De espejos

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Pongo las manos sobre el fuego y no siento nada. Pongo las manos a la lluvia y no me moja. Me miro en el espejo y no estoy enfrente.

A. F. Molina
No. 132, Enero – Marzo 1996
Tomo XXVI – Año XXXII
Pág. 107

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Azares del destino

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Esta historia comienza como comienzan todas las historias. Dicen que eran muy felices desde antes de ser totalmente felices. Sus vidas se encontraron para encontrar el porqué de sus vidas. Jóvenes los dos, tenían que definir el rumbo de sus destinos jóvenes. Brillantes futuros que hacían brillar los presentes. El uno y el otro se tenían uno a otro. Jamás se habían pedido perdón, porque se sabían de antemano perdonados. Su amor florecía y tendrían una muestra que sólo tardaría unos cuantos meses en florecer.

Nadie podía imaginar que nada más porque sí, él decidió pasar por ese mismo lugar por donde una irresponsable descarga de alta tensión llevaba la preferencia y no respetó nada a su paso.

Sólo quedó el humo desvanecido para recordar que los recuerdos vuelan pero no se convierten en humo.

Así se acaba esa historia.

Hay historias que terminan igual que todas, hay otras que sin motivo y sin razón parece que no terminan. Son el inicio de destinos que se harán historias, que todavía no son, historias sin raíces que nada más porque sí tienen que enraizar, hacerse historias que serán raíces de otros destinos.

A mí todo esto me lo contaron mamá y los abuelos. Yo nací tres meses después de que se acabara la historia.

Gabriela Sáenz Carrillo
No. 132, Enero – Marzo 1996
Tomo XXVI – Año XXXII
Pág. 104

Sueño y verdad del doctor Ducasse

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Anoche soñé que al entrar al quirófano veía, sorprendido, sobre la mesa de operaciones, una máquina de coser y un paraguas. Esta mañana entré en la sala de operaciones y sobre la mesa estaban, efectivamente, el paraguas y la máquina de coser del sueño. No me asombré esta vez, porque supe que la máquina de coser era de la enfermera jefe, que la dejó allí un momento, de pasada entre el cuarto de vestir y los talleres (que se ocupan de repasar nuestras batas, botas de tela, gorros, y de remendar los fondillos), quien además me pidió permiso para hacerlo el día anterior por la tarde. El paraguas pertenecía a Andrés bretón de los Herreros, anestesista de profesión y hombre distraído hasta el absurdo y el asesinato.
Además, la sorpresa la había agotado ya el sueño.

Anotado en: Montevideo, el 15 de julio de 1879
Dr. I Ducasse, médico cirujano
Avenida del General Mitre 5.

Guillermo Cabrera Infante
No. 132, Enero – Marzo 1996
Tomo XXVI – Año XXXII
Pág. 95

El tunel

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Sí le diré a mis amigas las ratas que me construyan un túnel, pero lo peor es la sociedad porque si uno se muere lo meten en un cajón y que se pudra y la mujer llora y le pone cirios y misas y flores y cruces y lo mejor era quemar al muerto y así dejaba de existir en otras existencias no existía en la existencia del gusano y del mal olor pero si uno camina por el lado opuesto le echan la zancadilla y se tiran encima y le golpean en la cabeza y uno tiene que decir lo que no quería decir porque cuando es golpeado uno en la cabeza no sabe lo que dice y por eso los poetas son tan odiados porque caminan siempre al revés y no andan en línea recta y se meten en una circunferencia y no salen de ella aunque llueva y el carnicero de la esquina cree que no morirá nunca porque está muy gordo y ha ganado mucho dinero vendiendo carne y yo sé qué clase de carne vende porque un día le pregunté a mi novia qué clase de carne vendía y ella —la muy imbécil— me contestó que vendía carne de ternera, de vaca, de cerdo, y no, no era carne de ternera, el carnicero de la esquina vende carne de hombre muerto y mi novia no quiso salir más conmigo porque le dije la verdad, así que lo mejor es decirles a las ratas que me hagan un túnel en mi tumba y así podré salir y darle una sorpresa a la familia, pero si toco a la puerta se pueden morir todos del susto y yo no sé qué hacer con tanto muertos y tantas cajas y tantas lágrimas y tantas tumbas y tantas misas y tantos curas, así que es mejor no ir a casa después de muerto y decirles a las ratas que me hagan el túnel para salir a pasear por el cementerio a leer al Conde de Ducasse y luego volver al cajón a pudrirse como corresponde a un muerto bien educado.

Manuel Pacheco
No. 132, Enero – Marzo 1996
Tomo XXVI – Año XXXII
Pág. 92