Adiós al amigo

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Lo despertó un golpe seco como si tocasen a una puerta: angustiosa llamada. Arriba un hombre empuña una pala. Nadie lo duda, eras un consumado artista, tus dotes histriónicas arrancan desde el vientre de tu madre, recuerda, cuando naciste todos aplaudieron pues recitaste de memoria los cantos de Kanvitú. Tu carrera en el teatro fue meteórica, increíble. No habrás olvidado aquel Hamlet que hizo llorar a las estatuas. Él desde dentro araña la puerta horizontal. El “Royal Shakespeare Company” te quedaba corto. Te llovían los contratos. Sin embargo no estabas conforme, ambicionabas el supremo acto: consagratorio por irreversible. La lluvia golpea el mugriento lomo de la tarde. Los hombres se protegen con sus altos abrigos oscuros. Lo sabíamos hasta la saciedad: eras inimitable; hasta en aquel agónico gesto, el público se levantó de los asientos y aplaudió con delirante histerismo hasta que las manos comenzaron a sangrar. Sentado en la última butaca pensé que habías dado el salto sin retorno. La mañana me sorprendió en el gigantesco teatro extrañamente vacío, silencio espeso. No sé, pero ahora que lo pienso de nuevo estoy seguro que fue una mosca que también se tragó su mentira. Pensaba felicitarte y darte un cálido-estrecho abrazo, pero tu gélida, pálida, exangüe mejilla.
Nunca sabremos —¡con certeza!— si inventaste a Kavintú o era la lluvia que nos azotaba, castigando nuestra criminal credulidad. En verdad, tenemos que reconocerlo: era una forma de negarte. Tal vez por eso en mi hombro pesabas como plomo. Tal vez por eso el hombre armado de pala se hizo el sordo sí percibió tu angustiosa llamada. Continuarás arañando sordamente hasta que te falte el aire.

Ednodio Quintero
No. 56, Diciembre 1972 – Enero 1973
Tomo IX – Año IX
Pág. 374

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Adriana Quiroz

Adriana Quiróz

Adriana Quiróz Vda. de Valadés

 Desde mi Optica: En estado de gracia

Fragmento de un artículo de Arturo Camarena Flores.

 

El joven (se refiere a Edmundo Valadés) que creció creyendo que era feo ( en su casa le llamaban atepocate), a los años vio su foto cuando tenía 18 años y se dio cuenta de su error. Eso y otros prejuicios hicieron incluso pensar alguna vez en el suicidio. Aconseja: “A las mujeres hay que fingirles celos. Lo agradecen profundamente. Con las mujeres he perdido mucho tiempo y dinero. Me han costado no sé cuántos departamentos, cuantas casas”.  A los 38 años de edad miró al cielo pidiendo un deseo y en ese momento nacía una niña que sería bautizada como  Adriana Quiroz,  la mujer que  a los 22 años se casaría con él  y ella escribe al final del libro ¿Qué me dio Valadés? Contestándose:  Me enseñó a cultivar la amistad; me regaló, envueltos en hilos de oro, el misterio de las Mil y una noche; nos dejamos seducir por la ciudad de Buenos Aires: nos juramos amor ante el mar de Guaymas,  ese mar que lo vio nacer, ese mar que lo dejó ir. Nos echamos clavados en las librerías de viejo de Donceles. Me dio su mundo: rico, generoso, lleno de sorpresas. Me contagió su capacidad de asombro y de su mano conocí y traté a escritores de la talla de Rulfo, Arreola, Henestrosa y Del Paso[1].

 

[1] http://www.periodicoexpress.com.mx/nota.php?id=232742

Costumbres

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Siempre he pensado, y lo he sostenido con terquedad en mi cátedra de Derecho Romano, que el estado natural del hombre es la desnudez. Les advierto que no soy jefe de relaciones públicas de algún campo nudista, no es eso. Entre las costumbres de mi infancia conservo la de dormir sin prenda interior alguna, razón tal vez de la pureza de mis sueños, causa de mi naciente tuberculosis. Pero me estoy desviando del asunto, dándome aires de Byron en Fórmula Uno. Quería contarles, eso trato torpemente de hacer, quería contarles que hace algunos meses, no me pregunten cuántos, decidí prescindir del uso de ropa por el resto de mi vida. Desnudo bajé hasta la calle y un esplendoroso día me salió al encuentro. El sol se divertía lamiendo tibiamente mis partes impuras —digo impuras sólo por llevarme la contraria. La gente pasaba con prisa como si el mundo se acabara mañana. No es de extrañar que nadie se haya fijado en mí; cada uno anda enterrado en su cochino mundo interior, escudado tras los lentes deformantes de su mediocridad progresiva. Recorrí calles atestadas de harapientos mendigos, parques donde furtivas parejas simulaban hacer el amor, plazas con estatuas de héroes que…; en fin, iglesias, cines, escuelas, mercados, burdeles; como decir veredas, llanuras, laderas y caminos reales. Aburrido regresé a mi madriguera, mi deshojado (adánico) comportamiento no había alterado lo más mínimo el monstruoso engranaje. Decepcionado me convertí nuevamente en un vulgar ser de calzoncillos, corbata, sombrero. Cuando salí a la calle la gente desnuda me miraba como a bicho raro.

Ednodio Quintero
No. 56, Diciembre 1972 – Enero 1973
Tomo IX – Año IX
Pág. 373

La tercera

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(Cuento escrito a fines del siglo pasado)

Esta es la foto de nuestro único hijo, muerto cuando apenas contaba cinco años. La voz de la anciana sonó lejana, terrosa, desolada, mientras pasaba su huesudo dedo por la amarillenta fotografía. Había aceptado con gusto la invitación de la simpática familia para pasar un par de días en la granja situada no lejos del pueblo. Volví a mirar la foto colgada indefensamente en la pared de la biblioteca y mi curiosidad se cambió por un momento en silencioso terror. Me tranquilicé un poco pensando que la buena señora me tomaba el pelo. Allá afuera la tarde patalea entre las flores del podrido jardín. Escruté el rostro de la vieja buscando la sonrisa rectificadora de la insólita afirmación. ¡Nada! Ahí estaba, serena, sus ojos apagados, sin chispa de vida.

Aquella noche no pude dormir, la cara del perro pegada a la pared me estuvo martillando hasta el amanecer.

Cuando el sol irrumpió en la habitación mi confusión se había canalizado hacia dos posibilidades. Primera: el matrimonio ante la imposibilidad de tener hijos había adoptado el perro. Segunda: la mujer efectivamente parió el perro. Esto último no tendría nada de raro, es lo más frecuente. Me levanté ante la llamada indicadora del inminente desayuno. Esperen, existe otra posibilidad, la vislumbré al final del desayuno cuando todos nos echamos a ladrar.

Ednodio Quintero
No. 56, Diciembre 1972 – Enero 1973
Tomo IX – Año IX
Pág. 372

35 mms.

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Fue en los tiempos de la fiebre fotográfica. La cámara era mi inseparable compañera, cómplice de mis más sutiles aberraciones. Nunca me podré explicar cómo aquella mujer, increíblemente hermosa, apareció en mi improvisado estudio. Clic. Hablaba de un extraño viaje por un bosque repleto de pájaros y chillidos de monos. Hablaba sin parar y tuve que gritarle para hacerle entender que quería fotografiarla —aunque ya había accionado el disparador más de tres veces. Ella asintió y siguió contando de su caminata por la orilla de un profundo río, clic, poblado de hambrientos caimanes. Comenzó a desnudarse, clic, clic, clic, y yo como un loco corría por la habitación agotando los ángulos, apretando la 35 mms, disparando mi ocular-metrallleta mientras un tigre-relámpago caía suavemente sobre un colchón de hojas secas.

La bella mujer se despidió con un hasta luego y me quedé con la oscura convicción de que no la vería nunca más. Sentí náuseas, y en mi cuerpo el cansancio de un combate perdido —como si atado a la cola de un caballo me hubiesen arrastrado por las empedradas casi calles de mi pueblo.

No sé en qué momento nació el presentimiento, ardía en deseos de confirmarlo. Corrí por los ácidos, bajé las persianas, apagué las luces y me hundí en el simple rito de revelar el singular rollo. Poco rato después, las fotos regadas en el piso me mostraban árboles gigantescos, pájaros de variados colores, chispeantes caídas de agua, huellas de pisadas entre el monte, un hermoso tigre saltándome a la cara…

Ednodio Quintero
No. 56, Diciembre 1972 – Enero 1973
Tomo IX – Año IX
Pág. 371

El caballo marino

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El caballo marino suele aparecer en las costas en busca de la hembra; a veces lo apresan. El pelaje es negro y lustroso; la cola es larga y barre el suelo; en tierra firma anda como los otros caballos, es muy dócil y puede recorrer en un día centenares de millas. Conviene no bañarlo en el río, pues en cuanto ve el agua recobra su antigua naturaleza y se aleja nadando.

Wang Tai-hai, en Miscelánea china
No. 20, Enero-Febrero de 1967
Tomo IV – Año III
Pág. 127