Berlín 43

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El reducido salón privado de Hans Klinger acogía los más variados elementos, a manera de injertos caprichosos, con gran predominio de objetos bélicos y de libros. La combinación de los severos utensilios de guerra con rebuscados toques de refinamiento, daban la clásica atmósfera de un despacho de oficialía nazi. Hans Kliger, enfundado en su impecable uniforme, con la vista fija en la luz de sus botas negras, tamborileaba con los dedos la funda metálica de una rancia espada prusiana que, colgada en un rincón del cuarto, no tenía ya más finalidad que oxidarse.

En seguida, midiendo los pasos, como si un ritmo lento pudiera iluminar sus ideas, llegó hasta un escritorio. Extrajo del cajón superior una gruesa carpeta, cuya portada se adornaba con una swástica. La abrió y comenzó a desechar papeles. Encontró lo que buscaba: una hoja con anotaciones manuscritas. Después de leerla fría, automáticamente, la redujo a una pequeña figura de arrugas y la arrojó al suelo.

Las pupilas de Hans Kliger, dos hileras de brillo a medio borrar, delataban el peso progresivo del insomnio. Se sirvió una copa de aguardiente, que hizo desaparecer  al primer intento. Miró por la ventana, sin poder capturar un objetivo, y fabricó dos maldiciones con estupenda dicción. Estuvo a punto de tomar el teléfono, ociosamente situado sobre una mesita de hierro; pero cambió de parecer por la tentación de seguir acortando el nivel de la botella. Se despojó de su gorra militar, para propiciar una invasión de cabellos anarquistas en la frente.

Urgido en preparar juegos internos, se dio a perseguir determinados recuerdos que luego acomodaba en sitios convencionales, como un recurso inmediato a su vacío. Mientras, jugueteaba maquinalmente con un pequeño cañón a pequeña escala del temible “Bertha” y que cumplía funciones de encendedor. Un “Bertha”, con nombre de mujer y caricias homicidas. Pero todo eso ya no tenía ninguna importancia. Caminó hacia el librero para tomar un ejemplar bastante usado de “Una Alemania Mejor”, y en su lectura transcurrieron veintiocho minutos más de su existencia. En seguida se ocupó en buscar el papel que había estrujado. Lo dejó de nuevo en condición legible, y un pequeño lápiz apareció trazando signos.

Sólo pudo permanecer tranquilo unos breves instantes. Volvió a presionar el papel, ya sin ninguna utilidad inmediata. Descolgó la bocina del teléfono. Permaneció indeciso, con esa teatral angustia que trae la desventura, sin atreverse a marcar el número. Se quedó con la mirada fija en el escudo del partido nazi, y movió los labios sin lograr ningún sonido. La gruesa guerrera de estrecho cuello lo acaloraba: razón ideal para tirarla. Se sirvió otra copa, que ahora sorbió a pequeños tragos.

Un repentino acceso de voluntad lo llevó hacia el teléfono en cuyo disco marcó un número.

—¿El jefe?… Sí, habla Hans. Necesito me conceda un día más… ¿Cómo? ¡Le aseguro que estoy a punto de encontrar la solución!… Sí, sí, comprendo que sus actividades no pueden esperar, pero es una última oportunidad que solicito… ¡Compréndame; sólo se trata de una última vez!… ¡Usted puede acabar con mi carrera si no me escucha!… ¡Bueno, bueno, bueno!… ¡Colgó el muy…!

Derrotado, aunque ya sin la tirana presión de la esperanza, se sentó en un sillón y se quedó inmóvil. Sería cuestión de momentos esperar el final. Ese final aniquilante que acompaña al fracasado sin excusa. Se levantó, envuelto en esa resignación cercana a la indiferencia, para proveerse de nuevo licor. Eso ayudaría.

Entonces, bajo los efectos de la mermada botella, procedió con la calma inconsciente de la embriaguez, a vestirse con su nuevo uniforme de gala. Otra gorra nueva también, disimuló el caos de su pelo. Como final de actuación predilecta, se ciñó el cinturón que sostenía la funda de una temible “Luger”. Al siguiente paso, encadenado en la suficiencia de todo aquel que nada puede exigir a la fortuna, ensayó tres marcas de sonrisa ante un espejo, para luego marcar otro número:

—¡Bueno!… ¿A dónde hablo?… ¿La Policía?… Oiga: todo esto es un tanto extraño, así que le ruego prestar atención… Sí, sí; no interrumpa… Habla Hans Kliger… ¿Quién? ¡Oh, perdone! Es mi pseudónimo… Mi pseudónimo, mi apodo. ¡Caray!… Sí, por supuesto. Mi nombre original es Melchor Rueda… ¡Claro! Ya sé que está mejor, pero eso a usted no le importa… Lo que sí puede interesarle es que dentro de dos minutos, a más tardar, necesitaré suicidarme…Sí, sí; desde luego que es una historia larga; pero todo se reduce a que el jefe de la editora ya me perdió la confianza, y hoy mismo presenta su demanda… ¿Cómo dice? ¡No, no; es que yo soy escritor!… Sucede que no he podido dar un final conveniente para mi última novela, “Las Angustias del Führer”… Del Führer… ¡Oh, no tengo tiempo para explicarle esos términos!… Sí, claro que podría dejar una carta explicativa de mi suicidio; pero acabo de prometerme no volver a escribir jamás… ¿Mi dirección? ¡Ah, sí, claro! Es Berlin 43… ¡Berlín 43!… Cuarenta y tres… Eso mismo; cuatro, tres… No, No; descuide. Yo ya no tengo lugar para bromas…

Luis Enrique García
No. 21, Marzo 1967
Tomo IV – Año III
Pág. 236

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