Inexperiencia

La jovencita, “arbeiterin” de reciente cuño, se integró en las filas de la burocracia oficinesca militar, de retaguardia. Un miedo cerval hacía que mirara anhelante por la ventana, al menor ruido que llegaba de la calle… En su pueblo había oído referir casos de personas inflamadas, o enterradas en vida en los refugios de las ciudades… Los compañeros de trabajo, se burlaban descaradamente de su pánico, y le aseguraban que ya se acostumbraría a la rutina de ir al refugio, sin sobresaltos…

—Dios mío. ¡está tan lejos —suspiraba la muchacha.

Un día, muy soleado por cierto, apenas sonaron las sirenas de alarma, ya se oía el ronquido amenazador de los aviones enemigos. La linda “arbeiterin” que iba a devolver un paraguas prestado, fue la primera en escurrirse escaleras abajo, y echar a correr por la calzada hacia el refugio. Alguien le gritó:

—¡Ya dejan caer las bombas, Erika!

Y ella, conturbada, en busca de protección… abrió, instintivamente el paraguas, mientras seguía corriendo…

Alberto Bernis Carné
No. 69, Abril – Junio 1975
Tomo XI – Año XI
Pág. 333

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La moneda

Trabajó veinte años. Su cuerpo languideció por la falta de alimentos. Su piel se resecó. Su piel se resecó con el tiempo. Sintió frío, hambre, pobreza espiritual y física. Vino el fin. Con convulsiones febriles derritió las monedas acumuladas en sacos. Hizo una moneda descomunal y estática.

Llenó un jarro con agua y se tragó la moneda como una aspirina.

Holmes Ocaña González
No. 69, Abril – Junio 1975
Tomo XI – Año XI
Pág. 327

Vía Vía

Las vías de tranvía abandonadas no mueren donde las cubre el asfalto, y hay quienes toman esas vías y las siguen bajo tierra hasta los territorios grises de la nostalgia de donde sólo se emerge convertido en murciélago. Los murciélagos que han empezado siendo seres humanos que siguieron las vías del tranvía ahora señalan su paso con un campanilleo muy particular y quienes lo oyen se ven obligados a su vez a honrar a los tranvías. No siempre el camino es el mismo. Los hay que honran  los tranvías volviéndose amarillos como con ictericia y hay otros a quienes les crece un troley y se electrizan de a ratos. Nadie se ha dado cuenta de este fenómeno salvo los interesados que se acaban de presentar ante la UTA solicitando la personería jurídica para fundar un nuevo gremio. La UTA se encuentra en un serio dilema: tranvías eran los de antes y no estos que andan con los cables pelados.

Luisa Valenzuela
No. 69, Abril – Junio 1975
Tomo XI – Año XI
Pág. 326

H. G. Wells

H. G. Wells

H. G. Wells

(Herbert George Wells)

(Bromley, 1866 – Londres, 1946)

Narrador y filósofo político de nacionalidad inglesa. Escritor moderno, de gran capacidad creadora y originalidad temática, H.G. Wells se encuentra en la línea de novelistas que exponen una visión realista de la vida y mantienen una enérgica creencia en la capacidad del hombre para servirse de la técnica como medio para mejorar las condiciones de vida de la humanidad.

Un accidente infantil por el que se rompió la tibia y su larga convalecencia lo obligaron a permanecer durante meses en reposo. Con ocho años de edad, esta impuesta quietud propició el descubrimiento de la lectura y en particular, guiado por su padre, de autores como C. Dickens o W. Irving. En su juventud, Wells estudió biología en la Normal School of Science de Londres, y alejado del humanismo clásico, se situó en una posición más cercana a las ciencias, que le proporcionó buena parte de la energía creadora que nutrió su trayectoria como novelista.

Su producción podría dividirse en tres etapas: la de novela científica, la familiar y la sociológica. La novela científica comenzó con el fin de la Segunda Guerra Mundial y se convirtió pronto en un género popular, y las escritas por Wells son obras maestras del género gracias a su interés científico, así como a sus sólidas estructuras estilísticas y a su prodigio imaginativo. Basta como ejemplo la primera de ellas, La máquina del tiempo (1895), en la que el inventor de la máquina puede viajar hacia el pasado o el futuro con un sencillo movimiento de palanca.

El protagonista viaja al año 802701 y contempla un panorama patético, consecuencia de la doctrina evolucionista, en un mundo habitado por dos especies humanoides: los eloi, vegetarianos ociosos, apacibles y simpáticos, desprovistos de inteligencia, y los desalmados y terribles morlocks, habitantes del subsuelo y herederos de las clases sojuzgadas, que de vez en cuando suben a la superficie para devorar a los eloi.

A ésta le siguieron La visita maravillosa (1895) y El hombre invisible (1897). Muchos de los inventos y procedimientos científicos que marcaron el siglo XX fueron imaginados por Wells a finales del XIX, tales como la bomba atómica, y aparecen en novelas como La isla del Dr Moreau (1896), El primer hombre en la luna (1901), Manjar de dioses (1904) o La guerra en el aire (1908).

Kipps (1908) fue su primera novela familiar, a la que le siguió Tono-Bungay (1909), una notable sátira sobre la sociedad inglesa de finales del siglo XIX y la aparición de los nuevos ricos”. A ésta le siguieron Ann Verónica (1909), The History of Mr. Polly (1910) y Matrimonio (1912). La novela sociológica o didáctica de Wells es la que comprende más títulos, de los que se destacan El nuevo Maquiavelo (1911) y El mundo liberado (1914), en la que describe una guerra europea realizada con bombas atómicas y radioactividad.

El autor publicó más de ochenta títulos en los que siguió la tradición de J. Bunyan y D. Defoe al margen de la influencia que los autores franceses y rusos ejercían sobre novelistas contemporáneos suyos como H. James, G. Moore y J. Conrad[1].

Deberes

69 top
Desciende el gato de otro gato, y de un perro el perro; pero un buen mayordomo o una buena camarera no es frecuente que se reproduzcan, perpetuando la raza. Otros deberes solicitan su atención.

H. G. Wells (en “Arthur Bealby”)
No. 69, Abril – Junio 1975
Tomo XI – Año XI
Pág. 324

Cacería

Permanece estirado, boca arriba, sobre la estrecha cama de hierro. Con los ojos apenas entreabiertos busca en las extrañas líneas del techo el comienzo de un camino que lo aleje de su perseguidor. Durante noches enteras ha soportado la tenaz persecución atravesando praderas de hierbas venenosas, vadeando ríos de vidrio molido, cruzando puentes frágiles como galletas. Cuando el perseguido está a punto de alcanzarlo, cuando lo siente tan cerca que su aliento le quema la espalda, se revuelca en la cama como un gallo negro que recibe un espuelazo en pleno corazón. Entonces el perseguidor se detiene y descansa arrecostado a un árbol esperando que la víctima cierre los ojos para reanudar la cacería.

Ednodio Quintero
No. 69, Abril – Junio 1975
Tomo XI – Año XI
Pág. 321