadre?… ¡Ya la vi el sábado en la “cola” de doña Edwiges!

—Pos nomás porque luego no se pensara que no hice todo lo posible… Y también me dijo de la tiricia esa… Y que la pusiera a que estuviera tirando florecitas rojas en el río… ¿Usted cree?

—Bueno, pero al menos está mejor que lo del médico ese…

—Pues sí… Siquiera la tiricia es una enfermedad conocida, no que eso de la adolescencia… y que se quita sola…

Roberto Oropeza Martínez (G. O.)
No. 39, Noviembre – Diciembre 1969
Tomo VII – Año V
Pág. 77

El ballet

A decir verdad, nunca me había interesado el ballet.

Mi curiosidad nació inesperadamente ante la pantalla de un televisor y se convirtió en morbosidad. Estoy seguro que en algún momento, en algún lugar, en un paso, en un giro, en algún adorno aéreo, violento ELLA, sin que El pueda evitarlo y aún muy a su pesar, caerá, ridículamente. Y esta incertidumbre es horrible, porque tal vez YO caiga antes, tal vez yo muera antes y con la desagradable sensación de falta, o ver algo que tendrá que acontecer de carencia, de ausencia; de no saber inevitablemente, algún día.

Mientras tanto, tendría que permanecer atento, tal vez infinitamente atento…

Luis García Bonilla
No. 39, Noviembre – Diciembre 1969
Tomo VII – Año V
Pág. 75

La sierra

Ichmul, Chamá, llovizna sin fin… Ah, el solecito: pasan las muchachas por el atrio. Unos ojos verdes ven al joven del tractor: alto, cenceño. Otra, su severo perfil bajo el casco. La de los ojos negros los poderosos hombros. Las otras pensando: “¿por qué no me mira?, “No ve que cuando ando tiembla la tierra”. “Si aquí se fijara…”, y se toca la cadera. “Mis piernas: doble maravilla”.

Cae un pañuelo, él lo levanta. Tropieza con olor de hembra y él sonríe. “Adiooós”, le dicen y él contesta. Pasa junto a él un tibio roce.

De todos los rumbos lo vigilan: “¿Por qué le levantó el pañuelo?”. “¿Por qué la saludó sin conocerla?”. “Tras ella se le fueron los ojos”. “Se le quedó mirando desvistiéndola…”

Los cuatro se le acercan. Los cinco se hacen de palabras. Hay un sexto: el curioso. Luego: el nevero, un cargador, otro que vende charamuscas, los que van al mercado, los de uniforme.

“No, no es cosa de gendarmes”. “Estamos hablando entre hombres”. “¿Oyeron?…” “Vamos a rifarnos”. “A ver con quién pierde”. “Tengo para los cuatro”. “Vuela la moneda”. “Voy al pájaro”. “Perdiste” “No, ¡trampa!”. En la plaza todo el pueblo: “Juan Pech es mi gallo”. “Apuesto dos quetzales al fuereño…” “¡Ábranse!” “No empujen” “Déjenlos solos!..” Vocerío. “¡Eh… se tienen miedo!” “¡Mójale la oreja!” “¡Agárrense!” “¡Ora!…”

Abre su ventana el capitán De la Flor, de los rangers, en salto de cama, furiosito, metralleta en ristre: “¡Bandidotes!” “¡Arrastrados!” “No dejan dormir a uno”. “Ora verán”… (Se le olvidó quitarse la peluca rubia). Risita. Una ráfaga le vuela la mano con el arma.

“¡Viva Bolívar!”. “¡Mueran los gorilotas!”. “¡Viva la sierra!”. Disparos. Explosión. Llamarada. Gendarmes a quemarropa, caen.

Un efebo de cabellera morada retira el capitán: “¡Ay, corazón!”. “¡Malditos guerrilleros!…”

Luis Córdoba
No. 39, Noviembre – Diciembre 1969
Tomo VII – Año V
Pág. 69