La señora de la tierra

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El mundo estaba lleno de agua. Y en el agua vivía la Señora de la Tierra. Era un monstruo cubierto de ojos y de fauces. Tezcatlipoca y Quetzalcóatl decidieron darle forma a la Tierra. Convertidos en serpientes, enlazaron y estrecharon al monstruo hasta que se rompió en sus dos mitades. Con la parte inferior hicieron la tierra y con la parte superior el cielo. Los otros dioses bajaron a consolarla y, para compensar el daño que Tezcatlipoca y Quetzalcóatl acababan de hacerle, le otorgaron el don de que su carne proporcionara cuanto el hombre necesita para vivir en el mundo. Su piel y sus cabellos quedaron convertidos en hierbas, grama, árboles y flores. Sus ojos se mudaron en pequeñas cuevas, pozos, fuentes. Su boca se transformó en ríos y en grandes cavernas, su nariz en los montes y en los valles.

De la teogonía náhuatl traducida por Ángel Ma. Garibay
No. 22, Abril 1967
Tomo IV – Año III
Pág. 348

Más vidas

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No obstante, el descubrimiento de una forma de vida, por humilde que sea, en un planeta cualquiera, afectaría enormemente nuestra visión del universo, transformando lo que ahora es pura suposición en una certeza. La presencia de algunos líquenes en Marte o de algunas amibas en los (hipotéticos) mares de Venus, nos probaría que la vida no es una enfermedad rara que sólo ha atacado a la Tierra. Una vez establecido este hecho, sería ilógico negar la existencia de formas superiores en otra parte.

Arthur C. Clarke
No. 22, Abril 1967
Tomo IV – Año III
Pág. 346

El libro de Eclesiastés

El Libro del Eclesiastés

El Libro del Eclesiastés

(Griego, Ekklesiastés, hebre., Qohéleth, “eclesiasta”, “asambleísta” o “congregacionista”)

A veces conocido como el “Libro del Predicador”, es un libro del Antiguo Testamento de la Biblia, y también del Tanaj, perteneciente al grupo de los denominados Libros Sapienciales, o de enseñanzas. En el Tanaj judío se ubica entre los Ketuvim (o los “escritos”). En el ordenamiento de la Biblia, Eclesiastés sigue a los Proverbios y precede al Cantar de los Cantares, mientras que en el Tanaj se encuentra entre estos dos mismos libros, pero en orden inverso: le antecede el Cantar de los Cantares, y le sucede el de Proverbios.

No debe confundirse con el Libro del Eclesiástico, el cual es otro libro sapiencial del Antiguo Testamento, de nombre similar.

El autor se llama a sí mismo Qohéleth que significa literalmente “el hombre de la asamblea” o “el representante de la asamblea”, el vocero, un tribuno de la asamblea del pueblo, que cansado de las ideas dominantes, se decide a tomar la palabra.

En el Tanaj (Qohéleth) es el nombre que se da al libro. La Septuaginta griega lo traduce como (Ekklesiastés), que significa “miembro de la congregación” o de la asamblea (ecclesía), y de ese título se deriva el título español Eclesiastés. Qohéleth ha sido traducido a partir de Lutero como “el predicador” (Der Prediger) o mejor aún “el orador -(persona que expone un tema ante una audiencia)”. Sin embargo, una traducción más aproximada de Qohéleth es “el congregador”, lo que también aplica mejor a Salomón e indicaría con qué propósito escribió el autor el libro.

Eclesiastés es un libro postexílico, cuyo autor se llama a sí mismo “hijo de David” y “rey en Jerusalén” (Eclesiastes 1:1), atribuido tradicionalmente, al igual que el Libro de Proverbios, al rey Salomón, actualmente su autoría se considera un misterio.

Varios círculos de eruditos niegan la a autoría salomónica. Comentan que se atribuía a Salomón cualquier obra filosófica eminente de la que se desconocía su autor y que estilo literario y el uso de la lengua lo ubica en tiempo de los persas de Ciro. Otro argumento es que el autor dice explícitamente en Eclesiastes 1:12 que en el momento de escribir el libro ya no era rey ” fui rey en Jerusalén”; sin embargo, esta última idea presenta oposición histórica pues Salomón fue el hijo de David que llegó al trono, y que su comentario “fui” es una figura retórica o poética.

Actualmente la mayoría de los eruditos comentan que conocer la fecha y autoría del libro con certeza es imposible por falta de evidencias históricas.4 El círculo de comentaristas a favor de la autoría salomónica lo sitúan en su vejez,5 cuando su filosofía había sido enriquecida por filosofías foráneas. (1Reyes 10:23-24)

El primero en dudar de la autoría salomónica de Eclesiastés fue Hugo Grocio, en 1644, quien encontró que en el texto hebreo hay muchas palabras que solamente se encuentran en Daniel y Esdras. En 1875, en su comentario al Cantar de los Cantares y Eclesiastés, Franz Delitzsch probó que el hebreo de Eclesiastés no corresponde a la época de Salomón y es posterior al exilio.

El autor parece un hombre incuestionablemente ilustrado. Qohélet conoce lo que pasa fuera de las fronteras de Israel, ha viajado y ha estado en profundo y prolongado contacto con el helenismo. Aunque esto es claro, mucho más difícil resulta establecer con cuál de las tres grandes corrientes de pensamiento helénico comulga o simpatiza: no se sabe si fue cínico, epicúreo o estoico.

Tanto Siegfried como Podechard sostuvieron que el libro estaría compuesto por una base original a la que se han ido añadiendo diversas partes. Ya el epílogo, por el modo en que menciona al autor, sería de redacción posterior. Otros refranes que echan mano de cierta métrica muestran quizás la intervención de otro autor. Sin embargo, los indicios no son suficientes todavía como para afirmar con certeza la diversidad de autores.

La lengua del escrito es ya fuertemente arameizante, con términos que provienen del lenguaje común de la calle o el mercado y con algunos préstamos del persa (como pardes: jardín, huerto, parque; medina: provincia, distrito, barrio), en tanto que las reflexiones corresponden más bien a un fondo helénico[1].

 

[1] http://es.wikipedia.org/wiki/Libro_del_Eclesiast%C3%A9s

Yo se…

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12. Ni sabe el hombre su fin, sino que como los peces se prenden con el anzuelo, y como las aves caen en el lazo, así los hombres son sorprendidos de la adversidad, que los sobrecoge de repente.

Eclesiastés
No. 22, Abril 1967
Tomo IV – Año III
Pág. 341

Octavio Augusto

Octavio Augusto

Octavio Augusto

(Cayo Julio César Octavio)

 

Primer emperador romano (?, 63 a. C. – Nola, Nápoles, 14 d. C.). Procedía de una rica familia del orden ecuestre de Veletri (su abuelo fue banquero y su padre, pretor de Macedonia). Por parte de madre era sobrino-nieto de Julio César, el cual le adoptó en el 45 a. C. y le designó su heredero.

Tras la muerte de César (44), entabló la lucha contra el que había sido su lugarteniente, Marco Antonio; para ello contó con el apoyo de Cicerón y de los republicanos del Senado, que esperaban dividir a los cesaristas enfrentándoles entre sí; también contó con el apoyo de los grandes financieros (como Mecenas), lo que le permitió costearse un ejército propio.

Tras derrotar a Marco Antonio en la batalla de Módena, exigió del Senado el nombramiento de cónsul; rechazado por su juventud (tenía sólo 20 años), marchó sobre Roma y tomó el poder sin combatir, ya que las legiones enviadas contra él prefirieron apoyarle.

Desde el año 43 a. C., pues, Octavio Augusto fue cónsul y se hizo otorgar poderes extraordinarios. Enfrentado a las resistencia de los republicanos Bruto y Casio, fuertes en Oriente, Octavio decidió aliarse con sus antiguos enemigos Marco Antonio y Lépido (entrevista de Bolonia, 43) y formar con ellos un triunvirato. Comenzó entonces la persecución de los republicanos (en la cual murió Cicerón), que culminó en la batalla de Filippi en Macedonia (42).

Marginado Lépido, Octavio se repartió el poder de hecho con Marco Antonio, dejando a este último la zona oriental, mientras él permanecía en Roma y controlaba la parte occidental. El enfrentamiento entre ambos condujo a la Guerra de Perugia (41), en la que el jefe militar de Octavio Augusto, Agripa, derrotó a los antonianos. La conferencia de Brindisi (40) estableció un nuevo reparto de zonas de influencia entre los triunviros: Octavio dominaba en Occidente; Marco Antonio en un Oriente restringido, que alcanzaba sólo hasta el río Drin (en Albania); Lépido en África; e Italia se consideraba neutralizada bajo el dominio conjunto de los triunviros. El matrimonio entre la hermana de Octavio y Antonio selló la paz, que se mantuvo durante cuatro años.

Además, en el 39 Sexto Pompeyo recibió Sicilia, Cerdeña, Córcega y Acaya, con el compromiso de mantener a Roma abastecida de grano; pero en el 36 Octavio hubo de enfrentarse a Sexto Pompeyo, a quien derrotó en la batalla de Nauloque (Sicilia). El gobierno de Octavio Augusto se hizo popular en Occidente en virtud de su impulso a la agricultura y de la integración de las provincias con Roma.

Mientras tanto, Marco Antonio había sucumbido a la influencia de Cleopatra VII de Egipto y practicaba una política orientalizante, poco propicia a los intereses romanos; Octavio explotó en su favor esta circunstancia, declarando la guerra a Cleopatra en el 32 («Guerra Ptolemaica»). Tras la victoria naval de Actium (31), entró en Alejandría, donde Marco Antonio y Cleopatra se suicidaron (30). Con la anexión de Egipto, Octavio dio a Roma el control sobre todo el Mediterráneo.

Aprovechando su prestigio, Octavio transformó el régimen político de la República romana en una especie de monarquía que recibe los nombres de Principado o Imperio; el nuevo régimen consistía en un equilibrio de poder entre el Senado y el pueblo romano, por un lado, y el emperador y su casa, por otro.

Inicialmente, se hizo renovar cada año el mandato como cónsul en solitario, al cual fue añadiendo nuevos títulos que reafirmaron su poder; princeps senatus (el primero de los senadores) en el 28 a. C.; augustus (título religioso que reflejaba su misión divina) e imperator proconsulare de Galia, Hispania y Siria (lo que le otorgaba el mando militar) en el 27; tribuno vitalicio (con poder de veto sobre las decisiones de los magistrados) en el 23; cónsul vitalicio y prefecto de las costumbres en el 19; gran pontífice (jefe religioso del Imperio) en el 12; y «padre de la patria» en el año 2 a. C.

Si bien rechazó su divinización en vida, Octavio Augusto aprovechó en su favor el culto de los genios, fomentando un culto al emperador que se convirtió en un vínculo adicional entre los habitantes del Imperio. Paralelamente, reformó las instituciones romanas, adaptándolas a la necesidad de gestionar un Imperio tan extenso: creó el Consejo del Príncipe, órgano de gobierno integrado por hombres de su confianza (Agripa, Mecenas.); dividió las provincias en senatoriales (confiadas a un gobernador sin mando militar nombrado por el Senado) e imperiales (gobernadas por un legado del emperador); reorganizó la fiscalidad, sometiéndola a su gestión directa y haciéndola menos gravosa; protegió el culto; favoreció al orden ecuestre frente a la aristocracia senatorial; aseguró los límites del Imperio frente a los partos y a los germanos; y continuó la expansión en la zona del Danubio y el mar Negro. Entre las debilidades de su poder destaca el no tener sucesor (no tuvo hijos varones de sus tres matrimonios); acabó por adoptar a su yerno Tiberio, al cual asoció en el poder desde el 13 d. C., y que le sucedería sin dificultad después de su muerte[1].

 

[1] http://www.biografiasyvidas.com/biografia/a/augusto.htm

Liebres

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Hay que inventar liebres para poder hacer de nuestra vida un extenso y luminoso día de caza, y para poder decretar que somos cazadores. Pero hay que inventarlas vivas, ágiles, inasibles. Siempre queda, además, la posibilidad de que nuestras liebres inventadas resulten idénticas a otras invisibles pero reales, y aún tengan sus mismos movimientos.

José Pedro Díaz
No. 22, Abril 1967
Tomo IV – Año III
Pág. 294
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Un hotel

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La vida en un hotel es excitante. El mobiliario puede contarse con los dedos de la mano, nos libera de la incomodidad de la mudanza. Alquilar tranquiliza. Es la transición entre el despojamiento y la posesión. Un cuarto de hotel amueblado es la desembocadura de una sala de espera. Tabiques entre las piezas, resonancias malditas, resonancias afrodisiacas, comunidad de alveolos, contagio de la riña, del celo y de drama. Empecemos de nuevo a hacer el amor con nuestros vecinos los amantes. Nuestros semejantes se perfilan con los gritos, nos dan y les damos la embriaguez y la furia. Promiscuidad, penetración, espejismo de comunidad, eso es un hotel amueblado.

Violette Leduc
No. 22, Abril 1967
Tomo IV – Año III
Pág. 329

El robot

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El robot pareció adquirir conciencia de sí mismo. Lo comprendí en el brillo maléfico de sus foquillos, despidiendo miradas que me veían.
Las miradas intensas me traspasaron al ser devueltas por el espejo ante el que yo estaba, obedeciendo a la orden de observarme en esa superficie desde la cual me veía el otro robot.

Nicio de Lumbini
No. 22, Abril 1967
Tomo IV – Año III
Pág. 323

Kawelu y Hiku

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Abandonada por su amante, Kawelu muere de tristeza. Hiku desciende a los Infiernos a lo largo de la cepa de una viña, se apodera del alma de Kawelu, la encierra en un coco y vuelve a la Tierra. La devolución del alma al cuerpo sin vida se hace del siguiente modo: Hiku introduce el alma en el dedo gordo del pie izquierdo, después al friccionar la planta del pie y la pantorrilla, consigue que llegue hasta el corazón. Antes de descender a los infiernos, Hiku había tomado la precaución de untar su cuerpo con aceite rancio para tener el mismo olor que un cadáver; cosa que no hizo Kena, por lo que inmediatamente fue descubierto por la Dama de los Infiernos.

Micera Eliade
No. 22, Abril 1967
Tomo IV – Año III
Pág. 316

Floración

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Abrí los ojos cuando amaneció en un lugar desconocido para mí y vi una muchacha desnuda que corría por el campo y que intentaba ocultarse de mí. En una ocasión, cuando se detuvo y me miró, pude ver que sus pechos parecían que iban a reventar, como si fueran capullos de rosas al sol de mayo y eché a correr hacia el Sur intentando atraparla, porque quería enterrar mi rostro en aquellas abiertas rosas y capullos para conocer su fragancia. Cuando, después, llegué hasta ella, cayeron todos los pétalos de sus pechos, se echaron a volar con el viento y ya no pude volverla a ver ni pude saber dónde fue, pero las semillas que se desprendieron de ella aquel día son las flores que están floreciendo ahora.

Erskine Caldwell
No. 22, Abril 1967
Tomo IV – Año III
Pág. 315

Violette Leduc

 

 

Violette Leduc

 

Violette Leduc

(n. en Arras el 7 de abril de 1907 – f. en Faucon el 28 de mayo de 1972)

 

Fue una escritora francesa.

Hija ilegítima de Berthe, quien se desempeñaba como personal doméstico, Leduc pasó la mayor parte de su niñez con baja autoestima, exacerbada por la hostilidad y falta de protección de su madre. Sin embargo, tendió lazos de amistad con su abuela, Fideline, y su tía materna Laure.

Su educación formal comenzó en 1913, pero se vio interrumpida por la Primera Guerra Mundial. Finalizada la guerra, regresó a la escuela, en el Collège de Douai, donde experimentó una relación lésbica con una compañera de curso y un instructor de música, quien fue despedido luego de que se conociera el incidente.1

En 1926, se mudó a París y se enroló en el Lycée Racine. Ese mismo año, no aprobó el examen de ingreso y comenzó a trabajar como operadora telefónica y secretaria en la editorial Plon.

En 1942 conoció a Maurice Sachs y Simone de Beauvoir, quienes la animaron a escribir. Su primera novela, L’Asphyxie, fue publicada por Albert Camus en la editorial Gallimard y fue elogiada por Jean-Paul Sartre, Jean Cocteau y Jean Genet.

En 1955, Leduc fue obligada a remover parte de su novela Ravages debido a los pasajes sexualmente explícitos que describían escenas de lesbianismo. Los pasajes censurados fueron eventualmente publicados como una novela, llamada Thérèse and Isabelle en 1966. Otra de sus novelas, Le Taxi causó controversia debido a la descripción de incesto entre hermano y hermana. La crítica Edith J. Benkov compara esta novela con la obra de Marguerite Duras y Nathalie Sarraute.

Su obra más conocida, las memorias La Bâtarde, fue publicada en 1964. Ganó el Premio Goncourt y rápidamente se convirtió en un bestseller. Luego escribió otros ocho libros, entre ellos La Folie en tête, la segunda parte de su autobiografía literaria.

En 1968 Radley Metzger realizó una película basado en la novela Thérèse and Isabelle, protagonizado por Essy Persson y Anna Gael.

Contrajo cáncer de mama y murió a la edad de 65 años, luego de dos operaciones[1].

 

[1] http://es.wikipedia.org/wiki/Violette_Leduc

Justo castigo

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Los demonios me contaron que hay un infierno para todos los sentimentales y los pedantes. Ahí los abandonan en un interminable palacio, más vacío que lleno, y sin ventanas. Los condenados lo recorren como si buscaran algo y, ya se sabe, al rato empiezan a decir que el mayor tormento consiste en no participar de la visión de Dios, que el dolor moral es más vivo que el físico, etcétera. Entonces los demonios los echan al mar de fuego, de donde nadie los sacará nunca.

Adolfo Bioy Casares
No. 24, Junio – Julio 1967
Tomo IV – Año IV
Pág. 511

Amor

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“…Las cosas, los objetos, nos gastan. Doy vuelta la cabeza. Me devorarían. El silencio de mi cuarto es el silencio de tu piano, el silencio de lo que ya no tocas. Modelabas la sonoridad, el musgo de los bosques alegraba el cielo. Una gran música estudiosa. Mi sueño, tu respiración sobre la mano que te escribe. De noche esto es más fácil. Las distancias, las nuestras, son discretas. ¿Cuándo me besarás hasta que te pida clemencia? Beso tus frases, beso tus palabras, recorro con mis labios tu papel de carta. ¿Cuándo estrás en mis brazos?”.

Violette Leduc
No. 22, Abril 1967
Tomo IV – Año III
Pág. 312

Confesiones

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Yo, por ejemplo, misántropo, hosco, jorobado, pudrible, inocuo exhibicionista, inmodesto, siempre desabrido o descortés o gris o tímido según lo torpe de la metáfora, a veces erotómano, y por si fuera poco, mexicano, duermo poco y mal desde hace muchos meses, en posiciones fetales, bajo gruesas cobijas, sábanas blancas o listadas, una manta eléctrica o al aire libre, según el clima, pero eso sí, ferozmente abrazado a mi esposa, a flote sobre el río de los sueños.

Gustavo Sainz
No. 22, Abril 1967
Tomo IV – Año III
Pág. 309

Edwin Morgan

Edwin Morgan

Edwin George Morgan

(27 abril 1920 a 17 agosto 2010)

Fue un escocés poeta y traductor que estaba asociado con el renacimiento escocés. Reconocido como uno de los poetas más importantes de Escocia del siglo 20.

Morgan nació en Glasgow y creció en Rutherglen. Ingresó en la Universidad de Glasgow en 1937. Ahí estudió francés y ruso, y en forma autodidacta “un poco de italiano y alemán”. Interrumpió sus estudios para servir en la Segunda Guerra Mundial sin combatir por objeción de conciencia en el Royal Army Medical Corps. Volvió a graduarse en 1947 y se convirtió en profesor en la Universidad. Allí trabajó hasta su jubilación en 1980.

El 17 de agosto de 2010, Edwin Morgan murió de neumonía en Glasgow, Escocia, a la edad de 90 años[1].

 

[1] http://en.wikipedia.org/wiki/Edwin_Morgan_(poet)

La sombra de las jugadas

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En uno de los cuentos que integran la serie de los Mabinogion, dos reyes enemigos juegan al ajedrez, mientras en un valle cercano sus ejércitos luchan y se destrozan. Llegan mensajeros con noticias de la batalla; los reyes no parecen oírlos e inclinados sobre el tablero de plata, mueven las piezas de oro. Gradualmente se aclara que las vicisitudes del combate siguen las vicisitudes del juego. Hacia el atardecer, uno de los reyes derriba el tablero, porque le han dado jaque mate y poco después un jinete ensangrentado le anuncia: Tu ejército huye, has perdido el reino.

Edwin Morgan
No. 22, Abril 1967
Tomo IV – Año III
Pág. 306

Infiernito

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Tres siglos antes de la era cristiana, Asoca, emperador de la India, ordenó a sus arquitectos y albañiles, la erección de un infierno terrenal, rico en montañas de cuchillos y piletas de aceite hirviendo. Un monje budista, que recorría la comarca, fue el penúltimo de los huéspedes; los alguaciles lo arrojaron a una de las terribles piletas, cuyo aceite, al contacto del cuerpo venerable, se convirtió en agua tibia, florecida de lotos. Asoca no desoyó esta advertencia y ordenó la demolición del recinto, no sin antes agotar las torturas en la persona del administrador. El peregrino budista Sung Yun ha referido el caso.

P. Zaleski
No. 22, Abril 1967
Tomo IV – Año III
Pág. 305

Mircea Eliade

Mircea Eliade

Mircea Eliade

(Bucarest, Rumania, 9 de marzo 1907 – Chicago, Estados Unidos, 22 de abril 1986)

Fue un filósofo, historiador de las religiones y novelista rumano. Hablaba y escribía con corrección rumano, francés, alemán, italiano e inglés, y podía también leer hebreo, persa y sánscrito. La mayor parte de su obra la escribió en rumano, francés e inglés. Formó parte del Círculo Eranos.

Estudió el bachillerato en Bucarest y posteriormente Filosofía en la misma ciudad, licenciándose con un estudio sobre la filosofía en el Renacimiento italiano, para lo que viajó a Italia y entró en contacto con Giuseppe Tucci (experiencias que recogió en las novelas autobiográficas Novela del adolescente miope y Gaudeamus); Tucci le puso en contacto con el que sería su gran mentor, Surendranath Dasgupta; se trasladó a la India y estudió la lengua, el pensamiento y la tradición religiosa del hinduismo. De 1932 a 1940 enseñó en Bucarest. En 1940 se le nombró agregado cultural de la embajada de Rumania en Londres y posteriormente en Lisboa.

Al terminar la segunda guerra mundial viajó a París, donde llegó a ser profesor de la École Pratique des Hautes Études hasta 1957, año en que se le nombró catedrático de historia de las religiones en la Universidad de Chicago, donde enseñó hasta su muerte, acaecida en el año 1986.

Se considera a Mircea Eliade uno de los fundadores del estudio de la historia moderna de las religiones. Erudito estudioso de los mitos, Eliade elaboró una visión comparativa de las religiones, hallando relaciones de proximidad entre diferentes culturas y momentos históricos. En el centro mismo de la experiencia religiosa, Eliade situó a lo sagrado, como la experiencia primordial del Homo religiosus.

Su formación como historiador y filósofo lo llevó a profundizar en mitos, sueños y visiones, escribiendo sobre el misticismo y el éxtasis. En la India, estudió el yoga y leyó directamente en sánscrito textos clásicos del hinduismo que no habían sido traducidos a lenguas occidentales.

Prolífico escritor, su capacidad de síntesis es notable. De sus escritos suele resaltarse el concepto de hierofanía, con el cual Eliade define la manifestación de lo trascendente en un objeto o fenómeno de nuestro cosmos habitual.

Hacia finales del siglo XX, los textos de Eliade alimentan intensamente la visión gnoseológica de nuevos movimientos religiosos, surgidos con la contracultura de los años sesenta.

En la década de 1980 fue duramente criticado por sus vínculos con la Guardia de Hierro, su antisemitismo de juventud (se puede apreciar en sus novelas iniciales y en sus diarios) y sus posturas de ultraderecha, propias de la Rumanía de 1920-1939. Eliade nunca se arrepintió públicamente de este antijudaísmo, cosa que sí hicieron Emile Cioran o Eugene Ionesco. Sin embargo, en Chicago tuvo muchos alumnos universitarios de origen judío, que lo defendieron de estas acusaciones. Eliade sabía hebreo, colaboró con el especialista en cábala Gershom Scholem y tuvo entre sus mejores amigos a Mihail Sebastian, judío[1].

 

[1] http://es.wikipedia.org/wiki/Mircea_Eliade

El bosque de la verdad

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Un rey tenía un hijo llamado Phui. Este hijo, un día penetró a caballo en un bosque enorme. De pronto, todo lo que había en el bosque se transformó en flores. Solamente el príncipe y el caballo permanecieron príncipe y caballo… Al volver al palacio, Phul contó el prodigio a su padre, quien no quiso creerle y lo reprendió por haber mentido. Llamó al pandit real y le ordenó leer al príncipe anécdotas y máximas contra la mentira. El príncipe, sin embargo, se obstinaba en pretender que había dicho la verdad. Entonces, el rey congregó un ejército y partió para el bosque. Allí, en un instante, se convirtieron todos en flores. Pasó un día. Luego el hijo junto los libros de anécdotas y de preceptos y se fue al bosque, arrancó las páginas y las dispersó a los cuatro vientos. A medida que las hojas se diseminaban, los soldados del rey resucitaron, y el rey también.

Mircea Eliade, en Noche Bengali
No. 22, Abril 1967
Tomo IV – Año III
Pág. 303

Silvina Ocampo

Silvina Ocampo

Silvina Ocampo

(Buenos Aires, 1906 – 1993)

Escritora argentina. Era hermana de la escritora y fundadora de la revista Sur, Victoria Ocampo, y esposa del gran narrador argentino Adolfo Bioy Casares. Autora deslumbrante por la calidad literaria de sus cuentos, ha pasado a la historia de la literatura argentina del siglo XX por la crueldad desconcertante que supo imprimir en algunos protagonistas de estos relatos.

Nacida en el seno de una familia hondamente arraigada en los círculos culturales argentinos, su primera vocación artística la orientó hacia el cultivo de las artes plásticas; pero, tras recibir lecciones de pintura de Giorgio de Chirico, abandonó los pinceles y se adentró en el mundo de las Letras.

Su irrupción en el panorama literario argentino vino de la mano de un libro de cuentos, Viaje olvidado (1937), que al cabo de los años acabaría siendo objeto del desprecio de la propia escritora. Tras este mediocre estreno en la narrativa, volvió a las librerías con su primer libro de versos, titulado Enumeración de la patria (1942), en el que se sumaba a la tendencia de recuperar los modelos clásicos de la antigua poesía castellana. Idéntico esfuerzo realizó en su siguiente poemario, Espacios métricos (1945), al que siguieron, dentro del campo de la lírica, otras publicaciones como las tituladas Poemas de amor desesperado (1949), Los nombres (1953) y Pequeña antología (1954).

Tras un largo período de silencio poético en el que el cultivo de la prosa ocupó sus quehaceres literarios, en 1962 volvió a dar a la imprenta otro poemario, Lo amargo por lo dulce, que enseguida quedó considerado como uno de sus mejores logros en el género de la lírica. Finalmente, en 1972 publicó su última entrega poética, titulada Amarillo celeste.

Pero las mayores cotas literarias las alcanzó Silvina Ocampo con sus incursiones en el género de la narrativa de ficción, al que contribuyó también con valiosas aproximaciones en forma de ensayos y antologías. Dentro de una de las tendencias congregadas en torno a la revista Sur, y constituida por autores de la talla de Jorge Luis Borges, Adolfo Bioy Casares, Manuel Peyrou y Enrique Anderson Imbert, Silvina Ocampo apostó por la elevación de la literatura fantástica y policíaca a la categoría de géneros de primer orden.

En compañía de su esposo y del mencionado Borges, preparó una Antología de la literatura fantástica (1940) que se convirtió en una de las piezas emblemáticas de la mencionada corriente. Además, aquel mismo año los tres autores presentaron una Antología poética argentina. Posteriormente, volvió a colaborar con Bioy Casares, pero ahora en una obra de creación, la novela policíaca titulada Los que aman odian (1946).

A partir de entonces, se enfrascó en la escritura de numerosos relatos, que fueron viendo la luz en sucesivas recopilaciones: en 1948 apareció el volumen titulado Autobiografía de Irene, al que siguieron los relatos de La furia y otros cuentos (1959), Las invitadas (1961), El pecado mortal y otros cuentos (1966), Informe del cielo y del infierno (1969), Los días de la noche (1970), Y así sucesivamente (1987) y Cornelia frente al espejo (1988). Los cuentos de todos estas recopilaciones están poblados de seres fantásticos que aparecen enfocados desde la ironía y el humor negro de que hace gala su autora, o bien deformados por la extraña percepción de unos narradores incompetentes, incapaces de establecer cualquier pauta ética que les permita separar el bien del mal.

Por medio de este recurso en la composición estructural de sus relatos, Silvina Ocampo consigue dejar plasmada una corrosiva crítica de las convenciones sociales de su tiempo, ya que su exagerado distanciamiento de cualquier pauta social establecida y de la realidad circundante pone un contrapunto de desasosiego -y a veces, de explícita crueldad- que amenaza con destruir el lenguaje y las estructuras tradicionales. Además de las obras ya mencionadas, Silvina Ocampo colaboró con el dramaturgo Juan Rodolfo Wilcock en la redacción del drama titulado Los traidores (1956)[1].

 

[1] http://www.biografiasyvidas.com/biografia/o/ocampo_silvina.htm

Informe del más allá

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A ejemplo de las grandes casas de remate, el Cielo y el Infierno contienen en sus galerías hacinamientos de objetos que no asombrarán a nadie, porque son los que habitualmente hay en las casas del mundo. Pero no es bastante claro hablar sólo de los objetos: en esas galerías también hay ciudades, pueblos, jardines, montañas, valles, soles, lunas, vientos, mares, estrellas, reflejos, temperaturas, sabores, perfumes, sonidos, pues todas suerte de sensaciones y de espectáculos nos depara la eternidad.

…Cuando mueras, los demonios y los ángeles, que son parejamente ávidos, sabiendo que estás adormecido, llegarán disfrazados a tu lecho y, acariciando tu cabeza, te darán a elegir las cosas que preferiste a lo largo de la vida. En una suerte de muestrario, al principio te enseñarán las cosas elementales. Si te enseñan el sol, la luna o las estrellas, los verás en una esfera de cristal pintada, y creerás que esa esfera de cristal es el mundo; si te muestran el mar o las montañas, los verás en una piedra y creerás que esa piedra es el mar y las montañas; si te muestran un caballo, será una miniatura, pero creerás que ese caballo es un verdadero caballo. Los ángeles y los demonios distraerán tu ánimo con retratos de flores, de frutas abrillantadas y de bombones, haciéndote creer que eres todavía un niño; te sentarán en una silla de monos, llamada también silla de la reina o sillita de oro, y de ese modo te llevarán, con las manos entrelazadas, por aquellos corredores, al centro de tu vida, en donde moran tus preferencias. Ten cuidado. Si eliges más cosas del Infierno que del Cielo irás tal vez al Cielo; de lo contrario, si eliges más cosas del cielo que del Infierno corres el riesgo de ir al Infierno, pues tu años a las cosas celestiales denotará mera concupiscencia.

Silvina Ocampo, en La Furia (1959)
No. 22, Abril 1967
Tomo IV – Año III
Pág. 297

Mercedes Rein

Mercedes Rein

Mercedes Rein

(Montevideo, 19 de noviembre de 1930 – ídem, 31 de diciembre de 2006)

 

Fue una dramaturga y narradora uruguaya.

Profesora de literatura en Enseñanza Secundaria, en 1955 viajó becada a la Universidad de Hamburgo para estudiar filosofía y letras. Fue también asistente de Literatura Hispanoamericana en la Facultad de Humanidades y Ciencias, cargo del que fue destituida por la dictadura.

Colaboradora desde 1956 del Semanario Marcha, donde ejerció intermitentemente la crítica literaria y teatral, Rein fue uno de los miembros del jurado, integrado también por Juan Carlos Onetti y Jorge Ruffinelli, del fatídico concurso de cuentos del semanario, por el cual Onetti, ella y el autor del cuento “El guardaespaldas”, Nelson Marra, fueron encarcelados en 1974.

Rein proviene del movimiento de teatro independiente. Su obra El herrero y la muerte, escrita con Jorge Curi, estuvo más de seis años en cartel en el Teatro Circular. Juana de Asbaje (1993) le permitió ganar el Premio Florencio a la mejor obra teatral del año.

Como traductora (sobre todo del alemán, como consecuencia de su estancia en Alemania), ha vertido al español textos de Bertolt Brecht (El círculo de tiza caucasiano, La opera de dos centavos, Galileo Galilei), Arthur Miller y Friedrich Dürrenmatt, entre otros, los cuales posteriormente llevó a escena. También tradujo al español El contrabajo de Patrick Suskind.

Como narradora, destacan sus inquietantes Zoologismos (1967). Con su delirante y obsesiva invasión de presencias fantasmales, tal vez sea lo más logrado de su producción narrativa. Ha sido también la responsable de las letras de varias canciones de Jorge Lazaroff.

Siendo docente, en su obra ensayística, además de trabajos académicos sobre el filósofo alemán Ernst Cassirer y los escritores Julio Cortázar y Nicanor Parra, figuran también algunos manuales sencillos de intención pedagógica.

Mercedes Rein fue también colaboradora del Semanario Brecha y miembro de número de la Academia Nacional de Letras[1].

 

[1] http://es.wikipedia.org/wiki/Mercedes_Rein