Las ciudades y la memoria

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Al hombre que cabalga largamente por tierras selváticas le acomete el deseo de una ciudad. Finalmente llega a Isidora, ciudad donde los palacios tienen escaleras de caracol incrustadas de caracoles marinos, donde se fabrican según las reglas del arte largavistas y violines, donde cuando el forastero está indeciso entre dos mujeres encuentra siempre una tercera, donde las riñas de gallos degeneran en peleas sangrientas entre los apostadores. Pensaba en todas estas cosas cuando deseaba una ciudad. Isidora es, pues, la ciudad de sus sueños; con una diferencia. La ciudad soñada lo contenía joven; a Isidora llega a avanzada edad. En la plaza está la pequeña pared de los viejos que miran pasar la juventud; el hombre está sentado en fila con ellos. Los deseos son ya recuerdos.

Italo Calvino
No. 81, Mayo – Junio 1980
Tomo XIII – Año XVI
Pág. 73

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Testamento

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En la Isla de Krios, próxima al rincón negro del Egeo, habita un monstruo tan amargo, que no pudo ser narrado en la mitología.
Ahí pierden el azul las aguas circundantes mientras en olas mortecinas se acercan a las playas, oscilaciones de arena interrumpidas por el capricho de farallones que perdieron su huella convertida hoy en lagunas.
De cuando en cuando alguna ráfaga de viento es tragada a su paso en una bocanada inmensa para no regresar nunca y se confunde, se enreda en los vapores, en el amizcle del monstruo, sopor y niebla que atrae viajeros para asfixiarlos en la hoquedad que los llevó a la aventura, en las estrellas que dejan su testimonio en halos de negrura, en el silencio empolvado de la vorágine del sueño.
El nombre del monstruo es El Bostezo.

Eduardo Monteverde
No. 81, Mayo – Junio 1980
Tomo XIII – Año XVI
Pág. 72

Espejo

Frecuento el espejo de la casa por las tardes. La mujer que allí encuentro es mi única amistad desde que Felipe, mi marido, me prohibió salir a la calle o platicar con los vecinos por la ventana —¡esos celos suyos!—. Me preparo para la cita como para una cita amorosa. Me lavo, me peino, me maquillo —a tientas, porque no me atrevería a acercarme al espejo con la facha que llevo mientras hago el trabajo doméstico—, y me pongo un vestido recién planchado. Ella es muda —pobrecilla— y tal vez tonta —lo adivino en sus reacciones crédulas cuando le miento, contándole las emociones del día—. A las siete llega Felipe y nos interrumpe. Él también es algo tonto porque cree que me he arreglado para complacerlo. Dice que siempre soñó tener una mujer que vive como yo, sólo para darle gusto. Preparo la cena de mal humor. Antes de desvestirme voy a espejo a darle a ella su beso de buenas noches. La pobre está siempre ahí esperándome, con su cara de desamparo. Por lo menos yo la tengo a ella; si la encierro en el espejo es para protegerla de hombres como Felipe. ¡Sabré yo que egoístas pueden ser algunas personas!

Sabina Berman
No. 81, Mayo – Junio 1980
Tomo XIII – Año XVI
Pág. 69

Herebeus: descubridor de América

Herebeus llegó a las costas de la nueva tierra, a los cuarenta meses de su partida en playas mediterráneas. Con la mirada alucinante, vieja, y el corazón martilleante del descubridor anónimo. Tal parecía que había transcurrido toda una vida en la destartalada embarcación, con la quilla transformada en un herbario de algas y medusas, denotando un abandono siniestro. Al décimo mes de viaje ya había consumido las dos terceras partes de los comestibles, y tuvo que dedicarse a la pesca, que por esos mares resultaba entretenimiento gratuito.

Arnaub, el compañero de viaje, menos ducho en el arte de no comer, tuvo la ocurrencia de morirse una mañana. Herebeus, sin embargo, fiel a su labor, escudriñaba el horizonte con la esperanza de detectar esa tierra ambicionada en sus orgías oníricas. Así estuvo por espacio de varios días hasta que la peste del cuerpo putrefacto fue imposible. Se lo comió lentamente, gustando el sabor salobre, sin dejar de mirar hacia el occidente.

Herebeus pisó la arena dorada y cálida con un deleite inusitado y se desplomó. Soñó y soñó, con ese sueño de náufrago fatigado. Se soñó rey de un imperio soñado; Dios de un pueblo sabio y versado en las artes del tiempo y los astros; una civilización floreciente y feliz, con esa sonrisa primordial de las civilizaciones neolíticas. Herebeus, con sus largas barbas blancas y su corto destino a flor de piel, se dejó conducir por las cimas luminosas del poder. Así soñó Herebeus que soñaba.

Y así lo encontraron los nativos, tendido en la playa, como niño travieso agotado después de sus correrías, que durmiese en los tibios brazos de la madre. Y se lo comieron, lentamente, gustando del sabor salobre.

Guillermo González
No. 81, Mayo – Junio 1980
Tomo XIII – Año XVI
Pág. 65

El valle de las lunas enterradas

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Seguí caminando en la obscuridad, golpeándome los pies descalzos entre áridas rocas, hasta que divisé un monte perfilado tras un resplandor de plata. Traspuse el monte y el resplandor creció. Llegué a un valle negro, entre cuyos montículos sobresalían inmensos cuernos plateados, como puntas de guadañas enterradas. Era el valle donde caían las lunas después de su carrera por los cielos. La violencia de su caída las sepultaba y de allí que a través de la negrura de borra de café del suelo, trasudara un resplandor helado, y, aquí y allá, asomara una hoz curvada como un ala de golondrina. Por su resplandor fui reconociendo todas las lunas que habían encandilado mis ojos. La menguada de mi nacimiento y la luna de sangre de mis desgracias, y la luna de hielo de la indiferencia. Reconocí lunas inmensas cuya gravitación había estado a punto de elevarme, y lunas mansas de esas que aparecen en las tardes del mar, como la vela de un navío. Y lunas malignas como aguijones y lunas olvidadas como cortaduras de uñas. El fulgor de aquellas lunas era inagotable y hacía pesar un silencio que casi me derribaba. Las amargas lunas del insomnio y las lunas cristalinas del pesar. Quise gritarles y me paralizó la lengua el peso de plomo de la inutilidad de las griterías contra la luna. La última de ellas estaba en el cielo, y descendía hacia el valle como una lenta cimitarra. Recordé lunas de melancolía y lunas de delirio y lunas pardas y lunas azules y lunas doradas. El fulgor de las lunas semienterradas se duplicaba al reflejar el fulgor de la que caía. Eché a correr, entre un bosque de plateados filos. Sentí el terremoto de la caída de la última luna y el alarido de la plata lunar que vibraba por el impacto con la tierra. Durante varias noches, soñé con espejos.

Luis Britto García
No. 81, Mayo – Junio 1980
Tomo XIII – Año XVI
Pág. 61

Las ciudades y el deseo

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De la ciudad de Dorotea se puede hablar de dos maneras: decir que cuatro torres de aluminio se elevan desde sus murallas flanqueando siete puertas del puente levadizo de resorte que franquea el foso cuya agua alimenta cuatro verdes canales que atraviesan la ciudad y la dividen en nueve barrios, cada uno de trescientas casas y setecientas chimeneas; y teniendo en cuenta que las muchachas casaderas de cada barrio se enmaridan con jóvenes de otros barrios y sus familias se intercambian las mercancías de las que cada una tiene la exclusividad: bergamotas, huevas de esturión, astrolabios, amatistas, hacer cálculos a base de estos datos hasta saber todo lo que se quiera de la ciudad en el pasado el presente, el futuro; o bien decir como el camellero que me condujo allá: “Llegué en la primera juventud, una mañana, mucha gente caminaba rápida por las calles hacia el mercado, las mujeres tenían hermosos dientes y miraban derecho a los ojos, tres soldados sobre una tarima tocaban el clarín, todo alrededor giraban ruedas y ondulaban papeles coloreados. Hasta entonces yo sólo había conocido el desierto y las rutas de las caravanas. Aquella mañana en Dorotea sentí que no había bien que no pudiera esperar de la vida. En los años siguientes mis ojos volvieron a contemplar las extensiones del desierto y las rutas de las caravanas; pero ahora sé que éste es sólo uno de los tantos caminos que se me abrían aquella mañana en Dorotea”.

Italo Calvino
No. 81, Mayo – Junio 1980
Tomo XIII – Año XVI
Pág. 60