Recuerdos

Discutimos por última vez y todo se acabó. Me fui. El eco de tu última frase me golpeaba las sienes y cuando cerraba los ojos, aparecías, y junto contigo un sabor amargo, humedad en mis ojos y opresión en mi corazón. Los recuerdos me abrumaban y me culpaba por haberte querido sin reservas. Entonces te odié.

Después recordé cierta tarde lluviosa en que, tomados de la mano, corrimos a refugiarnos debajo de un árbol. Me embriagó de nuevo al aroma del bosque húmedo. Sentí otra vez tu abrazo, tu cuerpo temblar, —hacía frío— entre mis brazos. Vi otra vez tu cara húmeda y tu pelo escurriendo. De nuevo sentí tus labios cálidos sobre mi boca. Desde el fondo de mi alma dije otra vez “te quiero”.
Entonces, pensé, valió la pena soportar todo aquel beso.

Fernando Ortiz Lachica
No. 39, Noviembre – Diciembre 1969
Tomo VII – Año V
Pág. 109

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Arcilla

Mientras sus temblorosas manos le daban forma a la arcilla, meditaba qué hacer; temió hacer un monstruo y lo hizo… al hombre.

Mario Gatica S.
No. 39, Noviembre – Diciembre 1969
Tomo VII – Año V
Pág. 109

El cabeza roja

Había llegado nadie sabía de dónde. El caso es que ahí estaba con su cara redonda, su mirada vivaz y la rara especie de portafolios bajo su brazo. Desde el director hasta el conserje incluyendo a los maestros y algunos de los dos centenares de pequeños alumnos que integraban aquel plantel, habían advertido con sorpresa que al niño no lo acompañaba nadie; entregó los documentos y llenó los requisitos necesarios para su inscripción. Y ya. Eso era todo. El director, después de enterarse de los datos relativos al chico se negó a responder a las mil y una preguntas que le fueron formuladas acerca del nuevo discípulo; más tarde se excusó pretextando una jaqueca intensa y se retiró a casa. Nada en verdad hubiera tenido mayor importancia si el misterioso visitante no hubiese poseído como singular y casi aterradora característica ese subyugante color rojo en el cabello. Pronto el mote para el recién llegado brotó de algún compañero: “el cabeza roja”. La maestra, no sin dar muestras notorias de intranquilidad, inició su clase.

El maestro de la clase vecina extrañó el silencio que percibía del grupo contiguo: el del “cabeza roja”. Asomóse por curiosidad y en medio de la expectante respiración de los alumnos y de la maestra que se encontraba también situada en uno de los pupitres, se escuchó la vocecilla del “cabeza roja”, que desde el escritorio proseguía su cátedra: “… cibernética es, pues, el arte de asegurar la eficacia de la acción. Por tanto…”

Profr. E. Moisés Coronado
No. 39, Noviembre – Diciembre 1969
Tomo VII – Año V
Pág. 109

Pedagogía

Y cuando Caín volvió la cara, contemplo la huella que había dejado el cuerpo de Eva entre las hojas. Ella, su madre, le enseñó por la mañana lo que era el amor, gestando en su pedagógico afán una humanidad incestuosa y placentera.

Luis René Aubery
No. 39, Noviembre – Diciembre 1969
Tomo VII – Año V
Pág. 109