James Joyce

James Joyce

James Joyce

(Dublín, 1882 – Zurich, 1941)

Escritor irlandés en lengua inglesa. Nacido en el seno de una familia de arraigada tradición católica, estudió en el colegio de jesuitas de Belvedere entre 1893 y 1898, año en que se matriculó en la National University de Dublín, en la que comenzó a aprender varias lenguas y a interesarse por la gramática comparada.

Su formación jesuítica, que siempre reivindicó, le inculcó un espíritu riguroso y metódico que se refleja incluso en sus composiciones literarias más innovadoras y experimentales. Manifestó cierto rechazo por la búsqueda nacionalista de los orígenes de la identidad irlandesa, y su voluntad de preservar su propia experiencia lingüística, que guiaría todo su trabajo literario, le condujo a reivindicar su lengua materna, el inglés, en detrimento de una lengua gaélica que estimaba readoptada y promovida artificialmente.

En 1902 se instaló en París, con la intención de estudiar literatura, pero en 1903 regresó a Irlanda, donde se dedicó a la enseñanza. En 1904 se casó y se trasladó a Zurich, donde vivió hasta 1906, año en que pasó a Trieste, donde dio clases de inglés en una academia de idiomas. En 1907 apareció su primer libro, el volumen de poemas Música de cámara (Chamber Music) y en 1912 volvió a su país con la intención de publicar una serie de quince relatos cortos dedicados a la gente de Dublín, Dublineses (Dubliners), que apareció finalmente en 1914.

Durante la Primera Guerra Mundial vivió pobremente junto a su mujer y sus dos hijos en Zurich y Locarno. La novela semiautobiográfica Retrato del artista adolescente (Portrait of the Artist as a Young Man), de sentido profundamente irónico, que empezó a publicarse en 1914 en la revista The Egoist y apareció dos años después en forma de libro en Nueva York, lo dio a conocer a un público más amplio.

Pero su consagración literaria completa sólo le llegó con la publicación de su obra maestra, Ulises (Ulysses, 1922), novela experimental en la que intentó que cada uno de sus episodios o aventuras no sólo condicionara, sino también «produjera» su propia técnica literaria: así, al lado del «flujo de conciencia» (técnica que había usado ya en su novela anterior), se encuentran capítulos escritos al modo periodístico o incluso imitando los catecismos. Inversión irónica del Ulises de Homero, la novela explora meticulosamente veinticuatro horas en la vida del protagonista, durante las cuales éste intenta no volver a casa, porque sabe que su mujer le está siendo infiel.

Una breve estancia en Inglaterra, en 1922, le sugirió el tema de una nueva obra, que emprendió en 1923 y de la que fue publicando extractos durante muchos años, pero que no alcanzaría su forma definitiva hasta 1939, fecha de su publicación, con el título de Finnegan’s wake. En ella, la tradicional aspiración literaria al «estilo propio» es llevada al extremo y, con ello, al absurdo, pues el lenguaje deriva experimentalmente, desde el inglés, hacia un idioma propio del texto y de Joyce. Para su composición, el autor amalgamó elementos de hasta sesenta idiomas diferentes, vocablos insólitos y formas sintácticas completamente nuevas. Durante la Segunda Guerra Mundial se trasladó de nuevo a Zurich, donde murió ya casi completamente ciego.

La obra de Joyce está consagrada a Irlanda, aunque vivió poco tiempo allí, y mantuvo siempre una relación conflictiva con su realidad y conflicto político e histórico. Sus innovaciones narrativas, entre ellas el uso excepcional del «flujo de conciencia», así como la exquisita técnica mediante la que desintegra el lenguaje convencional y lo dobla de otro, completamente personal, simbólico e íntimo a la vez, y la dimensión irónica y profundamente humana que, sin embargo, recorre toda su obra, lo convierten en uno de los novelistas más influyentes y renovadores del siglo XX[1].

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Azufre sin fin

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El azufre que arde en el Infierno es una sustancia especialmente destinada a arder eternamente con indescriptible furor. El fuego del Infierno tiene la propiedad de conservar lo que quema. Y aunque lo hace con impetuosidad increíble, no tiene fin.

James Joyce en EL ARTISTA ADOLESCENTE
No. 8, Diciembre 1964
Tomo I – Año I
Pág. 63

Dámaso Murúa Beltrán

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Dámaso Murúa Beltran

Publicado en marzo 10, 2013 por José Luis Franco

 

A sus 80 años, un homenaje de la UAS y una definición

Si me pidieran una pronta definición de Dámaso Murúa, de esas que te piden de volapié, sin que la pienses, aunque esta ya está pensada y repensada desde el primer momento en que lo conocí en la legendaria y hoy inexistente cantina El Avante, ante una mesa de dominó, rodeado de sus amigos, revolviendo las fichas en una escandalosa mesa de la cervecería, con un partido de beis de los Venados en la radio y el Juanjo presumiendo el tamaño de sus manazas a la hora de surtir cervezas o llevarse las vacías, diría, simple y sencillamente lo que una persona muy cercana a él me dijo:

—Dámaso es más cabrón que bonito.

Tenía rato con ganas de conocer a Murúa, que me había enseñado cómo sacar humor de las cosas más sencillas en un pueblo como Escuinapa, que en sus manos parecía de ficción, o dicho con pleno color local, como a él le gusta: “De a mentiritas”. Mi intención original era tener una larga charla con él, pero no contaba con que la suya era hacerme su amigo. A él se le da eso de hacer amigos, a mí la entrevista batallo para que se me dé, de tal manera que con toda facilidad se salió con la suya.

Las afinidades jugaron su papel, gran amante del beisbol, me dijo que por su complexión debió ser un gran cácher, y mientras me explicaba lo de las piernas cortas, la robustez, el diseño del cráneo, fui viendo en él a Pilo Gaspar, uno de los grandes receptores mexicanos. Otra era el cine, y me acordé de su cuento Romy Shneider y Alain Delon en Copala, donde una pareja de burros hace lo mismo que los divos del cine europeo bajo el cielo sinaloense. La literatura, ni se diga: todo un compendio que me abrió el mundo de nuevos autores, incluido Enrique el Guacho Félix, iluminado ensayista culichi, ya fallecido, y Eduardo Galeano, su entrañable amigo. El periodismo es otra de sus pasiones, y en su momento compartimos nuestra preocupación por el estado de salud del periodismo cultural en Mazatlán, a raíz de que en una visita de Galeano no hubo quién supiera de su existencia en el mundo de la literatura, y nadie lo entrevistó.

De tal firmeza en sus convicciones que a veces hasta parece terco, es capaz de llegar hasta la ignominia con tal de defenderlas. Tampoco es afecto a la solemnidad, digamos que le provoca un “pedacito de alergia”, parafraseando a don José de la Colina, que una noche en la plaza Machado me pidió que lo esperara porque aún tenía “un pedacito de sed”.

Conociéndolo, debió intervenir mucho lo de las convicciones y su alergia a la solemnidad su histórico rechazo del Premio Sinaloa de las Artes en 2008. Simplemente dejó a Jesús Aguilar Padilla, gobernador del estado, y a Sergio Jacobo Gutiérrez, director del entonces Difocur, hoy Instituto Sinaloense de Cultura, con la pelota en la mano. El espíritu rebelde del escuinapense quedó sintetizado en estas palabras que rescato de su discurso a los medios para confirmar su actitud: “Aceptar el premio sería negar lo que he sido toda mi vida”. El desaire le ganó muchas críticas, como en su momento a Carlos Fuentes, en el Mazatlán de Literatura 1972 o, ¿por qué no? a Jean-Paul Sartre, en 1964, cuando rechazó categóricamente el Premio Nobel; pero en beneficio de los tres, fuimos más los que nos quitamos el sombrero y pusimos de pie ante ese gesto de integridad.

Hombre sencillo, orgulloso egresado del Poli, contador de profesión, contador de historias por vocación, dueño de una voz potente que modula a su antojo, es genial a la hora de enfrentar a un público: los hipnotiza usando palabras. Con enorme deferencia, en dos ocasiones me ha invitado a presentar libros suyos: uno, ni más ni menos que en Escuinapa, con su cancha y su público, era su volumen de crónicas deportivas llamado Palabras Sudadas. Me esmeré hasta las desveladas en la generación del texto. No quería verme menos ante el maestro. Corrían los vientos de 1986. El recinto estaba lleno y hablé con el mismo éxito que el conserje que va a pedirle al grupo que no tiren basura en los pasillos, ni en el patio, que para eso están los nuevos cestos que la escuela acaba de adquirir. Aplausos de compromiso, que apenas superan a la güasanga generalizada. Luego… el silencio, el vozarrón del maestro que los envuelve con sus anécdotas, con la memoria compartida, con sus giros idiomáticos propios del lugar, que anotaba para luego preguntarle qué significaban. Total, un festín que terminó ante un canasto repleto de camarones cocidos, un diluvio de anécdotas y unas cervezas.

La segunda ocasión que Dámaso me invitó a acompañarlo en una mesa de presentación fue con Club escarlata, un homenaje al beisbol del Parque Delta cuando recién se fue a México a estudiar al Poli. El evento fue en el 30-60-90 de Mazatlán. Un rápido paneo del público me dijo que calladito me veía más bonito, me guardé lo que llevaba preparado, dije algo breve, generalidades, y lo dejé con su público. Todavía, el cabrón, al iniciar, me reclamó por ser tan breve. Era a él al que iban a escuchar: entendió los motivos de mi brevedad.

Aunque no estuvo presente por sus enfermedades, me dio un gusto enorme enterarme de que había aceptado el homenaje que le hizo la UAS en el marco de la XXXIV Feria del Libro de Palacio de Minería. Me conmovió leer su espíritu inquebrantable en el discurso que leyó su hijo Yuri Murúa: “Bocón porque me da por decir lo que pienso cuando se me pega la gana, sin ánimo de ofender, nada más para que aprendamos a que juntos podemos hacer un estado de este país maravilloso y lindo”. Precisas, además, las palabras de Élmer Mendoza al definir el rasgo principal de la obra de Dámaso: “Un humor sencillo que puede surgir de cualquier momento de la vida”.

Insisto: a sus 80, Dámaso es más cabrón que bonito. Me lo dijo El Güilo Mentiras.

 

Aquí puede leer: 12 relatos escuinapenses[1]

Fábula escuinapense

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Y mientras llegaba, fui sacando mi conclusión de que el tigre había ocupado el lugar del burro, porque se lo comió. Pero se lo fue comiendo de la cola para adelante, de suerte que cuando le comió la cabeza, ya se había quedado el tigre con la lazada en el pescuezo; de ese modo no se fue, y por la oscuridad llegué y lo ensillé sin darme cuenta de lo que había pasado. Para mi buena suerte, llegando a Escuinapa se murió de cansado, y al dueño del burro, que era mi compadre Ñengo, no tuve más que darle la piel del tigre. Y con el producto de ella compró treinta burros, con los que ahora se lleva acarreando leña.

Dámaso Murúa Beltrán
No. 8, Diciembre 1964
Tomo I – Año I
Pág. 55

Martín Lutero

Martín Lutero

Martín Lutero

Teólogo alemán cuya ruptura con la Iglesia católica puso en marcha la Reforma protestante (Eisleben, Turingia, 1483-1546). Contrariando la voluntad de sus padres, Martín Lutero se hizo monje agustino en 1505 y comenzó a estudiar Teología en la Universidad de Wittenberg, en donde se doctoró en 1512.

Siendo ya profesor comenzó a criticar la situación en la que se encontraba la Iglesia católica: Lutero protestaba por la frivolidad en la que vivía gran parte del clero (especialmente las altas jerarquías, como había podido contemplar durante una visita a Roma en 1510) y también el que las bulas eclesiásticas -documentos que teóricamente concedían indulgencias a los creyentes por los pecados cometidos- fueran objeto de un tráfico puramente mercantil.

Las críticas de Lutero reflejaban un clima bastante extendido de descontento por la degradación de la Iglesia, expresado desde la Baja Edad Media por otros reformadores que se pueden considerar predecesores del luteranismo, como el inglés John Wyclif (siglo XIV) o el bohemio Jan Hus (siglo XV). Las protestas de Lutero fueron subiendo de tono hasta que, a raíz de una campaña de venta de bulas eclesiásticas para reparar la basílica de San Pedro, decidió hacer pública su protesta redactando 95 tesis que clavó a la puerta del castillo de Wittenberg (1517).

La Iglesia hizo comparecer varias veces a Lutero para que se retractase de aquellas ideas (en 1518 y 1519); pero en cada controversia Lutero fue más allá y rechazó la autoridad del papa, de los concilios y de los «Padres de la Iglesia», remitiéndose en su lugar a la Biblia y al uso de la razón.

En 1520, Lutero completó el ciclo de su ruptura con la Iglesia, al desarrollar sus ideas en tres grandes «escritos reformistas»: Llamamiento a la nobleza cristiana de la nación alemana, La cautividad babilónica de la Iglesia y Sobre la libertad cristiana. Finalmente, el papa León X le condenó y excomulgó como hereje en una bula que Lutero quemó públicamente (1520); y el nuevo emperador, Carlos V, le declaró proscrito tras escuchar sus razones en la Dieta de Worms (1521). Lutero permaneció un año escondido bajo la protección del elector Federico de Sajonia; pero sus ideas habían hallado eco entre el pueblo alemán y también entre algunos príncipes deseosos de afirmar su independencia frente al papa y frente al emperador, por lo que Lutero no tardó en recibir apoyos que le convirtieron en dirigente de un movimiento religioso conocido como la Reforma.

Desligado de la obediencia romana, Lutero emprendió la reforma de los sectores eclesiásticos que le siguieron y que conformaron la primera Iglesia protestante, a la cual dotó de una base teológica. El luteranismo se basa en la doctrina (inspirada en escritos de san Pablo y de san Agustín) de que el hombre puede salvarse sólo por su fe y por la gracia de Dios, sin que las buenas obras sean necesarias ni mucho menos suficientes para alcanzar la salvación del alma; en consecuencia, expedientes como las bulas que vendía la Iglesia católica no sólo eran inmorales, sino también inútiles.

Lutero defendió la doctrina del «sacerdocio universal», que implicaba una relación personal directa del individuo con Dios en la cual desaparecía el papel mediador de la Iglesia, privando a ésta de su justificación tradicional; la interpretación de las Sagradas Escrituras no tenía por qué ser un monopolio exclusivo del clero, sino que cualquier creyente podía leer y examinar libremente la Biblia, para lo cual ésta debía ser traducida a idiomas que todos los creyentes pudieran entender (él mismo la tradujo al alemán, creando un monumento literario de gran repercusión sobre la lengua escrita en Alemania en los siglos posteriores).

También negó otras ideas asumidas por la Iglesia a lo largo de la Edad Media, como la existencia del Purgatorio o la necesidad de que los clérigos permanecieran célibes; para dar ejemplo, él mismo contrajo matrimonio con una antigua monja convertida al luteranismo. De los sacramentos católicos Lutero sólo consideró válidos los dos que halló reflejados en los Evangelios, es decir, el bautismo y la eucaristía, rechazando los demás.

Al rechazar la autoridad centralizadora de Roma, Lutero proclamó la independencia de las Iglesias nacionales, cuya cabeza debía ser el príncipe legítimo de cada Estado; la posibilidad de hacerse con el dominio sobre las Iglesias locales (tanto en su vertiente patrimonial como en la de aparato propagandístico para el control de las conciencias) atrajo a muchos príncipes alemanes y facilitó la extensión de la Reforma. Tanto más cuanto que Lutero insistió en la obediencia al poder civil, contribuyendo a reforzar el absolutismo monárquico y desautorizando movimientos populares inspirados en su doctrina, como el que desencadenó la «guerra de los campesinos» (1524-25).

La extensión del luteranismo dio lugar a las «guerras de religión» que enfrentaron a católicos y protestantes en Europa a lo largo de los siglos XVI y XVII, si bien las diferencias religiosas fueron poco más que el pretexto para canalizar luchas de poder en las que se mezclaban intereses políticos, económicos y estratégicos. El protestantismo acabó por consolidarse como una religión cristiana separada del catolicismo romano; pero, a su vez, también se dividió en múltiples corrientes, al aparecer disidentes radicales en la propia Alemania (como Thomas Münzer) y al extenderse el protestantismo a otros países europeos en donde aparecieron reformadores locales que crearon sus propias Iglesias con doctrinas teológicas diferenciadas (como en la Inglaterra de Enrique VIII o la Suiza de Zuinglio y Calvino)[1].

Estanque demoníaco

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Los demonios viven en muchos países, pero más particularmente en Prusia. También los hay en gran número en Laponia; demonios y magos. En Suiza, no lejos de Lucerna, sobre una altísima montaña existe un lago que se llama “el estanque de Pilatos”, allí el Diablo se libra de toda suerte de actos infames. En mi país, en una elevada montaña llamada Polsterberg, montaña de los duendes, hay un estanque; cuando se arroja dentro de él una piedra se desata en seguida una tormenta y todos los alrededores son devastados. Este estanque se halla lleno de demonios; Satán los tiene prisioneros allí…

Martín Lutero
No. 8, Diciembre 1964
Tomo I – Año I
Pág. 53