El grito atrapado

Doña Amelia había sufrido su cuota en la vida. Como a todos los mortales, por cada sufrimiento que se callaba o que enfrentaba con entereza y a solas, un grito se le formaba poco a poco dentro de ella, grito que iba quedando atrapado. Con la vida, muchos fueron los gritos que, agazapados adentro, empezaron a entrelazarse hasta que se volvieron uno.

Sin embargo, había momentos felices y ahora su vida giraba en torno al amado. Fue al descubrir su traición que el grito ganó la batalla. Se enroscó fieramente en sus vísceras y el dolor fue tan intenso, que terminó aniquilando su corazón. Al momento de su muerte, el monstruoso grito abandonó su cuerpo y salió de su boca como una enorme serpiente negra y fluorescente. Las paredes del cuarto se estremecieron y el grito, al fin liberado, se perdió, culebreando en el espacio.

El que ella había amado, sólo sonrió. Rodeando con displicencia los hombros de su nuevo amor, le dijo:

—Ella fue siempre extraña, creo que estaba un poco loca.

Y se fueron caminando juntos por la ancha avenida.

Ana Gallegos
No. 132, Enero – Marzo 1996
Tomo XXVI – Año XXXII
Pág. 31

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