Penumbras

La semiobscuridad de una sala de cine. Momentos antes de finalizar la película de aventuras, el ocupante de un asiento se incorpora y vuelve a la fila de atrás un rostro barbado, el brillo de unos lentes, una porción de cabello negro y una mano que arroja en la falda de Clara una tarjeta; después se aleja apresuradamente. Al regresar la luz, Clara se entera de lo escrito en la tarjeta: “Eres muy atractiva, conocerte será amarte; llámame cualquier tarde, de cuatro a siete”. El nombre de Luis y un número de teléfono.

Cada sombra, cada zaguán remetido y a oscuras le producen a Clara leves sobresaltos en el camino a su casa; de vez en cuanto sonríe; piensa que no podrá atreverse a llamarlo, siente un ligero pesar. Termina el recorrido sin incidentes. Entra a la casa, su mamá está preparando la cena. De pronto suena el timbre de la puerta. Atareada, la mamá ve el reloj y exclama: “Las ocho en punto; ve a abrir, Clara… Por cierto que se me olvidó decirte que…”.

En la penumbra de la entrada: un rostro barbado, el brillo de unos lentes, una porción de cabello negro y una voz: “Soy Andrés, el nuevo huésped”.

Ella saca la cara a la luz de la calle. “número equivocado”, dice y en forma terminante cierra la puerta.

“¿Quién era, Clara?”. “Un hombre llamado Luis”. “¿Cómo dijiste?”. “ya se fue, mamá buscaba otra casa”.

Patricia Gómez Palacio
No. 81, Mayo – Junio 1980
Tomo XIII – Año XVI
Pág. 87

El amor y la muerte

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Una noche paseaba las calles con mi amada cuando, al pasar ante una casa de lúgubre aspecto, abrióse repentinamente la puerta y un Amorcillo dio un paso fuera de las sombras. Mas no era un amorcillo común —frágil, delicado y artístico—, sino un hombrazo pesado y fornido, con todo el cuerpo cubierto de pelos, que más parecía un guerrero bárbaro apuntándome con un rústico arco. Me disparó una flecha que me alcanzó en el pecho. Retiró después la pierna y cerró tras de sí la puerta de aquella casa semejante a un castillo hosco y sombrío. Yo caí, pero mi amada continuó su paseo. Pienso que no advirtió mi caída, pues, de lo contrario, se hubiera detenido, se hubiera inclinado sobre mi cuerpo y habría tratado de socorrerme. Más como siguió, sin detenerse, comprendí que no se había dado cuenta de mi caída. Mi sangre corrió tras ella, durante un rato, como un arroyuelo, hasta que se detuvo cuando ya no pudo alcanzarla.

Paar Lagerkvist
No. 66, Agosto-Septiembre 1974
Tomo X – Año X
Pág. 753

Pär Legerkvist
No. 81, Mayo – Junio 1980
Tomo XIII – Año XVI
Pág. 85

Proposiciones para un cuento de terror

La mujer de luto recibe las sentidas condolencias, dejando que las lágrimas le descompongan el sobrio maquillaje de circunstancias, y permanece en su silla hasta que todos abandonan la sala, dejándola vacía. Entonces se levanta, seca sus lágrimas, se pinta con cuidado los labios y antes de irse se inclina sobre el féretro por última vez. Una mano le acaricia la nuca, en un gesto comprensivo.

Juan Armando Epple
No. 80, Abril-Septiembre 1978
Tomo XII – Año XIII
Pág. 763

Juan Armando Epple
No. 81, Mayo – Junio 1980
Tomo XIII – Año XVI
Pág. 82