Origen de los veladores

20 top
Cierto individuo que a costa de grandes sacrificios —y al tiempo que trabajaba para mantener a su madre viuda y a sus seis hermanos— estudió una carrera de las llamadas de porvenir, recibió su diploma muy cerca de los cuarenta años.

Como todos le cerraron la puerta y lo consideraron muy viejo para darle oportunidad, tuvo que optar entre pegarse un tiro o entrar de velador de noche en unos almacenes de descuento.

Con tal acierto desempeñó su trabajo que todavía lo vemos algunas noches, por detrás de los escaparates, cuando vamos al cine mi mujer y yo.

Tomás Doreste
No. 20, Enero-Febrero de 1967
Tomo IV – Año III
Pág. 20

Anuncios

Deseo cumplido

20 top
Daría veinte años de mi vida y mi brazo derecho si pudiera ver ahora mismo a Cleopatra.

Una señora morena de ojos almendrados y larga nariz cruzaba la calle.

Mi amigo la miró asombrado y cayó al suelo, golpeándose la frente contra el duro piso.

—Pobre señor —dijo ella. Miró a su esposo, que se acercaba rápidamente y exclamó después:

—Ojalá no sea nada.

Tomás Doreste
No. 20, Enero-Febrero de 1967
Tomo IV – Año III
Pág. 20

Tomás Doreste

Tomás Doreste

Tomás Doreste

Tomás Doreste Escritor e investigador de fenómenos paranormales y del fenómeno ovni, nacido en Barcelona, España en 1925 y desde 1952 viviendo en Mexico, colaborador de la destacada y memorable publicación “Duda” de la extinta editorial posada, autor de mas de una veintena de libros entre ellos “Un extraterrestre llamado Moises” y “Y si los Ovni Fuesen un mito?” (editorial Diana)[1].

Marcha atrás

20 top

El día que cumplió ochenta años, un anciano que siempre se dedicó al estudio y la lectura tropezó en la calle con una jovencita cuyas sugestivas redondeces le hicieron exclamar:

—¡Cómo pude malgastar mis años mozos con temas estériles, y no dediqué más tiempo a cuanto de valor existe…!

Su Ángel de la Guarda, que no tenía más trabajo que limpiar sus telarañas, quiso cumplir su tardío deseo y lo metamorfoseó en un apuesto mancebo de veinte años.

El apuesto mancebo de veinte años se dedicó en seguida a redactar una monografía sobre la reproducción del gusano de seda en tiempos de los etruscos, y siguió después con exhaustivo trabajo sobre los orígenes del cultivo de la canela en la Melanesia.

Cuando falleció, a los ochenta y un años, la Revista de Estudios Oceánicos le dedicó un número de homenaje.

Tomás Doreste
No. 20, Enero-Febrero de 1967
Tomo IV – Año III
Pág. 20

La puerta

Afuera de la oficina no había fila, eso me dio esperanza. Al tocar la puerta oí un ronco y sonoro “adelante”, el jefe de personal era grueso, maduro, pocas canas, elegante, con la cara cuadrada clásica de los gerentes. Sus preguntas fueron pocas, terminó diciéndome “muy bien, muy bien, me parece muy bien”, mientras anotaba algo en la parte trasera de mis papeles, ya me parecía oír “preséntese el lunes a trabajar”, pero no, mi impecable folder con solicitud escrita e inmejorables cartas de recomendación, fue a parar a un altero de cincuenta impecables folders. —“Ya puede ausentarse”. Creo que el gracias que di sonó aguado y desabrido. —“Por favor deje la puerta abiertita”. ¿Abiertita?… ¿será una clave?… ¿cuál es esta posición? Para que una puerta se pueda poner abiertita debe haber también, abierta y abiertota, luego sus contrarias serían; cerradita, cerrada y cerradota. Imaginándolas así:

Abiertota: Toda la hoja abatida.

Abierta: La hoja a medio abatir.

Abiertita: La hoja un poco abatida.

Cerradita: La hoja rozando el marco.

Cerrada: La hoja ya dentro de su marco.

Cerradota: Ya con cerrojo, pasador, cadena, tranca, seguro, sello. Clausurada, cancelada, Etcétera.

Me pareció correcto mi razonamiento, ya procedía a dejarla abiertita cuando recordé que algunos bancos, comercios, oficinas, restaurantes y hospitales, a una puerta cerrada le llaman abierta, hasta le ponen su letrerito. ABIERTO. ¿Entonces dónde quedan las posiciones intermedias abiertita y cerradita? En eso estaba cuando me dijo un tanto complaciente y cariñoso, el care cuadro. —“Por favor, deja ya esa puerta emparejada”. ¡Ahora es cuando! Inmediatamente empecé a buscar la falla, podía estar chueca, descuadrada, panda, colgada; estaba dispareja y yo la iba a arreglar.

Interrumpió mi análisis un medio desesperado —“Se puede retirar y deje esa puerta entreabierta”…¿Entreabierta? Tratando de acomodar la hoja pensaba. ¿Cómo sería entrecerrada o entreemparejada o entrecerradaabierta?

—¡Que se largue y deje ahí esa puerta!

—Huy que genio, si no me la quería llevar. ¿Cuándo encontraré alguien que aprecie mis facultades? Se la hubiera dejado un poco abierta y ya.

Jaime Adolfo Muñoz Torres
No. 121-122, Enero-Julio 1992
Tomo XXI – Año XXVIII
Pág. 167