Achille Campanille

Achille Campanile

Achille Campanile

(1899-1977)

Uno de los mayores humoristas italianos.

Escritor de ficción y drama, periodista y crítico de televisión, con sus obras ha viajado por casi todo el 900. Desde el principio, en los años 20, hasta el final de los años 70, lo que representa y la interpretación, siempre de una manera irónica, el vestuario y la esencia misma de la vida en nuestra sociedad[1].

 

[1] http://www.campanile.it/

Llueve

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Un día, hace muchos años, un individuo que había salido de su casa sin paraguas se dio cuenta de que empezaban a caer algunas gotas.

—Debería volver a casa a buscar el paraguas —pensó.

Pero después se dijo:

—¡Bah! No serán más que cuatro gotas.

Y siguió andando porque tenía mucha prisa.

La lluvia empezó a caer. Entonces el individuo se refugió en un portal.

—Esperaré a que deje de llover —dijo.

Había empezado el Diluvio Universal.

Achille Campanile
No. 143-145, Abril-Diciembre 1999
Tomo XXX – Año XXXV
Pág. 40

Raúl Ortiz y Ortiz

Raúl Ortiz y Ortiz

Raúl Ortiz y Ortiz

Nació el 2 de mayo de 1931 en la calle de Puebla, en la colonia Roma de la Ciudad de México. Desde hace 75 años vive en Antonio Sola, en la Condesa, donde ha formado una biblioteca–fonoteca–filmoteca considerada entre las más valiosas del país, con primeras ediciones en varios idiomas. Entre ellas, la de Por el camino de Swann.

Fue director de la Escuela para Extranjeros de la UNAM y fundador de la compañía teatral Shakespeare. En 1987 se hizo acreedor al Premio Alfonso Décimo de Traducción Literaria por su célebre versión de Bajo el volcán, de Malcolm Lowry.

Reconocido políglota, una de las pasiones de Ortiz y Ortiz ha sido la obra de Marcel Proust, de la que es uno de los grandes conocedores. Sin falsa modestia, afirma: “Creo que en México nadie tiene la documentación, los videos, las películas que yo tengo acerca de Proust”[1].

 

Raúl Ortiz, mi maestro

por Martha Anaya

 Después de muchos años nos reencontramos de nuevo. Vive en la misma casa, en la Condesa, donde su madre nos ofrecía té y bocadillos mientras nos aprestábamos a escuchar alguna obra de teatro, música, o algún pasaje literario extraído de su maravillosa biblioteca.

Recuerdo singularmente aquella tarde en que Raúl Ortiz y Ortiz, mi maestro –nuestro maestro– de literatura francesa en la Universidad Nacional Autónoma de México nos convocó a su casa a escuchar Relaciones Peligrosas.

El vívido sonido de la lengua francesa llenó el pequeño espacio de la sala de estar. No éramos más de seis alumnos los que nos encontrábamos ahí. Raúl Ortiz levantó suavemente su mano, inclinó levemente su cabeza para concentrarse mejor y no dijo más. La cinta corrió, atrapándonos en aquella historia de intriga y perversidad, protagonizada por la marquesa de Merteuil y el Vizconde Valmont, bajo la pluma de Pierre Choderlos de Laclos.

Nos quedamos inmóviles, asombrados. Té y bocadillos quedaron olvidados sobre la mesilla de centro. Raúl Ortiz ni siquiera nos miraba. Parecía deambular absorto por aquella Francia de finales del siglo XVIII y no perdía detalle de las cartas de Madame de Volanges.

Dos horas después, cuando la historia concluyó, el maestro preguntó: ¿Qué piensan?

Ya no recuerdo qué ocurrió después, sólo sé que fue una de las clases más bellas que recibí y que partir no sólo inició por mi admiración por Raúl Ortiz como maestro sino que comencé a devorar literatura francesa sin el mayor reparo.

De Raúl Ortiz y Ortiz apenas sabía en ese entonces que era un hombre elegante –siempre ha usado corbata de moño y calzado zapatos de dos colores, como los negros de Nueva Orleans–, distinguido; con una pronunciación del francés y el inglés envidiable; que había sido el célebre traductor de Bajo el Volcán, de Malcolm Lowry; que era un hedonista y un apasionado de Proust, de Céline, de Joyce, de T.S.Elliot, de Shakespeare. Y es también especial admirador de Rosario Castellanos.

Desconocía que su andar le había llevado a dejar la UNAM en la que trabajaba al lado del rector Javier Barros Sierra para convertirse en el traductor del Presidente Gustavo Díaz Ordaz;  que luego, tras los sucesos de Tlatelolco en 1988, se expresó con rudeza del Mandatario durante una cena diplomática (le llamó son of a bitch) y tuvo que abandonar el país. Fue a dar a Ginebra y más adelante a París y Londres donde se desempeñó como Consejero Cultural.

Pero más que otra cosa, Raúl Ortiz recorría la geografía de sus autores y novelas predilectos o se iba a cenar Meudon, con Lucette,  la viuda de Jean Ferdinand Céline, el profeta de la decadencia.

De estas historias me he ido enterando en las últimas semanas, a partir del reencuentro.

Fue en ocasión de sus 80 años que volvimos a vernos. Sigue dando cursos: de cine en Club de Industriales una vez por semana,  veladas literarias cotidianamente en su casa a partir de las ocho y media de la noche. Y es, como antaño. O quizás mejores, pues ahora, además del sonido de obras de teatro, cuenta con la enorme pantalla de la computadora en la nos exhibe películas sobre tal o cual tema. (Actualmente estamos viendo el nazismo)

A veces le noto cansado (le han diagnosticado Parkinson), pero no falla a sus compromisos. Ahí está, con la agudeza que le caracteriza, advirtiéndonos errores difícilmente apreciables, como el que en un pasaje de la película que veíamos no era posible que en tal momento se tocara esa pieza en un antro berlinés puesto que el autor de la música era judío.

Y si hay alguna duda, en tal rincón está el diccionario de Historia del Nazismo; en tal rincón, la película sobre los SA, en este otro anaquel, el viejo disco de los himnos…etcétera, etcétera. Es su casa, todo en ella, una biblioteca integral maravillosa. Cerca de 20 mil volúmenes elegidos con exquisitez.

Precisamente de ahí, de los miles y miles de cartas y textos inéditos que además guarda, nació precisamente el libro que presentó en el museo de San Carlos hace una semana: Archivo Lowry. Un tesoro para la cofradía de los que profesan pasión por el autor inglés. Cofradía, por supuesto, de la que Ortiz y Ortiz es el gran sacerdote.

Pero lo que es la vida. Hace unos días caí por su casa sin avisar. Ahí, recorriendo sus anaqueles, se encontraba un valuador de Conaculta… Sí, estaba valuando biblioteca. Plantee una de esas preguntas obvias que tanto detesta Rafael Pérez Gay: ¿vas a vender tu biblioteca?

-Sí, respondió, soy un hombre rico con todo esto, pero vivo al día. He tenido la fortuna  de no ser un hombre exitoso financieramente. Y todo eso que ahora ven es la reserva que ahora me permite seguir ganándome la vida como un saltimbanqui que va de pueblo en pueblo, de actividad en actividad, una conferencia aquí, una película allá…

Este es Raúl Ortiz y Ortiz, mi maestro[2].

 

[1] http://www.milenio.com/cultura/placer-leer-Proust_15_187331270.html

[2] http://www.elarsenal.net/2011/07/18/raul-ortiz-mi-maestro/

Las reglas

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Chema jugaba con la pelota, la pelota jugaba con Chema, la pelota era un mundo de colores y el mundo volaba, libre y loco, flotaba en el aire, rebotaba donde quería, picaba para aquí, saltaba para allá, de brinco en brinco: llegó la madre y mando a parar.

Maya López atrapó la pelota y la guardó bajo llave, dijo que Chema era un peligro para los muebles, para la casa, para el barrio y para la ciudad de México y lo obligó a ponerse los zapatos, a sentarse como es debido y a hacer las tareas para la escuela.

—Las reglas son las reglas —dijo.

Chema alzó la cabeza:

—Yo también tengo mis reglas —dijo. Y dijo que, en su opinión, una buena madre debía obedecer las reglas de su hijo: Que me dejes jugar todo lo que quiera, que me dejes jugar descalzo, que no me mandes a la escuela ni a nada parecido, que no me obligues a dormir temprano y que cada día nos mudemos de casa.
Y mirando al techo, como quien no quiere la cosa, agregó:
—Y que seas mi novia.

Eduardo Galeano
No. 143-145, Abril-Diciembre 1999
Tomo XXX – Año XXXV
Pág. 36

Letras muertas

La tarde es parda y la calle empinada. Ella escucha que la llaman: un mozalbete corre cuesta arriba, ella lo reconoce y se tensa. Jadeante, él le da alcance. Ella apenas domina el sobresalto cuando ve, junto a su cara. La carta que él le entregara. La intuición le grita que es una carta de amor. Una carta de amor de ese muchacho que le gusta tanto, en cuanto puede creerlo. Casi la arrebata, la desdobla con prisa, sus ojos corren por lo negros garabatos mientras un indiscreto rubor le golpea las mejillas y una turbación —mezcla de júbilo y de susto— le estremece las manos.

El muchacho observa estos cambios, temeroso quizás a la negativa, corre calle abajo mientras grita: ¡Piénsalo… lee la carta completa; mañana me contestas!

Ella, al verse sola, tiembla sacudida por el llanto. Nunca había sentido así, de golpe, tanta angustia, alternada a la vergüenza de ser analfabeta.

Queta Navagómez
No. 143-145, Abril-Diciembre 1999
Tomo XXX – Año XXXV
Pág. 35