El parto

La casa de los batracios era un remanso, una laguna, y los ojos abultados de los sapos recibían sin parpadeos los rayos de la luna llena.

Afuera, colgada de la rama de una ceiba, una perra rabiosa ahorcada en el crepúsculo era despedazada a garrotazos por las sombras.

Adentro, una mujer gritaba de dolor.

—¡Ay, ay, aaay! Ya no… nooooo.

Los sapos inflaban y desinflaban su abdomen, ampuloso y áspero.

El cuerpo de la parturienta estaba enjuto y pálido. Tenía las manos prendidas al cabello, los ojos desorbitados, los labios entreabiertos, los dientes blancos, las encías grises y secas como la ceniza.

Las ranas abrían y cerraban los ojos y la boca, al ritmo de su coro infernal.

—Listo. Ya, ya, ya. Ya pasó todo.

Una mujer vestida de negro levantó una de sus manos; sostuvo en el aire, sujetándolo de las piernas, una criatura con la cabeza hacia abajo y dijo satisfecha:

—¡Aarón! Antonia se murió, pero tu hijo vive.

El tronar de las teas de pino blanco que medio alumbraban el interior de la choza, se mezcló con el ulular del viento.

Aarón, hombre del campo, se levantó del rincón donde, silencioso, sudando frío, había permanecido en cuclillas, para acercarse al cadáver de su mujer. Al verla, se imaginó que ella soltaba una carcajada; se llevó las manos al rostro y las bajó lentamente para fijar la mirada sobre su hijo que tenía los ojos muy saltones, la boca grande, muy grande, y los dedos de sus manos unidos por una capa delgada.

—¡Mi hijo! —gritó Aarón, enloquecido.

La criatura abrió entonces la boca y dijo:

—Croac… croac…

 

Leopoldo Borras
No. 39, Noviembre – Diciembre 1969
Tomo VII – Año V
Pág. 106

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Un cuento

Al fin se representaría la obra y le dieron el papel que deseaba; el papel de Aurelia la Loca. Era breve, pero maravilloso y ella podía sacarle todo el partido que fuera preciso. ¡Vaya que sí lo haría! Ahí estaba su oportunidad, la que tanto había soñado; una loca graciosa, simpática y romántica; le quedaba como hecho a su medida. Memorizaría su parlamento hasta el máximo, para que brotaran las palabras ágiles, sin el más leve titubeo, ni la menor vacilación. ¿Lo demás? Sonrió en su interior; sabía que lo podía hacer. ¡Y cómo lo podía hacer! Sobre todo “las dementes” le salían como a nadie, eran su punto fuerte y la admiración de sus maestros de arte dramático, hipnotizaba al espectador, llevándolo hasta donde ella quería. ¡El triunfo estaba en sus manos! ¡Realizaría sus sueños! Sentía impulsos de brincar, de gritar, de reír; pero tenía que controlarse, no era cosa de dejar traslucir sus emociones, como cualquier novata. Pero estaba radiante. Dio las buenas noches al director, sonrió a sus compañeros; la felicidad erguía su cuerpo y se le escapaba por los ojos y por los labios. Se dirigió a la puerta de salida; intentó varias veces abrirla, pero fue en vano, se encontraba cerrada con llave. Se volvió, dio algunos pasos y… sus cabellos se erizaron y con los ojos fuera de las órbitas, cayó desplomada. El cuarto estaba vacío.

Ana María Espinoza Monteverde
No. 39, Noviembre – Diciembre 1969
Tomo VII – Año V
Pág. 106

Los novios

—No llores, no llores más —le decía él.

Pero ella seguía llorando como una magdalena mientras se alisaba los cabellos llenos de rubia paja.

La vaca los miraba con sus ojos negros y grandes y una con sus ojos rojizos y pequeños. Él también estaba tembloroso, asustado, aunque no lloraba.

—Vámonos de aquí cuanto antes, Ángela. Si viene tu padre…

—Antonio, Antonio, ¿qué va a pasar ahora? —decía ella mientras se levantaba.

—Dios sabrá, pero no temas, ocurra lo que ocurra eres mi novia y me casaré contigo. Y no creas que es porque ha pasado lo que ha pasado. Yo siempre te he querido con buenas intenciones.

Cuatro años después se casaban: ella con un amigo de la familia que decían que era medio tonto y él con una muchacha de un pueblo vecino que decían que era medio rica.

 

Juan Cervera
No. 39, Noviembre – Diciembre 1969
Tomo VII – Año V
Pág. 106

Rodolfo Aquiles Jiménez

Rodolfo Aquiles Jiménez

 

Rodolfo A.  Jiménez Guzmán.

 

Resumen curricular.

—Licenciado en ciencias políticas y administración pública. Facultad de ciencias políticas y sociales de la UNAM.

—Psicoanalista. Centro de estudios psicoanalíticos mexicano, a. c.

—Profesor de carrera titular “c” de tiempo completo  definitivo, en el área de ciencia política. UNAM, FES Acatlán. Ejerce el psicoanálisis.

—Ha impartido cátedra a más de cien grupos en  materias del área de teoría  política y  administración pública, así como política en México y análisis de la coyuntura nacional. Ha dirigido más de 40 tesis y participado como jurado en más de 100 eventos académicos.

Autor de los libros:

  —Política, un modo de abordarla. México, facultad de estudios superiores Acatlán, UNAM, 1990 y 1995

  —México, política y coraje. México, instituto de administración pública del estado de México, a. c., 2002

Invitación al psicoanálisis y lazos con la política. México, facultad de estudios superiores Acatlán, 2011

 Otras publicaciones:

Artículos sobre política social, sindicatos, política electoral, políticas públicas, servicio civil de carrera, teoría y práctica de la democracia, liberalismo, psicoanálisis y política y otros, publicados, tanto en la UNAM como en otras instituciones, como el colegio nacional de ciencias políticas y administración pública y el instituto de administración pública del estado de México.

Puestos ocupados en la UNAM

 

Secretario particular del director de la ENEP Acatlán de la UNAM

—Secretario de la dirección

—Jefe del departamento de humanidades

—Jefe de la división de ciencias socioeconómicas

—Director del centro universitario de profesores visitantes de la UNAM

—Director general de bibliotecas de la UNAM

—Miembro de comisiones dictaminadoras de los centros de información científica y humanística y de investigaciones bibliotecológicas.

En el exterior de la UNAM ha sido:

—Subdelegado general de la secretaría de educación pública en el estado de México.

—Asesor en el senado de la república

—Asesor del C. Oficial Mayor de la Secretaría de medio ambiente, recursos naturales y pesca del gobierno federal

—Asesor del C. Secretario de desarrollo social   y del C. Secretario de trabajo y previsión social del gobierno federal

—Investigador invitado en el instituto nacional de administración pública, a. c.  (INAP[1]) y profesor invitado en otras instituciones.


[1] Información enviada por el propio autor  vía e-mail

Represión

Un solemne policía camina tranquilamente, con paso firme y muy largo; sobre la gruesa alfombra de un recinto institucional, y medita:

—Este clima de frío me lleva a pensar trágico, imagino niños matando pájaros en los bosques, y monstruos gigantescos que llegan del mar y del espacio con sangrientos fines. Por otro lado el calor no lo soporto.

Tal vez éste no sea el verdadero sentir del policía, pero su figura es marcial como ninguna. Su mirada es dirigida hacia un solo punto, invariablemente.

Ahora, ha comenzado a llover y el servidor de la justicia mira caer las gotas primeras, a través del cristal de una angustia reprimida.

Rodolfo Aquiles Jiménez
No. 39, Noviembre – Diciembre 1969
Tomo VII – Año V
Pág. 106

Una vieja valija

Me sorprendió la víbora que comenzó a emerger de la manga del saco. No recordé ninguna visita próxima al zoológico. Me agaché para revisar bajo la cama. El desorden normal: nada hacía sospechar un nido de ofidios. Entre papeles y libros viejos hallé un antiguo par de zapatillas que había estado buscando meses atrás. Me alegré mucho: me sirvió para confirmar la creencia de que nunca pierdo nada. La víbora ya había terminado de desenrollarse de la manga y reptaba sobre el cuello. “Vas a llegar tarde” —me gritaron desde la pieza contigua. Es verdad. Me peiné rápidamente (la víbora hacía piruetas frente al espejo). Salí al pasillo. María me besó con pasión, me mordió el labio inferior. Entré al cuarto de mi padre. “Aquí están” —le dije alcanzándole el par de zapatillas. José hamacó la cabeza, no sé si se alegraba o me reprendía. De cualquier modo quedaba libre desde ahora y podía hacer lo que quisiera hacer con mi vida. Decidí volver a mi cuarto a fumar un poco. “¿Me prestas el encendedor?” Me lo alcanzó sobre la mesa. Volví a salir al pasillo. Tuve deseos de besar a María, pero ya no se encontraba allí. La busqué por todos los armarios. “Sácate esa víbora asquerosa” —dijo cuando la descubrí tras la máquina de coser. Me dio vergüenza y escapé lejos de ella. Debía irme de aquí, debía cambiar de rutina. Empaqueté mis cosas en una vieja valija. Volví a peinarme y dije adiós a todos con la mano en el picaporte de la última puerta. “Devolmeme mi encendedor” —gritó mi padre. Revisé cuidadosamente los bolsillos, sin ningún resultado. “Lo debiste guardar en la valija”. La abrí sobre el piso y fui desempaquetando mis cosas. Nunca había imaginado que fuese tanto. Estuve dos horas buscando sin suerte; comprendí que la oportunidad de alejarme se hacía más problemática. “Se lo habrá tragado tu maldita víbora” —sugirió María. Me palpé las mangas y los pantalones, pero la víbora no apareció. Volví cohibido al cuarto. Ahora debía esperar por otra oportunidad.

J. Poniachik
No. 39, Noviembre – Diciembre 1969
Tomo VII – Año V
Pág. 105