Un cuento

Al fin se representaría la obra y le dieron el papel que deseaba; el papel de Aurelia la Loca. Era breve, pero maravilloso y ella podía sacarle todo el partido que fuera preciso. ¡Vaya que sí lo haría! Ahí estaba su oportunidad, la que tanto había soñado; una loca graciosa, simpática y romántica; le quedaba como hecho a su medida. Memorizaría su parlamento hasta el máximo, para que brotaran las palabras ágiles, sin el más leve titubeo, ni la menor vacilación. ¿Lo demás? Sonrió en su interior; sabía que lo podía hacer. ¡Y cómo lo podía hacer! Sobre todo “las dementes” le salían como a nadie, eran su punto fuerte y la admiración de sus maestros de arte dramático, hipnotizaba al espectador, llevándolo hasta donde ella quería. ¡El triunfo estaba en sus manos! ¡Realizaría sus sueños! Sentía impulsos de brincar, de gritar, de reír; pero tenía que controlarse, no era cosa de dejar traslucir sus emociones, como cualquier novata. Pero estaba radiante. Dio las buenas noches al director, sonrió a sus compañeros; la felicidad erguía su cuerpo y se le escapaba por los ojos y por los labios. Se dirigió a la puerta de salida; intentó varias veces abrirla, pero fue en vano, se encontraba cerrada con llave. Se volvió, dio algunos pasos y… sus cabellos se erizaron y con los ojos fuera de las órbitas, cayó desplomada. El cuarto estaba vacío.

Ana María Espinoza Monteverde
No. 39, Noviembre – Diciembre 1969
Tomo VII – Año V
Pág. 106

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