Reconocimiento tardío

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Doce años después de su muerte alguien descubrió que había sido un genial escritor y un renovador de la literatura, y entonces, a toda prisa, se dieron en buscar sus restos y organizaron una colecta nacional para construir un monumento.

Como pasados varios años seguía sin manifestarse el entusiasmo popular y la suma recogida bastaba apenas para adquirir tres ladrillos, el descubridor de la dudosa gloria literaria tuvo el pundonor de reconocer públicamente su error, y todo el mundo olvidó gustoso el asunto.

Tomás Doreste
No. 20, Enero-Febrero de 1967
Tomo IV – Año III
Pág. 20

Vuelta a la Patria

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Un día murió un Dictador.

Y empezaron los problemas para sus enemigos, exiliados todos en el extranjero donde habían amasado sólidas fortunas, pues de seguir fieles a sus principios se verían obligados a regresar a la Patria, abandonando sus riquezas.

Fue entonces que descubrieron que, en realidad, simpatizaron siempre con el difunto y sus dotes enérgicas de político y que volver a su país iba en contra de sus principios y de la ética más elemental.

Tomás Doreste
No. 20, Enero-Febrero de 1967
Tomo IV – Año III
Pág. 21

Historia del dibujo

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Los blancos bloques de mármol que remataban la columna, por debajo de la estatua ecuestre del héroe, pidieron a las toscas piedras de la base que se fueran a otro lado.

—Sois ordinarias, mal terminadas y nadie se fija en vuestra fealdad. Vuestro sitio no es éste. En cambio a nosotras, albas y relucientes, se nos distingue de un extremo a otro de la ciudad —dijeron finalmente.

Las piedras de la base se retiraron en silencio, y entonces sus orgullosas vecinas de arriba tuvieron que bajar hasta el nivel de la calle.

Los niños vieron en su blancura una invitación y las llenaron de dibujos y algunos hasta escribieron en nombre de su maestra.

Tomás Doreste
No. 20, Enero-Febrero de 1967
Tomo IV – Año III
Pág. 21

El ciclo de las estrellas

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Cada semana surgían dos o tres estrellas —y a veces más—, que ya no perdían popularidad. Era muy difícil para todos nosotros conservar sus nombres en la memoria. Y sus éxitos más sonados y las edades que representaban y sus divorcios.

Fue entonces que el previsor Estado, para evitar que el pueblo siguiera aturdiéndose más y más y descuidara sus obligaciones y sólo tuviera tiempo para recordarlas a todas, mandólas fusilar y empezar de nuevo.

Tomás Doreste
No. 20, Enero-Febrero de 1967
Tomo IV – Año III
Pág. 21

Adios a los problemas

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Siempre deseó volver a la juventud, y más ahora que era adusto padre de familia acuciado por el pago de tantas pequeñas cuentas.

Sí, siempre quiso poder regresar a la edad sin responsabilidades. Pero lástima que los años hubieran minado su memoria, pues cuando, por un feliz azar de la fortuna, le fue posible dar marcha atrás y llegar hasta los catorce años, tuvo que ponerse a trabajar para mantener a su añorada madre, que según malas lenguas confirmarían años más tarde era muy aficionada a las partidas de canasta y al piquete.

Tomás Doreste
No. 20, Enero-Febrero de 1967
Tomo IV – Año III
Pág. 20

Los extranjeros

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Para no llamar demasiado la atención, aterrizaron en el campo, lejos de la carretera ciento siete. Pero no tuvieron suerte en su elección, pues al abrir la compuerta de la gigantesca astronave encontraron a una nativa que los contemplaba, admirada.

Sus largos años de preparación para el largo viaje, de mucho les sirvieron, pues llegaron dominando la lengua local. Y cuando se acercaron, amistosos y corteses, y preguntaron si en algo podían servirla, ella contestó:

—Sí, señores. Quiero que me hagan güerita.

Tomás Doreste
No. 20, Enero-Febrero de 1967
Tomo IV – Año III
Pág. 20