Cerebro electrónico

Los sabios no salían de su asombro frente a aquella máquina computadora. Tres días antes, cuando el encargado de operarla había insertado una tarjeta perforada tratando de obtener el resultado de una ecuación de Física, había leído QUIERO QUESO. Día tras día aquella máquina seguía pidiendo queso y hasta tuvo la osadía de pedirlo en rebanadas delgadas y de la mejor calidad.

Allí estaba el grupo de científicos tratando de aclarar aquel misterio. En eso entró Pasiturno, el gato angora que siempre dormía bajo el escritorio del sabio Stratoviski. Lanzó una mirada al conjunto y fue a restregar la cabeza en los zapatos de su amo. Después se puso a husmear por todos lados hasta llegar a la máquina computadora. La olió de arriba abajo. Se agazapó y estiró una mano tratando de meterla por debajo de la máquina. Tuvo que venir une ejército de obreros para moverla de su sitio. En las maniobras salió un ratón debajo de ella. Y por más que lo corretearon científicos y gato no lograron atraparlo.

Jesús Santana
No. 39, Noviembre – Diciembre 1969
Tomo VII – Año V
Pág. 108

Un cuento con un final raro

(Para las niñas que sueñan con lombrices)

 

Esta era una lombriz que estaba loca, tan loca que ya no era loca, era lombriz.

La luna amaba a la lombriz cuando ésta salía, la lombriz odiaba a la luna cuando se metía. El sol escondido de vergüenza tras la luna, pensaba ¿Qué por qué siendo ya mayor de edad la luna no lo dejaba salir de noche?

El sol odiaba a a lombriz cuando salía, la lombriz amaba al sol cuando se metía.

La luna amaba al sol cuando la lombriz salía, el sol amaba a la luna cuando la lombriz se metía.

La lombriz estaba tan confundida que deseaba ser devorada por un ave, el sol deseaba ser ave cuando lo lombriz pensaba esto.

Las lombrices por lo general odian a las aves pero esta lombriz estaba loca, loca, loca.

La luna deseaba ser lombriz cuando el sol salía y era que la luna no estaba loca sino cuerda.

Esto, claro está, no impedía que las ranas amaran a los sapos, y lo que todos deseaban era que el sueño de la niña acabara para soñar ellos con lunas y lombrices y soles, ranas y sapos.

…¿Y el final?…

No lo diré, es muy raro.

 

Sergio Cordero Trujillo
No. 39, Noviembre – Diciembre 1969
Tomo VII – Año V
Pág. 10

Biometría hemática

La danza empezó: Las células americanas desintegraron gran parte de las células rusas; entonces los linfocitos negros empezaron el plan de ataque contra los eosinófilos güeros y se produjo una seria infección.

Los metamielocitos de ojos rasgados iniciaron la ofensiva contra los leucocitos germanos que estaban impidiendo el paso de la hemoglobina. Como era natural; el área Sud y Centro americana aprovechó el desconcierto y empezó a subir cautelosamente.

Se llegó a estabilizar la tensión sanguínea y a combatir la infección por medio de cápsulas de napalm y bombas de penicilina.

Como todo fue paz a partir de entonces; se unieron todos los contingentes y mandaron cohetes con radiaciones hacia las otras galaxias y cuerpos celestes.

Las estrellas más lejanas y también las más cercanas, contestaron con lo suyo.

El Cuerpo Macroscópico de Dios: El Universo, sintió dentro de sí todo el dolor de su creación y lloró.

Flor María Novoa Zazueta
No. 39, Noviembre – Diciembre 1969
Tomo VII – Año V
Pág. 108

Entrega

Una ola cortejaba a una roca, que la rechazaba digna:

—No puedo amarte. Todos los días recibo los besos de las aves. ¿Por qué preferirte a ti?

—Ámame

—Imposible. Dejaría de admirar cada tarde el hermoso sacrificio del sol que por adorarme se ahoga en el océano.

—Ámame —le decía la ola, regándole collares de espuma y rodeándola con sus brazos azul-verde.

Seducida, la roca dijo “si” y se desprendió, recibiendo un segundo la caricia de la impetuosa ola. Después comenzó a sumergirse, mientras oía que, arriba, en la superficie, la ola corría tras una gaviota, diciéndole:

—Ámame.

La gaviota respondió “no” con gran dignidad.

—Ámame —insistía la ola.

Pero la roca, que había llegado al fondo, no pudo escucharla más.

Carlos E. Field C.
No. 39, Noviembre – Diciembre 1969
Tomo VII – Año V
Pág. 108

Nostalgia

Yo era poeta, y escribía cosas muy lindas, con mucho amor; escribía hermosas canciones al corazón; pero vino Bernard y los trasplantó.

Seguí siendo poeta, y a la luna dedicaba mis poemas de amor, más vino Armstrong y la profanó.

Ahora soy poeta pero no tengo amor, pues no poseo luna ni corazón.

José Gilberto Hernández A.
No. 39, Noviembre – Diciembre 1969
Tomo VII – Año V
Pág. 108

La última página

Y anocheció, como en el primer día fueron creadas las sombras.

Adán tomó a Eva de la cintura. No fue el tosco cordón de bejuco que sostenía la hoja de parra lo que sintió al contacto de su mano extendida y ligeramente ahuecada, sino una perfumada, sutil tela de seda, bajo la cual palpitaba la vida eterna.

Caminaron unos pasos. El rechazo alucinante de un crepúsculo que naufragaba en la comba terrestre iluminó sus rostros transfigurados por el deseo. Repentinamente se detuvieron atónitos. Ninguna serpiente se balanceaba, amenazante o dulce, en su camino. Pero ante sus ojos, agrandados por la angustia, se elevaba gigantesco, monstruoso, un arrebatador hongo de humo.

Contemplaron abismados cómo el hongo, sombríamente adensado, subía, subía. Y un rumor oceánico, más conturbador que un millón de bombarderos en picada, asordaba el horizonte.

Se esperaba la noche, pero ya no como en el Génesis sino como en el Apocalipsis. Centelleos de otros mundos acuchillaban la espesura cósmica.

Adán y Eva se tomaron de las manos. Bajo sus pies reptaba —aterrado— el animal por cuya causa fueron expulsados del paraíso. Apenas alcanzaron a verse de reojo sus perfiles empalidecidos. Un estruendo formidable los arrebató en su vértice. El vientre de ella estalló como una granada y su faz se disolvió en una negrura espacial.

Y Adán quedó solo, rota la espina dorsal, doloridas las costillas, balanceándose en un espacio ignoto, tenebroso.

 

Edmundo Flores Cuevas
No. 39, Noviembre – Diciembre 1969
Tomo VII – Año V
Pág. 108