La tercera

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(Cuento escrito a fines del siglo pasado)

Esta es la foto de nuestro único hijo, muerto cuando apenas contaba cinco años. La voz de la anciana sonó lejana, terrosa, desolada, mientras pasaba su huesudo dedo por la amarillenta fotografía. Había aceptado con gusto la invitación de la simpática familia para pasar un par de días en la granja situada no lejos del pueblo. Volví a mirar la foto colgada indefensamente en la pared de la biblioteca y mi curiosidad se cambió por un momento en silencioso terror. Me tranquilicé un poco pensando que la buena señora me tomaba el pelo. Allá afuera la tarde patalea entre las flores del podrido jardín. Escruté el rostro de la vieja buscando la sonrisa rectificadora de la insólita afirmación. ¡Nada! Ahí estaba, serena, sus ojos apagados, sin chispa de vida.

Aquella noche no pude dormir, la cara del perro pegada a la pared me estuvo martillando hasta el amanecer.

Cuando el sol irrumpió en la habitación mi confusión se había canalizado hacia dos posibilidades. Primera: el matrimonio ante la imposibilidad de tener hijos había adoptado el perro. Segunda: la mujer efectivamente parió el perro. Esto último no tendría nada de raro, es lo más frecuente. Me levanté ante la llamada indicadora del inminente desayuno. Esperen, existe otra posibilidad, la vislumbré al final del desayuno cuando todos nos echamos a ladrar.

Ednodio Quintero
No. 56, Diciembre 1972 – Enero 1973
Tomo IX – Año IX
Pág. 372

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