Coincidencia

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“Un hombre, cierta vez —dijo Rex, doblando la esquina con Margot—, perdió una mancuernilla de diamantes en el ancho mar azul, y veinte años después, exactamente en la misma fecha, un viernes según parece, comió un pescado grande… pero no encontró la mancuernilla. Eso es lo que me gusta de las coincidencias”.

Vladimir Nabokov
No. 80, Abril-Septiembre 1978
Tomo XII – Año XIII
Pág. 762

Vladimir Nabokov
No. 81, Mayo – Junio 1980
Tomo XIII – Año XVI
Pág. 55

Pequeña travesura

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Una vez, para ser más precisos el 17 de junio de 4784, el capitán Koyle Clark entró en una casilla de telepantalla pública para llamar a su novia, la agente secreta Lucy Rall. Le informaron que no podía hablar con ella, porque se había casado la semana anterior. “¿Con quién?”, preguntó el exasperado capitán. “Conmigo”, contestó el hombre con el cual estaba hablando. Al mirar con más atención la telepantalla, el capitán descubrió, con ligera sorpresa, que el hombre con quien estaba hablando era él mismo.

Este asombroso misterio fue resuelto por Mr. Robert Headrock, el primer hombre inmortal de la tierra. Utilizando su supercerebro calculador electrónico, Headrock descubrió que el capitán Clark había hecho un viaje en una máquina del tiempo; que en una curva del pasado se había casado con Lucy Rall sin que su yo actual, ajeno a ese curva, lo supiera. Por medio de esta pequeña travesura se convirtió también en el hombre de la bolsa de Comercio. Cuando se llegó al punto del tiempo en que Clark había tomado la curva de la máquina de tiempo, el Clark del pasado y el del presente se volvieron de nuevo uno solo y vivieron felices para siempre. Entretanto, Robert Headrock, el hombre inmortal, envió a un periodista llamado MacAllister varios trillones de años atrás, y le hizo producir una explosión cósmica, que dio origen a nuestro sistema planetario, tal como lo conocemos.

A. E. van Voght en “Las armerías de Isher” Citado por Arthur Koestler
No. 81, Mayo – Junio 1980
Tomo XIII – Año XVI
Pág. 53

Llorar

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Llorar a lágrima viva. Llorar a chorros. Llorar la digestión. Llorar el sueño. Llorar ante las puertas y los puertos. Llorar de amabilidad y de amarillo.

Abrir las canillas, las compuertas del llanto. Empaparnos el alma, la camiseta. Inundar las veredas y los paseos, y salvarnos, a nado, de nuestro llanto.

Asistir a los cursos de antropología, llorando. Festejar los cumpleaños familiares, llorando. Atravesar el África, llorando.

Llorar como un cacuy, como un cocodrilo… si es verdad que los cacuies y los cocodrilos no dejan nunca de llorar.

Llorarlo todo, pero llorarlo bien. Llorarlo con la nariz, con las rodillas. Llorarlo por el ombligo, por la boca.

Llorar de amor, de hastío, de alegría. Llorar de frac, de flato, de flacura. Llorar improvisando, de memoria. ¡Llorar todo el insomnio y todo el día!

 

Oliverio Girondo
No. 81, Mayo – Junio 1980
Tomo XIII – Año XVI
Pág. 48

Eduardo Monteverde

Eduardo Monteverde

Eduardo Monteverde

Eduardo Monteverde nació en la ciudad de México, el 28 de enero de 1948. Estudió la carrera de Medicina en la UNAM, donde ahora es profesor de Historia y Filosofía de la Medicina. Se especializó como patólogo en el Instituto Nacional de Ciencias Médicas y Nutrición Salvador Zubirán, es egresado del Centro de Capacitación Cinematográfica. Periodista de nota policiaca, documentalista con premios en Parma, Mauriac y La Coruña. Ha escrito De amores, de monstruos, de satinos; Los fantasmas de la mente: ensayo sobre creatividad y locura; Lo peor del horror, compendio de reportajes policiacos (premio Rodolfo Walsh 2005), las novelas El naufragio del Cancerbero; Las neblinas de Almagro (traducida al francés), finalistas de los premios Hammett y Silverio Cañada, en la Semana Negra de Gijón. Su última novela Carroña’s Hotel recibió un premio especial en la Semana Negra de 2010. Es colaborador de El Financiero con la columna de divulgación de la ciencia La morgue de uranio[1].

Desilusión

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El reflector horada el escenario, aparece el ilusionista y ágiles, dos ayudantes colocan al centro la caja de madera mientras un rayo de luz amarillento incide el rostro de la joven bella. El ilusionista hace una caravana impecable y esgrime el serrucho con prestancia. El público aplaude. Silencio. El escenario se ilumina por completo, el ilusionista aserra inexorable, la joven cierra los ojos, aprieta las mandíbulas para aflojar después poco a poco, escurren unas gotas por el filo del serrucho, la sangre sobre el foro. El ilusionista separa con suavidad la caja aserrada y presenta al público los lados del corte, limpia los coágulos con un lienzo blanco, de seda y aparecen dos bloques de vísceras nacaradas con un fondo de pulcritud rojiza arañado, fuente minúscula, por una arteria que lanza chisguetes intermitentes.

Acude un médico, dictamina la muerte y estallan los aplausos mientras el ilusionista, luego de hacer una caravana impecable, desaparece tras bambalinas, y continúan los aplausos y cae el telón.

Eduardo Monteverde
No. 81, Mayo – Junio 1980
Tomo XIII – Año XVI
Pág. 44

Papalotes

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Desayunamos en el jardín como todos los domingos; Mamá, Papi, Martín y yo. La mañana está fresca, hacemos planes, reímos. A Martín se le ocurre que saquemos los papalotes japoneses: son unos pájaros amarillos, cuerpo de plástico, alas de celofán con plumas dibujadas. Se ven como un juguete más; pero la fascinación comienza al girar el mecanismo de la cola cuarenta veces para luego soltarnos a volar.

Subimos a la terraza del segundo piso. Desde ahí los aventamos. El mío gira como una golondrina, el de Martín lo sigue en pareja. Parece que van a chocar con la jacaranda. Gritamos, salvan el obstáculo hasta que aterrizan en el pasto. Ahora, me toca ir por ellos, subirlos a la terraza. La siguiente, le toca a Martín. Ya me cansé, es la quinta vez que bajo. “Que vueles para siempre”, digo al soltarlo. El pájaro de Martín flota en la alberca; yo espero que el mío aterrice. Creo que lo va a lograr pero no, ¡se levanta de nuevo! “Mami, Papá, miren cómo le dura la cuerda”, grito. Doy vueltas, mi falda vuela con el viento. Mi pájaro no cae. Todos esperamos… Sigue, sigue, no se detiene. Del azoro pasamos al cansancio. Es hora del almuerzo.

La casa ya se acostumbró al eterno vuelo. Yo no soporto más el ruido de aleteo. No puedo dormir, me despierta al pasar por mi ventana. Lloro, me angustio, dejo de comer; sólo me preocupa el detenerlo. Mi pájaro vuela sin parar. Le grito desde el balcón de mi cuarto. No me entiende. Pasa cerca de mí, trato de agarrarlo. Quiere escapar; pero mis manos lo atrapan. Se defiende con fuerza, me jala… Pasamos junto a la jacaranda, giramos; ahora nos acercamos al pasto con mucha rapidez. Mi pájaro ya no aletea. Mi último recuerdo es el extraño sabor del pasto y la sangre.

Cristina Alcayaga
No. 81, Mayo – Junio 1980
Tomo XIII – Año XVI
Pág. 39