Del Oeste

En la sobriedad de la oficina del sheriff, me entretenía jugando con mi pesado Colt 44. Siempre fui un magnífico tirador, pero jamás había disparado contra un ser humano. Sin embargo, ese día sentí indecibles deseos de hacerlo, disparar contra alguien, por lo cual sin pensarlo más levanté el arma, ya amartillada y apunté muy cuidadosamente, saboreando diabólicamente, segundo a segundo, aquel momento. El viejo sheriff me miró sin sorpresa, como si ya esperara aquello. Sus ojos azules me dieron una última mirada entre serena y comprensiva y, con voz dulcísima, me dijo: “Dispara ya muchacho”, y yo, acto seguido me volé la tapa de los sesos.

Ricardo Fuentes Zapata
No. 69, Abril – Junio 1975
Tomo XI – Año XI
Pág. 342

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