El objeto

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A primera vista diríase que la cualidad fundamental del objeto es su inexistencia. Pero allí está: esbelto, repulido, desgastado de edades costrosas, domésticas, maternales; culoteado y reciente —caliginoso en sus resquicios menudos, ligeramente amarillados en la boca ávida de sus pequeñas cánulas retorcidas. La cavidad vesicular que hay en su interior es muy suave. Cuando chorrea sangre sus complicadas lubricaciones interiores se contorsionan como vísceras y como éstas parecen envueltas en rosados tegumentos. Esto es muy extraño porque el objeto está fabricado casi todo de hierro y de basalto. Su función, modificadora del ser le confiere por necesidad las más distintas apariencias según de donde se le observe; asemeja entonces deslumbrantes síntesis de cosas imaginadas o vilmente inventadas que se confunden tan violentamente entre sí, que de esa conjugación atroz se forma un solo objeto ulterior al que creímos estar observando y más real que ese, que es éste que tenemos aquí delante. Esponjoso y turbio a veces y otras mineral, adamantino el objeto se presenta inequívocamente como el resultado erróneo de una operación torpe del espíritu; como si su condición esencial fuera la de no poder ser concebido más que como un error; un objeto que es más un hecho inconsumado que una cosa y más un simulacro de una cosa que un hecho

Salvador Elizondo
No. 56, Diciembre 1972 – Enero 1973
Tomo IX – Año IX
Pág. 382

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