El puñal

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A Margarita Bunge

En un cajón hay un puñal.

Fue forjado en Toledo, a fines del siglo pasado; Luis Melián Lafinur se lo dio a mi padre, que lo trajo del Uruguay; Evaristo Carriego lo tuvo alguna vez en la mano.

Quienes lo ven tienen que jugar un rato con él; se advierte que hace mucho que lo buscaban; la mano se apresura a apretar la empuñadura que la espera; la hoja obediente y poderosa juega con precisión en la vaina.

Otra cosa quiere el puñal.

Es más que una estructura hecha de metales; los hombres lo pensaron y lo formaron para un fin muy preciso; es de algún modo eterno, el puñal que anoche mató a un hombre en Tacuarembó y los puñales que mataron a César. Quiere matar, quiere derramar brusca sangre.

En un cajón del escritorio, entre borradores y cartas, interminablemente sueña el puñal su sencillo sueño de tigre, y la mano se anima cuando lo rige porque el metal se anima, el metal que presiente en cada contacto al homicida para quien lo crearon los hombres.

A veces me da lástima. Tanta dureza, tanta fe, tanta impasible o inocente soberbia, y los años pasan, inútiles.

Jorge Luis Borges
No. 69, Abril – Junio 1975
Tomo XI – Año XI
Pág. 27

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El artista

Una tarde nació en su alma el deseo de modelar una imagen del “Placer que dura un instante” Y marchó por el mundo buscando bronce. Porque sólo en bronce podía ver sus obras.

Pero todo el bronce del mundo entero había desaparecido y en parte alguna podía encontrarse bronce, fuera del bronce de la estatua del “Dolor que se sufre toda la vida”.

Y él mismo, con sus propias manos, había fundido esta estatua y la había colocado sobre la tumba del único ser que amara en su vida. Sobre la tumba del ser muerto que había amado tanto, colocó esta estatua que era su creación, para que allí fuese como un signo del amor del hombre, que no muere, y un símbolo del dolor del hombre que sufre toda la vida; y en el mundo entero no había más bronce que el bronce que el bronce de esta estatua.

Y cogió la estatua que había creado y la colocó en un gran horno y la entregó al fuego.

Y del bronce de la estatua del “Dolor que se sufre toda la vida” modeló una estatua del “Placer que dura un instante”

Oscar Wilde
No. 69, Abril – Junio 1975
Tomo XI – Año XI
Pág. 266

Difuntos

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Dicen que son llamitas. Dicen que cuando hay luna y no hay estrellas y el cielo se pone color ceniza, no es raro ver llamas errantes. Se detienen en los pinos, en las ruinas de algunas casas, en los brocales de los pozos sin agua, en el fondo de las cañadas secas; dicen que son almas de difuntos, atados a la tierra por lazos malditos. Dicen que se arremolinan como los pelos de las mujeres cuando les da el viento; como si un viento implacable les agitara y que se extinguen en el aire cuando se les reza una oración y se saca el cuchillo y se le pone en cruz sobre la vaina.

Manuel Cofiño López
No. 69, Abril – Junio 1975
Tomo XI – Año XI
Pág. 261

Admonición

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Que los ruidos te perforen los dientes como una lima de dentistas; que te crezca en cada uno de los poros una pata de araña; que sólo puedas alimentarte de barajas usadas; que al salir a la calle hasta los postes te corran a patadas; que un fanatismo irresistible te obligue a posternarte a los botes de basura y que todos los habitantes de la ciudad te confundan con un meadero; que cuando quieras decir mi amor, digas pescado frito; que tus manos intenten estrangularte a cada rato, y que en vez de tirar el cigarrillo seas tú el que te arrojes en las escupideras; que tu familia se divierta en deformarte el esqueleto para que los espejos, al mirarte, se suiciden de repugnancia; que tu único entretenimiento consista en instalarte en la sala de espera de los dentistas, disfrazado de cocodrilo, y que te enamores tan locamente de una caja de hierro que no puedas dejar, ni un solo instante de lamerle la cerradura.

Oliverio Girondo (transcrito por Gustavo Sainz)
No. 69, Abril – Junio 1975
Tomo XI – Año XI
Pág. 257

El símbolo

Dios ordenó a su Arcángel Gabriel que subiera a la tierra y le llevara a su presencia un símbolo del adelanto del hombre. Gabriel le presentó en una charola de nubes, hermosa y resplandeciente, una botella de Coca-Cola.

Luis René Aubery
No. 39, Noviembre – Diciembre 1969
Tomo VII – Año V
Pág. 112