Lógica

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“¿Cómo sabes que tú estás loco? —preguntó Alicia.

“Para empezar —repuso el gato—, los perros no están locos. ¿De acuerdo?

“Supongo que no: —dijo Alicia.

“Bueno, pues entonces —continuó el gato—, observarás que los perros gruñen cuando algo no les gusta, y mueven la cola cuando están contentos. En cambio yo gruño cuando estoy contento y muevo la cola cuando me enojo: luego estoy loco.”

Lewis Carroll
No. 56, Diciembre 1972 – Enero 1973
Tomo IX – Año IX
Pág. 392

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Richard Cavendish

Richard Cavendish

 

Richard Cavendish

(nacido en 1930 )

Es un historiador británico que ha escrito extensamente sobre los temas de ocultismo, la religión , el tarot , la mitología y la historia de Inglés .

Cavendish nació en 1930 en Henley-on-Thames, Oxfordshire, hijo de un clérigo inglés. Vivía con su socio en los Estados Unidos desde hace ocho años, en Nueva York y Los Ángeles.

Se educó en el hospital de Cristo y en la universidad de Brasenose , Oxford , donde se especializó en estudios sobre la Edad Media. Ha escrito tanto sobre la historia política y social de Gran Bretaña como sobre la historia de la magia popular y el ocultismo en las Islas Británicas y Europa. Entre sus obras más conocidas son las artes negras, El Tarot, Historia de la Magia, y el importante Man, Myth & Magic (de 24 volúmenes), que él mismo editó. Escribe regularmente para la revista británica History Today .

El trabajo de Cavendish es muy apreciado por su profundidad y postura en la investigación de su controversial tema que está escrito para un público no especializado, los libros como la magia negra y los poderes del mal en la religión occidental, la magia y las creencias populares permanecen accesibles y de buena reputación, y que conservan su interés después de décadas de su publicación inicial[1].

Gnosis

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Simón Magus sostenía que el primer Pensamiento divino fue la madre de varios poderes inferiores que crearon el mundo. Estos poderes capturaron el Pensamiento y lo mantuvieron prisionero en el mundo, encerrándolo en el cuerpo de una mujer. Durante siglos incontables, pasó de una encarnación femenina a otra, hundiéndose más y más en la degradación, hasta que se convirtió en una prostituta vulgar. Simón el gnóstico, tomó consigo una mujer llamada Elena y dijo que ella era el Pensamiento caído, encontrado por él en un burdel; él mismo era Dios, venido al mundo para redimirla. Ella había sido la Elena por cuya causa se libró la Guerra de Troya, y esta es la fuente de la historia de Fausto y de Elena de Troya. Simón se llamaba a sí mismo Fausto, “el favorito”.

Richard Cavendish
No. 56, Diciembre 1972 – Enero 1973
Tomo IX – Año IX
Pág. 390

El objeto

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A primera vista diríase que la cualidad fundamental del objeto es su inexistencia. Pero allí está: esbelto, repulido, desgastado de edades costrosas, domésticas, maternales; culoteado y reciente —caliginoso en sus resquicios menudos, ligeramente amarillados en la boca ávida de sus pequeñas cánulas retorcidas. La cavidad vesicular que hay en su interior es muy suave. Cuando chorrea sangre sus complicadas lubricaciones interiores se contorsionan como vísceras y como éstas parecen envueltas en rosados tegumentos. Esto es muy extraño porque el objeto está fabricado casi todo de hierro y de basalto. Su función, modificadora del ser le confiere por necesidad las más distintas apariencias según de donde se le observe; asemeja entonces deslumbrantes síntesis de cosas imaginadas o vilmente inventadas que se confunden tan violentamente entre sí, que de esa conjugación atroz se forma un solo objeto ulterior al que creímos estar observando y más real que ese, que es éste que tenemos aquí delante. Esponjoso y turbio a veces y otras mineral, adamantino el objeto se presenta inequívocamente como el resultado erróneo de una operación torpe del espíritu; como si su condición esencial fuera la de no poder ser concebido más que como un error; un objeto que es más un hecho inconsumado que una cosa y más un simulacro de una cosa que un hecho

Salvador Elizondo
No. 56, Diciembre 1972 – Enero 1973
Tomo IX – Año IX
Pág. 382

Las sábanas

Tenía razón, apenas se fuera, seguramente por falta de tiempo unos 4 o 5 días más tarde, las sábanas irían a la lavandería, desde luego con todas las palabras que se dijeron sobre ellas, con todas las caricias que se van escondidas entre las arruguitas. —No quiero pensar, debo olvidar la forma de pensar en ti. —Hace ya tiempo. Las sábanas han ido tantas veces a la lavandería que no debe quedar ya nada, absolutamente ya nada, de todo eso que dejé, el agua y el jabón lavan todo. ¿Por qué me acuerdo de las sábanas? —ahí están, arrugadas y solemnes. Había dos juegos, el amarillo y el azul, las fundas de las almohadas eran verdes, ¿se quedaron verdad?, no eran tuyas ni mías, eran del departamento. Se quedaron. —Hacer el amor es igual que nacer o morir, despiertas como si fuera la primera mañana del mundo, y tienes frío, porque después de morir siempre da un poquito de frio, y la cama es un gran pozo tibio y tengo que cerrar los ojos porque sentir tanto duele y encontrarse en otro que no se encuentra en ti, duele todavía más, y ese pozo que es un colchón en el suelo, —una semana tiene sábanas azules, la otra amarillas, el verde de las fundas no cambia— y son ritos antiquísimos y olvidos de noches abiertas, en Paris llueve mucho, no quiero pensar, debo olvidar la forma de pensar en ti.
He sobrevivido la espera.

Gloria Gervits
No. 56, Diciembre 1972 – Enero 1973
Tomo IX – Año IX
Pág. 379

Esperando el zarpazo

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El zamuro permanecía inmutable, apenas su negra capa se iba decolorando al lento paso de los días sin esperanza. Mi situación, sórdida y latente, no experimentaba cambio alguno a no ser la gradual convicción del cercano fin. Una constante: la oscura presencia del zamuro. No tenía necesidad ni de recurrir a la simbología ni de enredarme en complicadas deducciones, todo estaba claro como limpio cristal: el señor capa negra esperaba mi muerte. En base a esto todas las defensas de mi maltratado organismo se orientaban el sentido de postergar el inevitable desenlace. Por un extraño mecanismo cuya razón no logro comprender —tal vez el instinto de conservación común a todos los animales—, el escurrirse del tiempo fue aumentando mi resistencia llegando en el paroxismo a convertirme en un ser sordamente agresivo. Sabía que soportaba más allá del límite de mis fuerzas normales. El prolongado ayuno no había disminuido mi poder perceptivo, al contrario, lo había afinado. Con el tiempo y la ejercitación logré captar claramente la respiración del zamuro, sofocada durante el cálido día, calmosa durante la noche. Mi vista apreciaba el más leve movimiento de su capa, el más tenue brillo de una de sus plumas.

Mi posición no era muy favorable, confinado a una húmeda y sombría cueva. Boca arriba, paralizados todos mis movimientos, contemplando la insistente espera del podrido caballero de la negra capa. Como fondo de aquel desconsolador cuadro un pedazo de cielo de un azul triste desteñido.

No sé cuántos siglos se fueron por la cloaca. Casi gris el zamuro envejece. El árbol torcido donde espera desde el primer día adquiere consistencia de piedra.

Otro día el viento sopló con furia de perro rabioso: presagio. La resistencia acumulada en mi cuerpo cristalizó en aullido. El zamuro cayó como manzana podrida: señal. Impulsado por un oculto resorte me incorporé con agilidad felina y avancé hasta la salida de la cueva. Comprendí. La espera había culminado. El otro era la víctima.

Ednodio Quintero
No. 56, Diciembre 1972 – Enero 1973
Tomo IX – Año IX
Pág. 375