Gerald Willoughby Meade

Gerald Willoughby-Meade

Gerald Willoughby-Meade

(25 septiembre 1875 a 24 junio 1958)

Fue un autor británico que escribió sobre el tema de lo sobrenatural en el folclore chino .

Él era un miembro de la Royal Asiatic Society y miembro del consejo de la Sociedad de China en Londres y amigo de Lionel Giles a quien dedicó su libro Ghouls and Goblins chinos .

Entre sus publicaciones destacan:

El grotesco en el arte chino (1918, Londres )

Ghost y Vampire Tales of china (1925, Londres )

Ghouls and Goblins chinos (1928, Londres )

Willoughby-Meade aprendió a leer y escribir en chino en la Escuela de Estudios Orientales (como un hobby a tiempo parcial). Aprendió también de amigos chinos que conoció y supo de la Sociedad China

A pesar de su interés en los estudios asiáticos, nunca visitó China o Japón. Toda su información se obtuvo a partir de la lectura de estudio, sobre todo a partir de las bibliotecas de la Escuela de Estudios Orientales, British Museum y el Victoria and Albert Museum .

Durante la Primera Guerra Mundial era (debido a la edad) como Reserva de Rifles del Artista; presentación de informes para los campamentos de fin de semana en Essex, manteniendo uniforme y un rifle en casa.

Profesionalmente era un actuario, que trabaja en la ciudad de Londres por un grupo de seguros importante en la parte estadística de los seguros de vida[1].

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Los ciervos celestiales

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El Tzu Puh Yu refiere que en profundidad de las minas viven los ciervos celestiales. Estos animales fantásticos quieren salir a la superficie y para ello buscan vetas de metales preciosos; cuando el ardid fracasa, los ciervos hostigan a los mineros y estos acaban por reducirlos, emparedándolos en las galerías y fijándolos con arcilla. A veces los ciervos son más y entonces torturan a los mineros y les acarrean la muerte.
Los ciervos que logran emerger a la luz del día se convierten en un líquido, que difunde la pestilencia.

G. Willoughby Meade
No. 18, Noviembre 1966
Tomo III – Año III
Pág. 540

Mujeres

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Siempre me descubro reverente la paso de las mujeres elefantas, maternales, castísimas, perfectas.

Sé del sortilegio de las mujeres reptiles —los labios fríos, los ojos zarcos— que nos miran sin curiosidad ni comprensión desde otra especie zoológica.

Convulso, no recuerdo si de espanto o de atracción, he conocido un raro ejemplar de mujeres tarántulas. Por misteriosa adivinación de su verdadera naturaleza vestía siempre de terciopelo negro. Tenía las pestañas largas y pesadas, y sus ojillos de bestezuela cándida me miraban con simpatía casi humana.

Las mujeres asnas son la perdición de los hombres superiores. Y los cenobitas secretamente piden que el diablo no revista tan terrible apariencia en la hora mortecina de las tentaciones.

Y tú, a quien las acompasadas dichas del matrimonio han metamorfoseado en lucia vaca que rumia deberes y faenas, y que miras con tus grandes ojos el amanerado paisaje donde paces, cesa de mugir amenazadora al incauto que se acerca a tu vida, no como el tábano de la fábula antigua, sino llevado por veleidades de naturalista curioso.

Julio Torri
No. 18, Noviembre 1966
Tomo III – Año III
Pág. 538

No es lo mismo

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Leído en Raymond, del anglosajón Sir Lodge: “Algunos difuntos, poco repuestos de las costumbres de la tierra, solicitan, al ingresar en el cielo, whiskey escocés y cigarros de hoja. Listos a toda eventualidad, los laboratorios del cielo afrontan el pedido. Los bienaventurados degustan esos productos y no vuelven a pedir más.

Jules Dubose
No. 18, Noviembre 1966
Tomo III – Año III
Pág. 536

Ángel Ma. Garibay Kintana

Ángel María Garibay Kintana

Ángel María Garibay Kintana

(Toluca, Estado de México, 18 de junio de 1892 – Ciudad de México, 19 de octubre de 1967) 

Sacerdote católico, filólogo e historiador mexicano, se distinguió especialmente por sus trabajos relativos a las culturas prehispánicas. Es considerado uno de los más notables eruditos sobre la lengua y la literatura náhuatl, y fue maestro de algunos de los más destacados investigadores mexicanos en ese campo.

Como la planta que quedó bajo las moles de un edificio que se derrumba y, tras calvarios de lucha, logra encumbrar entre los escombros sus ramas, así la mente de los indios vencidos sintió la herida en lo más hondo, pero no quedó muerta: tomó lo que pudo y quiso de los invasores y siguió desenvolviendo su propia vida. ¡No en vano El, que vigila sobre los destinos de los pueblos, ha querido que sea siempre una luz encendida en el tiempo cada mente colectiva que se formó en la Historia!

Huérfano a los cinco años, fue criado por una de sus hermanas en el pueblo de Santa Fe, cercano a la capital mexicana. En la escuela de esa localidad completó sus estudios elementales, y en 1906 ingresó al Seminario Conciliar de México para comenzar su carrera eclesiástica. Su interés por las culturas antiguas de su país se inició en esos tiempos; aprendió el náhuatl, y comenzó a estudiar documentos del México antiguo. Al mismo tiempo, estudió latín, griego y hebreo, y llegó a dominar también el inglés, el francés y el alemán.

Se ordenó sacerdote en 1917. Su asignación a la parroquia de Xilotepec (Estado de México) le sirvió para aprender otomí. Pero su interés en los pueblos originarios de México no era simplemente el del historiador: colaboró con los indígenas en la organización de pequeñas industrias, y tras mucho insistir ante las autoridades gubernamentales logró que se introdujeran en la región servicios públicos de salud, educación y asistencia técnica agrícola.

Su carrera eclesiástica se combinó con su trabajo de investigador y su vocación por mejorar las condiciones de vida de las comunidades indígenas. Permaneció en Xilotépec hasta 1919, para regresar al Seminario donde en 1924 fue profesor de Humanidades y Retórica. Vuelto al sacerdocio, fue sucesivamente párroco de otras localidades de la región central mexicana: San Martín de las Pirámides, Huixquilucan, Tenancingo y, finalmente, Otumba.

En 1941 fue nombrado Canónigo Lectoral en la Basílica de Guadalupe. Había publicado ya algunos de sus trabajos, pero es a partir de la década de 1940 cuando comienza la producción de sus obras más significativas.1

Vida académica 

En febrero de 1952 es elegido miembro honorario de la Academia Mexicana de la Lengua, el 23 de abril de 1954 fue promovido como miembro numerario ocupando la silla XXIX y desempeñándose como censor de 1955 a 1956.2 Ese mismo año, en ocasión del 400° aniversario de la fundación de la Universidad Nacional Autónoma de México, se le otorga el nombramiento de doctor Honoris Causa. Poco tiempo después fue nombrado Profesor Extraordinario de la Facultad de Filosofía y Letras de esa Universidad y en 1956 ingresó al Instituto de Investigaciones Históricas; al mismo tiempo que se convertía en director del Seminario de Cultura Náhuatl.

Fue también miembro de número de la Academia Mexicana de la Historia, ocupó el sillón 4, de 1962 a 1967.3 En 1962 el Senado de la República le otorgó la Medalla Belisario Domínguez en mérito a su trabajo en el rescate del pasado histórico mexicano. En 1965 recibió el Premio Nacional de Literatura y Lingüística de México.4 Su obra es extensísima, incluyendo alrededor de cuarenta libros publicados y centenas de artículos científicos y de divulgación. De especial relevancia son sus aportes sobre los aspectos literarios e históricos de los antiguos nahuas, y sus estudios sobre fray Bernardino de Sahagún. Entre sus discípulos más destacados se encuentra el antropólogo e historiador Miguel León-Portilla.

Muchos de sus contemporáneos, al mismo tiempo que destacan su extraordinaria dedicación al trabajo y su amplitud de criterios, recuerdan también su mal carácter y su curiosa afición por el mate rioplatense[1].

Caída del cielo

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50. En el año postrero en que fue sol Chalchiuhtlicue, como está dicho, llovió tanta agua y en tanta abundancia, que se cayeron los cielos, y las aguas se llevaron a todos los macehuales que iban, y de ellos se hicieron todos los géneros de pescados que hay. Y así cesaron de haber macehuales, y el cielo cesó, porque cayó sobre la tierra.

51. Vista por los cuatro dioses la caída del cielo sobre la tierra, la cual fue el año primero de los cuatro, después que cesó el sol, y llovió mucho —el cual año era tochtli—, ordenaron todos los cuatro de hacer por el centro de la tierra cuatro caminos, para entrar por ellos y alzar el cielo.

52. Y para que los ayudasen, criaron cuatro hombres: al uno dijeron Cuatemoc, y al otro Itzcóatl, y al otro, Itzmali (t. v. Izcalli), y al otro Tenexuchitl.

53. Y criados estos cuatro hombres , los dos dioses, Tezcatlipuca y Quetzalcóatl, se hicieron árboles grandes. Tezcatlipuca, en un árbol que dicen tezcahuahuitl , que quiere decir “árbol de espejos”, y el Quetzalcóatl en un árbol que dicen quetzalhuexotl. Y con los hombres y con los árboles y dioses alzaron el cielo con las estrellas como agora está.

54. Y por lo saber ansí alzado, Tonacatecutli, su padre, los hizo señores del cielo y las estrellas.

55. Y porque, alzado el cielo, iban por él Tezcatlipuca y Quetzalcóatl, hicieron el camino que parece en el cielo, en el cual se encontraron y están, después acá, en él y con su asiento en él.

 

Ángel Ma. Garibay K. en Teogonía e Historia de los Mexicanos
No. 18, Noviembre 1966
Tomo III – Año III
Pág. 534