Las reglas

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Chema jugaba con la pelota, la pelota jugaba con Chema, la pelota era un mundo de colores y el mundo volaba, libre y loco, flotaba en el aire, rebotaba donde quería, picaba para aquí, saltaba para allá, de brinco en brinco: llegó la madre y mando a parar.

Maya López atrapó la pelota y la guardó bajo llave, dijo que Chema era un peligro para los muebles, para la casa, para el barrio y para la ciudad de México y lo obligó a ponerse los zapatos, a sentarse como es debido y a hacer las tareas para la escuela.

—Las reglas son las reglas —dijo.

Chema alzó la cabeza:

—Yo también tengo mis reglas —dijo. Y dijo que, en su opinión, una buena madre debía obedecer las reglas de su hijo: Que me dejes jugar todo lo que quiera, que me dejes jugar descalzo, que no me mandes a la escuela ni a nada parecido, que no me obligues a dormir temprano y que cada día nos mudemos de casa.
Y mirando al techo, como quien no quiere la cosa, agregó:
—Y que seas mi novia.

Eduardo Galeano
No. 143-145, Abril-Diciembre 1999
Tomo XXX – Año XXXV
Pág. 36

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