Astucia de virrey

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Se quejó una viuda de que un platero rico, su compadre, a quien había empeñado en mil pesos unas pulseras de mucho precio, se había quedado con ellas para uso de su esposa, negando el contrato de que no había constancia ni testigos. El Virrey hizo retirar a la querellante a una pieza interior, y comparecer al platero en su presencia. Le refirió la demanda, y negaba: aparentó darse por satisfecho, entrando en conversación sobre materias, y haciéndole varias preguntas, paseándose al mismo tiempo por el salón. En medio de la parla, haciendo ademán de buscar por las bolsas de su casaca, dixo: “me he dejado adentro de mi caxuela, ¿V. usa polvos?” “Sí, señor”, respondió el patrón franqueándole la suya.

La tomó S. E. y quedándose con ella en la mano, como por olvido o abstracción, continuó sus paseadas, y llegándose a la puerta la entregó a un alabardero, y le previno en secreto marcharse con ella a la casa del platero, diciendo a nombre de éste a su esposa, que por señas de aquella caxa, le entregase las pulseras de la comadre, pues ya se había descubierto todo ante el virrey. El pensamiento salió tan bien, que la alhaja empeñada estuvo en un momento en las manos de S, E. quien confundiendo con ella y la presencia de la viuda, que hizo salir entonces, al infame platero que no podía hablar, entregó a aquella sus pulseras, y condenó a éste a perder los mil pesos prestados, en pena de su maldad.

José Miguel Guridi y Alcocer
No. 143-145, Abril-Diciembre 1999
Tomo XXX – Año XXXV
Pág. 8

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