El sombrerón

Cuéntase aún por la provincia de Cintalapa, que el sombrerón se aparecía por los caminos, a los viajeros solitarios, bajo algún árbol, a la mitad de un arroyo, y se burlaba de ellos convirtiéndolos primero en cerdos, en chivos y finalmente en mujeres, a quienes violaba, para después disculpándose despedirse, dejando entra las ropas de sus víctimas una gran cantidad de oro fino.

Lauro Jonathan Sol Orea
No. 39, Noviembre – Diciembre 1969
Tomo VII – Año V
Pág. 111

La imagen reflejada

La tarde, próxima a extinguirse. Yo estaba sentado en la cima de alto peñasco. A regular distancia, bajo mis pies, un pequeño laguito espejeaba; como si fuera un fotógrafo, acostado boca arriba hacia el infinito, retrataba las nubes de la tarde. Allá poco lejos, en un cerro parduzco, pastaba un ganado de ovejas que, enmarcado en el paisaje, le daba una tonalidad netamente campestre. Algo retirada, vi una silueta de hombre con un libro bajo el brazo y extasiado en la calma del terreno agreste. —¿Quién será?— me dije, ¿este soñador que prefiere venir a admirar la naturaleza, en vez de estar envuelto en el torbellino bullanguero de la ciudad? —¿Quién será?— me seguía preguntando, ¿este solitario con alma mística que quizá ora en el gran templo de la naturaleza o burilando un poeta bucólico, en vez de, en alguna cantina de la ciudad, rodeado con amigos alegres, brindando copas de aguardiente? Y caminé en su dirección. Fui bajando paulatinamente por el terreno donde crecían flores y yerbecillas de la montaña. Hasta mis oídos llegaba el de alguna paloma silvestre. —¿Quién será?— continuaba la interrogación, mientras mis pies hollaban la hierba. Con todo cuidado seguí mi descenso hasta llegar a la orilla del lago… ¡Sólo mi silueta vi, dibujada en las tranquilas aguas!…
El sol iba cayendo lentamente en el ocaso…

Julián Fernández Rendón
No. 39, Noviembre – Diciembre 1969
Tomo VII – Año V
Pág. 110

Réquiem

Estoy aguardando el instante. Antes, saborear lo que nunca he tenido. Ahora, sólo, enclaustrado. Acometiendo al final, temeroso de mí mismo.

El lugar lleno de humedad, sin luz, con musgo en las paredes que forma parte de mi estancia abandonada, sola, desamparada, desilusionada.

A cada instante pensativo… un segundo, un minuto, una hora… recordar lo poco que hice. Nada.

El sol allá a lo lejos, no lo he sentido desde hace tiempo. Algunas veces logro robar una línea de luz fugaz, penetra en mi cuarto y la capto gozoso. Después del atardecer, todo rojizo, el sol apagado, entristecido. Su incandescente luz no me abriga, pero él aún seguirá y yo terminaré.

Por las tardes siento la brisa del aire que viene de lejos, el aire que mueve las nubes, el viento que tira las hojas del árbol, el viento que va de allá para acá libre.

Aún me animo a pensar en algo que hice, pero no me atrevo a susurrarlo siquiera. Lejos, triste, solo… Tuvo que ser así. Ahora a esperar, seguir esperando, antes y después que siga viviendo, esperar. ¿Cómo?

Caminaré por un pasillo, como entre nubes. Veré a mis flancos algunas caras, asombradas, temerosas, espantadas. Pero ya no sentiré, la espera habrá terminado.

Saldré a un terreno baldío, frente a un muro. Estaré firme, sonriendo. En ese momento recordaré todo. Llorar, reír, odiar, amar. Pero ahí estaré. Esperando el movimiento de los índices y el sonido final. Caeré, acabaré.

Después las campanas, un catafalco, un túmulo sin nada, sola la tierra. Abandonado, temeroso. Y yo ahí esperando como hasta ahora. ¿A quién?, al amor, al miedo, a Dios.

 

Rafael C. Reséndiz R.
No. 39, Noviembre – Diciembre 1969
Tomo VII – Año V
Pág. 110

Chao

EL PRIMER DÍA.— Adán vio que Caín había dado muerte a su hermano Abel, y ello le entristeció, trató entonces de dar consejo a su hijo, pero éste desoyéndolo se fue a beber jugo de uvas agrias.

EL SEGUNDO DÍA.— Caín se levantó “crudo” y vio que mientras tanto sus sobrinos, los hijos del difunto Abel, habían construido una hermosa ciudad, loco de envidia se puso a comer hongos alucinantes para inspirarse, después de lo cual estuvo “puestísimo” e inventó poderosos cañones y bombas de alto poder, armas con las que arrasó la ciudad. Superviviendo sólo una pareja de seres humanos.

Habiendo visto la mala acción de su hijo, Adán lo reconvino nuevamente, pero el patán despreciando sus palabras, se marchó a tomar su bebida preferida, whisky combinado con vodka, fifty-fifty —como lo estilaba.

EL TERCER DÍA.— Caín se levantó con la sensación de que todo daba vueltas a su alrededor, así que tomó unas “pastillas” para ponerse bien, entonces observó que los nietos de Abel habían reconstruido la ciudad y ello le enfureció, se puso su pantalón de seda, su camisa refulgente y sus anillos de diamantes, y mientras escuchaba música discordante, pero muy en onda, “carburó” el sono-destructor, máquina infernal con la que destruyó la reedificada ciudad.

Por tercera vez, Adán ttrató de hacer reflexionar a su hijo, pero el intento sólo produjo la ira de Caín, que había progresado tanto en el disfrute de la vida, y cansado como estaba de las chocherías de su pitecantropus padre, le dijo segundos antes de encender los motores de su astronave:

“¡Viejo estúpido, quédate con tu tierra y con tus muertos, yo me voy a la Luna a gozar de la “laif”, el universo es mío, chao!”

 

Guillermo Augusto García Cuevas
No. 39, Noviembre – Diciembre 1969
Tomo VII – Año V
Pág. 112

Chicas

Nueva York tiene rascacielos, contrastes y sorpresas…

Al mirar los libros de aquel aparador se respiraba sensualidad, se recordaba el monte de Venus y la cama cálida.

—“¿Le gustaría pasar un rato con otra chica?”, me dijo un hombrecillo insignificante al acercarse.

—“No… creo que no”, dije titubeando, “este lujo es costoso por aquí”.

—“En realidad no tanto como se piensa…” dijo el hombrecillo, “quince o veinte dólares no es para llamarse prohibitivo”

Sonaba la oferta bastante razonable.

—“Tenemos chicas blancas y de color… poco más baratas; usted comprende”.

—“Quince por una española o una mulata… veinte por las blancas. ¡Todo incluido!”.

—¿Se podrían ver las chicas?”, me aventuré a decir.

—¡Sí y no”, dijo el hombrecillo. “Caminemos en dirección a ellas, yo le iré explicando”. “Las cuatro chicas  son perfectas”…

—“¿ Y en dónde las tiene usted?”,  dije mientras continuamos caminando.

—“En ese hotel que ve usted enfrente”, dijo, “Hotel de primera y dos copas de whisky por el mismo precio”.

—“¡Increíble!, exclamé.

—Sólo tiene que darme el alquiler de la chica, el nombre de pila de usted para telefoneárselo a ella… y yo le doy el número de cuarto en qué está. ¿Cuál es la chica que prefiere?

—“La española”, dije sacando quince dólares de mi billetera.

—“512… no lo olvide, se llama Raquel; toque y diga que se llama…”

—“Luis”, dije al momento.

—“El elevador está a mano izquierda… quinto piso… mientras usted sube yo le telefoneo a la chica… ¡Ah… y buena suerte!”.

—“Quinto piso, por favor” dije excitado al entrar al elevador.

Llamé a la puerta del 512, discretamente… luego con mayor insistencia al no obtener respuesta.

Sólo logré despertar a un turista de edad avanzada que, en medio de un acceso de tos, salió a ver quién llamaba a su puerta.

 

Rafael Góngora Dondé
No. 39, Noviembre – Diciembre 1969
Tomo VII – Año V
Pág. 110

La balada del juglar

No sé cómo se me desbalagaron las palabras, de la boca. Ya lo sabía yo desde mucho y sin embargo alguna comezón me soltó las riendas de la lengua… ¡Ah que´l coronel tan atravesao…! Cuando vi que estaba apretando la copa era el momento de´ver jala opa otra parte… ¡Pero qué carajo!, ¡Uno también usa pantalones manque no sián de melitar! ¡Nomás faltaba que un capricho de viejo mula me cortara las ganas de andar cantando lo que se m´iantoje!…

¡Total!, si yo nomás canto purititas verdades… Yo qu´iba saber que le´staban atinando a su ruleta… Yo recogí la trova muy lejos de´ste polvoriento pueblo; y allá donde me lo contaron no era ningún secreto… Y en demás, no es cosa que sólo a uno le haiga pasado, con eso de que cada marido se siente gallón en las corraleras ajenas y siente que en la suya sus gallinas están seguras, naiden sabe con qué zopilote pierde las pisadas… L´único que siento es no´ver traido cuete conmigo, no que m´hizo huarachearle el jarabe y escapar de´stampida… ¡Y eso sí que no es de machos!… ¡Cómo me´biera gustao que los mesmos que me vieron correr, vieran vido los ojotes cuando le barajé de cerca la cuchilla por el pescuezo!… ¡Hasta me quería regalar la pistola! L´único bueno es que yo canto purititas verdades… Y ya tengo otra d´esas de amores…

“Dícen que la linda Juana
l´esposa del coronel…
s´encontraba esta mañana
muy solita en el cuartel…

 

Roberto Oropeza Martínez (G.O.)
No. 39, Noviembre – Diciembre 1969
Tomo VII – Año V
Pág. 110