Expiación

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Dos mujeres se peleaban en el paraíso por la posesión de un hombre que acababa de llegar.

—Yo era su mujer —declaró una.

—Y yo su amante —dijo la otra.

San Pedro dijo al hombre:

—Vete a otro sitio: ya has sufrido bastante.

Ambrose Bierce
No. 143-145, Abril-Diciembre 1999
Tomo XXX – Año XXXV
Pág. 25

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Señales

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Alcé la cara: arriba también habían establecido campamento las estrellas. Pensé que el universo era un vasto sistema de señales, una conversación entre seres inmersos. Mis actos, el serrucho del grillo, el parpadeo de la estrella, no eran sino pausas y sílabas, frases dispersas de aquel diálogo. ¿Cuál sería sea palabra de la cual yo era una sílaba?

Octavio Paz
No. 143-145, Abril-Diciembre 1999
Tomo XXX – Año XXXV
Pág. 24

La cámara mágica

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Una vez, en una aldea de la parte baja del Río Yukón, se dispuso un explorador a tomar su cámara fotográfica una vista de la gente que transitaba por entre las casas. Mientras enfocaba la máquina, el jefe de la aldea llegó e insistió en fisgar bajo el paño negro. Habiéndosele permitido que lo hiciera, estuvo contemplando atentamente por un minuto las figuras que se movían en el vidrio esmerilado, y después, de súbito, sacó la cabeza y gritó a la gente con toda su fuerza: “Tiene todas vuestras sombras metidas en la caja”

Frazer
No. 143-145, Abril-Diciembre 1999
Tomo XXX – Año XXXV
Pág. 23

Supermagos

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Después de destruir a los budistas de la India, cuentan que Sankara marchó a Nepal, donde tuvo algunas diferencias con el Gran Lama. Para probarle sus poderes sobrenaturales voló por el aire, más cuando pasó el Gran Lama, éste percibió su sombra deformándose y ondulándose por las desigualdades del suelo y clavó su cuchillo en ella; Shankara cayó y se quebró el cuello.

Cuento Budista
No. 143-145, Abril-Diciembre 1999
Tomo XXX – Año XXXV
Pág. 22

La sorpresa

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Una vez Asrael, el ángel de la muerte, entró en casa de Salomón y fijó su mirada en uno de los amigos de éste. El amigo preguntó: ¿Quién es? El ángel de la muerte, respondió Salomón. Parece que ha fijado sus ojos en mí —continuó el amigo—, ordena entonces al viento que me lleve consigo y me pose en la India. Salomón así lo hizo. Entonces habló al ángel: Sí le miré tanto fue porque me sorprendió verle aquí, puesto que he recibido orden de ir a buscar su alma a la India.

Beidhawi
No. 143-145, Abril-Diciembre 1999
Tomo XXX – Año XXXV
Pág. 18