El discípulo

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Cuando murió Narciso, las flores de los campos se sintieron desoladas, y pidieron al manantial gotas de agua para llorarlo.

—¡Oh! —les respondió el manantial—, aún cuando todas mis gotas fuesen lágrimas, no tendría yo mismo bastante para llorar a Narciso, tanto lo amaba.

—¡Oh! —replicaron las flores del campo—; cómo no habías de amar a Narciso! ¡Era tan hermoso!

—¿Tan hermoso era? —preguntó el manantial.

—¡Y quien mejor que tú para saberlo! Cada día, inclinando sobre tu ribera, contemplaba en tus aguas su belleza.

—Si lo amaba —respondió el manantial— era porque cuando se inclinaba sobre sus aguas, yo veía el reflejo de ellas en sus ojos.

Contado por Oscar Wilde a André Guide
No. 8, Diciembre 1964
Tomo I – Año I
Pág. 27

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