Las ropas del fantasma

20 top
El fantasma nunca se presenta desnudo: aparece ya envuelto en una sábana, ya con las ropas que usaba en vida. Creer en ellos, pues, equivale no sólo a admitir que los muertos se hacen invisibles cuando ya no queda nada de ellos, sino que los productos textiles gozan de la misma facultad. Suponiendo que la tuvieran, ¿con qué fin la ejercerían? ¿Por qué no se da el caso de que un traje camine solo sin un fantasma dentro?

Ambrose Bierce
No. 20, Enero-Febrero de 1967
Tomo IV – Año III
Pág. 31

Anuncios

La liebre lunar

20 top
Los chinos hablan de la liebre lunar. El Buddha, en una de sus vidas anteriores, padeció hambre; para alimentarlo, una liebre se arrojó al fuego. El buddha, como recompensa, envió su alma a la luna. Ahí, bajo una acacia, la liebre tritura en un mortero mágico las drogas que integran el elíxir de la inmortalidad.

No se cita autor
No. 20, Enero-Febrero de 1967
Tomo IV – Año III
Pág. 25

El último pobre

20 top
Los nuevos métodos de cultivo, los controles demográficos y la industrialización en gran escala produjeron tal auge que se acabó la pobreza.

Pero había un país que todavía conservaba un mendigo. Todos lo mimaban, y los felices habitantes se lo disputaban a diario. Pasaba de una familia a otra, era agasajado y alimentado, y por la mañana, después de lavarse los dientes y las orejas —por detrás también— subía a un vehículo que estaba ya esperando junto a la acera y pasaba a ser huésped de la siguiente familia.

El día que murió, víctima de una enfermedad gástrica, fue declarado de luto nacional. Los países vecinos dejaron de envidiar al pobre oficial, y como el planeta logró el equilibrio emocional, se hizo de lo más aburrido.

Tomás Doreste
No. 20, Enero-Febrero de 1967
Tomo IV – Año III
Pág. 22

Para no ahogarse

20 top
A costa de grandes sacrificios económicos y pese a la fuerte oposición del elemento femenino, el jefe de una de tantas tribus del desierto, deseoso de sumarse al ritmo del progreso, envió a la costa a todos los jóvenes menores de diez y ocho años.

En escuelas especializadas de educación física, creadas con tal propósito, aprendieron todos a nadar y a realizar operaciones de salvamento en alta mar. Conocieron también los secretos de la navegación a vela y recibieron clases de zoología marina y nociones de clasificación de gasterópodos e infusorios, y cuando acabaron los cursos dieron a cada uno un diploma y una medalla y regresaron a su patria para de nuevo hundirse en el inmenso mar de arena.

Tomás Doreste
No. 20, Enero-Febrero de 1967
Tomo IV – Año III
Pág. 22

Control de la natalidad

20 top
En cuanto nacía un bebé, surgían las opiniones:

—Tiene un hoyito en la mejilla derecha, como su tía, y el pelito rizado como su abuelo —antes de perder el pelo, claro—. Pero hay que reconocer que el niño tiene toda la cara de su tío Manolo.

Otros le hallaban parecido con el primo segundo que se fue al Senegal, de quien conservaban una foto con uniforme de cazador en el recibidor de la casa.

Las comparaciones, que siempre molestaron a los legítimos padres de las criaturas, llegaron a tales extremos que al fin pusieron en práctica el control de la natalidad.

Tan feroces fueron las medidas, que no tardó en generalizarse, y cómo el coeficiente de natalidad bajó hasta cero, no tardó la tierra en despoblarse, y cuando se fueron a dar cuenta sólo quedaban con vida dos docenas de maltrechos septuagenarios.

Tomás Doreste
No. 20, Enero-Febrero de 1967
Tomo IV – Año III
Pág. 22

La máquina del tiempo

20 top
Hubo una vez un sabio que una noche, cuando ya estaba acostado en su lecho descansando de los trabajos que había realizado en compañía de treinta y cuatro sabios más en la base de lanzamiento, se hizo la siguiente reflexión:

—La máquina de viajar por el tiempo todavía no ha sido inventada, pues tendríamos ya el testimonio de alguien que se internó por el pasado, a no ser que sólo permita el paso hacia el futuro.

Parece ser que él se encargó de inventarla, y la aprovechó para librar a la tierra de indeseables sin recurrir a la pena capital: les fue proyectando hacia el futuro.

Pero ahora todos nos ponemos a temblar pensando en lo que reservan a nuestros hijos los años por venir.

Tomás Doreste
No. 20, Enero-Febrero de 1967
Tomo IV – Año III
Pág. 22