El retrato

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Con el fin de tomar una posición natural ,me siento en la forma que acostumbro, alargo la pierna derecha, dejo la izquierda doblada, extiendo una mano y cierro la otra sobre mis muslos, me mantengo derecho y de medio perfil, fijo la vista en un punto y sonrío.

—¿Por qué sonríe usted? dice el fotógrafo.

—¿Es que sonrío demasiado pronto?

—¿Quién le ha pedido a usted que sonría?

—Le ahorro a usted pedírmelo. Sé las costumbres. No es la primera vez que me retrato. No soy ya un niño a quien se dice: “Mira el pajarito”. Sonrío solo, anticipadamente, y puedo sonreír así durante mucho tiempo. No me fatiga.

—Señor mío, dice el fotógrafo, lo que usted desea ¿es un verdadero retrato o una imagen impersonal y vaga de la cual los aduladores no podrán más que decir cortésmente “Sí, hay algo”?

—Quiero una fotografía, dije, en la que haya de todo, que sea parecida, viva, expresiva, que esté casi hablando, gritando, saliéndose del marco, etcétera, etc.

—Quienquiera que sea usted, me dijo entonces el fotógrafo, cese de sonreír. El más feliz de los hombres prefiere hacer una mueca. Hace muecas cuando sufre, cuando se aburre, y cuando trabaja. Hace muecas de amor, de odio y de alegría. Sin duda usted sonríe a veces a los extraños y otras al espejo cuando está usted seguro que nadie le ve. Pero sus parientes y sus amigos no conocen de usted más que un rostro malhumorado y si tiene usted interés en ofrecerles un retrato que yo pueda garantizar, créame usted, haga usted una mueca.

 

Jules Renard
No. 18, Noviembre 1966
Tomo III – Año III
Pág. 556

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La conclusión

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Cierto día Chuang Tzu y Hui Tzu paseaban por el puente del río Hao. Chuang Tzu dijo: “Mira cómo saltan los pececillos aquí y allá, donde quieren. ¡Esto es lo que más agrada a los peces!” Hui Tzu dijo: “¿Acaso eres un pez? ¿Cómo sabes qué agrada a un pez?” Chuang Tzu dijo: “Tú tampoco eres yo mismo. ¿Cómo sabes que yo no sé qué agrada a los peces?” Hui Tzu dijo: “Puesto que yo no soy tu y por tanto no puedo saber si tú lo sabes, también tú, puesto que no eres pez, no puedes saber qué agrada a los peces. Mi argumento aún conserva toda su validez”. Chuang Tzu dijo: “Volvamos al punto de partida. Me preguntaste cómo sabía qué agradaba a los peces. Pero cuando me lo preguntaste, tú ya sabías que yo lo sabía. Tú sabías que yo lo sabía por el hecho de estar aquí, en el puente Hao. Todo conocimiento pertenece a este tipo. No puede explicarse con ayuda de ninguna argumentación”.

Roop Kattnak
No. 18, Noviembre 1966
Tomo III – Año III
Pág. 554

Cuento

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Se cuenta de Voltaire que una noche se alojó, con algunos compañeros de viaje, en una posada del camino. Después de cenar, empezaron a contar historias de ladrones. Cuando le llegó el turno a Voltaire, dijo:

—Hubo una vez un Recaudador General de Impuestos —y se calló.

Como los demás lo alentaran a proseguir, añadió:

—Ese es el cuento.

Ambrose Bierce
No. 18, Noviembre 1966
Tomo III – Año III
Pág. 549

El veredicto

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La mujer del fotógrafo era joven y muy bonita. Yo había ido en busca de mis fotos de pasaporte, pero ella no me lo quería creer.

—No, usted es el cobrador del alquiler, ¿verdad?

—No, señora, soy un cliente. Llame usted a su esposo y se convencerá.

—Mi esposo no está aquí. Estoy enteramente sola por toda la tarde. Usted viene por el alquiler, ¿verdad?

Su pregunta se volvía un poco angustiosa. Comprendí y comprendí su angustia: una vez dispuesta al sacrificio, prefería que todo sucediera con una persona presentable y afable.

—¿Verdad que usted es el cobrador?

—Sí —le dije resuelto a todo—, pero hablaremos hoy de otra cosa.

Me pareció lo más piadoso. Con todo, no quise dejarla engañada, y al despedirme, le dije:

—Mira, yo no soy el cobrador. Pero aquí está el precio de la renta, para que no tengas que sufrir en manos de la casualidad.

Se lo conté después a un amigo que me juzgó muy mal:

—¡Qué fraude! Vas a condenarte por eso.

Pero el Diablo, que nos oía, dijo:

—No, se salvará.

 

Alfonso Reyes, en BRIZNAS
No. 18, Noviembre 1966
Tomo III – Año III
Pág. 546