El cornudo

La Duda alargó la mano y acarició su cara recién afeitada y olorosa. Él la apartó de un solo golpe y siguió mirando por la ventana. La Duda cambió de estrategia y suavemente subió sus manos por la espalda del hombre hasta llegar a sus sienes, y allí comenzó a darle un masaje doloroso. Él se apartó de la ventana y sacudió la cabeza con rabia. Fue entonces cuando la Duda entrelazó los dedos del hombre con las suyas y acarició su sexo con la habilidad de una meretriz. Se tiraron en el piso… jadeando aún, él mira el techo de tirol, los muebles, su ropa regada aquí y allá y justo en el rincón favorito de Martha, la corbata que corte el jadeo. Una corbata simple que él ha usado, que nunca ha visto, que no le han regalado, que, en fin, tiene el color de la certeza.
La Duda, mientras tanto, ni siquiera se viste para irse. Abre la puerta y sale a la calle ebria de felicidad y certeza.

Noelia Cigarroa Dávila
No. 121-122, Enero-Julio 1992
Tomo XXI – Año XXVIII
Pág. 31

Anuncios

Matar el sueño

121-122  top
Apenas puede ver al hombre a través de la espesa neblina. Saqué mi revolver y elevando el brazo con lentitud, cuando lo tuve a cuerpo, disparé. Los tres tiros acertaron. El hombre se desplomó como acalambrado. Guardando el arma, me perdí en la niebla.

Al llegar a mi departamento, puse a secar la ropa cerca del calentador. Estaba rendido, la guerra de nervios había sido devastadora.

Tocaron el timbre y me levanté a abrir la puerta. Eran dos hombres de traje oscuro y sombrero. Se identificaron como agentes de la policía. Los hice pasar. Dijeron que venían a hablar conmigo sobre el homicidio. Argumenté que no sabía de lo que me hablaban. Se trataba del asesinato en el sueño, aseguraron. Les comenté que, en efecto, en mi sueño había disparado contra un hombre, pero no en la realidad. Ellos explicaron que ya fuera en el sueño o la realidad, había que pagar las consecuencias del crimen.

—Vamos amigo —dijo el que se quedó cubriendo la puerta— no hagamos esto más pesado de lo que es.

—Pero si yo nunca he cargado pistola —alegué.

—Recuerde que usted siempre que hojea revistas de armas, le dan ganas de tocarlas —dijo el de la sala.

—Sí, es cierto ¿ustedes cómo lo saben?

—Eso qué importa. Sólo contestemos una pregunta ¿alguna vez ha sentido deseos de matar?

—Bueno, sí, como un pensamiento, ni siquiera eso; como una suposición remota.

—Ya lo ha hecho.

—¡Cómo! ¿en un sueño?

—¡Es igual, aquí que allá, allá que acá!

—Es un viejo tema, amigo, debería saberlo.

No se me ocurría nada que pudiera salvarme, estaba acosado en este mundo por algo que sucedió en aquel, y las palabras “deseos de matar”, circulaban dentro de mi cabeza con letras luminosas.

Ellos indicaron que era hora de partir. Terminé de vestirme mientras me vigilaban recelosamente. Salimos del departamento. En la calle, los dos hombres se desvanecieron como si fueran de agua, dejando un par de charcos en el pavimento.

Tocaron el timbre. Me levanté a abrir la puerta.

Rodrigo Madrazo
No. 121-122, Enero-Julio 1992
Tomo XXI – Año XXVIII
Pág. 19

El valor

121-122  top
Según parece, en todo peligro cabe una elección: la elección que se hace bajo la influencia de un sentimiento mezquino es cobardía; porque al hombre que aventura su vida por vanidad o curiosidad o sed de lucro, no puede llamársele valiente; de otra parte, aquel hombre que rehúsa afrontar un peligro a causa de un sentimiento honroso de deber para con su familia, o simplemente porque su conciencia se lo dicta así, no puede ser un cobarde.

León Tolstoi
No. 121-122, Enero-Julio 1992
Tomo XXI – Año XXVIII
Pág. 6

Nocturno

121-122  top
—Hace tanto tiempo —me dijo al oído, jadeante todavía, y se acodó a mi lado, desnuda como el viento.

Sombres sobre sombras; una línea de luz en las caderas. Sus ojos brillaban en secreto. Comencé a besarle las axilas; bajé a mordiscos por el perfil de la luna; me detuve en las corvas; la escuché suspirar.

—Sígueme soñando —le supliqué—. No vayas a despertar.

Felipe Garrido
No. 121-122, Enero-Julio 1992
Tomo XXI – Año XXVIII
Pág. 3