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Portada
Liliana Porter

No. 8, Diciembre 1964
Tomo I – Año I

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De los daños que provoca el alcohol

Como ocurre con muchos, empezó a beber para olvidar, hasta terminar olvidando por qué bebía tanto. Y como ocurre con algunos (felizmente con pocos) al cabo de un tiempo empezó a ver visiones, visiones que aceptó al principio como una diversión pero que después se transformaron en una pesadilla: eran pequeños seres juguetones que bailaban por horas frente a sus ojos. Hasta que un día, desesperado más allá de la sed, salió corriendo de su cuarto para someterse a la tortura benigna del hospital que le quitaría el vicio.

Cuando regresó a su cuarto, disgustado por los días de encierro pero feliz de sentirse otra vez libre, vio la botella a medio consumir y, en un gesto de repulsión, la estrelló contra la pared.

Entonces los pequeños seres saltaron agresivos buscando su garganta, sedientos de su sed.

Juan Armando Epple
No. 81, Mayo – Junio 1980
Tomo XIII – Año XVI
Pág. 106

Juan Armando Epple
No. 82, Julio-Agosto 1980
Tomo XIII – Año XVI
Pág. 217

Derogada

Cuando la señora tomó la mano de su pequeña hija para que palpara su abultado vientre y le dijo “Aquí está guardao tu hermanito”, comprendí que mi función estaba liquidada, que el mito de mi personalidad había sido destruido. Recordé con nostalgia la reproducción de mi figura en los monogramas de biberones y pañales, sentí pena de estar aún dentro de las calcomanías que adornaban los respaldos de las cunas y derramé una lágrima por la cancelación de mis vuelos a París. Con la derrota desde el pico hasta las patas, emprendí el vuelo al África para integrarme como un elemento más de la fauna, tristemente convencida de haber perdido aquella categoría de símbolo sostenida durante tanto tiempo por mis nobles antepasados.

Guillermo Melendez
No. 81, Mayo – Junio 1980
Tomo XIII – Año XVI
Pág. 104

Sobre el sueño y el insomnio

Un grito entra por la ventana. Si lo dejo salir, volverá a molestarme. Rápidamente bajo las persianas y me entiendo con él. Le propongo sonar libremente en los horarios que prevé el reglamento. Él es frugal. Yo soy generosa. Sin embargo, la convivencia nos resulta imposible. A la larga, dormir toda la noche con un grito reprimido suele traer dolores de cabeza.

Con un sacacorchos, con un zapapico, lo repulgo, lo atosigo, lo fibrilo, lo desnuco, lo sancocho, lo desollo, lo abocino, lo percuto. Con un sacacorchos, con un zapapico. Veo el placer en mi propia cara, sin espejos: prueba de que es solamente un sueño. Sin embargo, cada vez que me despierto, tengo que lavar de sangre la funda de la almohada con agua fría, con agua caliente, con un sacacorchos, con un zapapico.

Si un inglés que conozco pero no reconozco azuza sus abedules contra mí, y enarbolando un gimnoto palpitante intenta amonestarme, no me amilano. En pocas palabras lo mando al infierno en su lengua de origen. Una persona culta como yo es capaz de soñar en tres idiomas.

Un baño de inmersión caliente antes de acostarse, es lo mejor para dormir tranquila, me aconseja mamá. Cómo se ve que no conoce a la loca de mi bañadera.
A veces me despierto de visiones horribles, agitada, angustiada, llorando. Para calmarme le pido a mi marido que me deje apoyar la cabeza en su cuerpo y me abrace bien fuerte con todos sus tentáculos.

Ana María Shúa
No. 81, Mayo – Junio 1980
Tomo XIII – Año XVI
Pág. 101

Patio de tarde


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A Toby le gusta ver pasar a la muchacha rubia por el patio. Levanta la cabeza y remueve un poco la cola, pero después se queda muy quieto, siguiendo con los ojos la fina sombra que a su vez va siguiendo a la muchacha por las baldosas del patio. En la habitación hace fresco, y Toby detesta el sol de la siesta; ni siquiera gusta que la gente ande levantada a esa hora, y la única excepción es la muchacha rubia.

Para Toby la muchacha rubia puede hacer lo que se le antoje. Remueve otra vez la cola, satisfecho de haberla visto, y suspira. Es simplemente feliz, la muchacha ha pasado por el patio, él la ha visto un instante, ha seguido con sus grandes ojos avellana la sombra de las baldosas.

Tal vez la muchacha rubia vuelva a pasar. Toby suspira de nuevo, sacude un momento la cabeza como para espantar una mosca, mete el pincel en el tarro y sigue aplicando la cola a la madera terciada.

Julio Cortázar
No. 50, Diciembre 1971
Tomo VIII – Año VIII
Pág. 506

Julio Cortázar
No. 63, Febrero-Marzo 1974
Tomo X – Año IX
Pág. 368

Julio Cortazar
No. 81, Mayo – Junio 1980
Tomo XIII – Año XVI
Pág. 96

Santa

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La santa que habitaba dentro de una columna dórica, se desfiguró la cara, se sacó los ojos, se cortó la lengua, se amputó los miembros: los muñones de sus brazos y piernas tenían algo hermoso de estatuas mutiladas, un halo mosquil los aureolaba. Y así entró al martirologio perlada de pus y de gusanos. Cuando creía haber ganado, definitivamente, la batalla a las tentaciones del demonio éste, en forma de enfiladas hormigas, tomó posesión plena de esa llaga que, inerme, no puso ninguna resistencia.

Tomás Espinosa
No. 81, Mayo – Junio 1980
Tomo XIII – Año XVI
Pág. 95