Fábula escuinapense

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Y mientras llegaba, fui sacando mi conclusión de que el tigre había ocupado el lugar del burro, porque se lo comió. Pero se lo fue comiendo de la cola para adelante, de suerte que cuando le comió la cabeza, ya se había quedado el tigre con la lazada en el pescuezo; de ese modo no se fue, y por la oscuridad llegué y lo ensillé sin darme cuenta de lo que había pasado. Para mi buena suerte, llegando a Escuinapa se murió de cansado, y al dueño del burro, que era mi compadre Ñengo, no tuve más que darle la piel del tigre. Y con el producto de ella compró treinta burros, con los que ahora se lleva acarreando leña.

Dámaso Murúa Beltrán
No. 8, Diciembre 1964
Tomo I – Año I
Pág. 55

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