Letras muertas

La tarde es parda y la calle empinada. Ella escucha que la llaman: un mozalbete corre cuesta arriba, ella lo reconoce y se tensa. Jadeante, él le da alcance. Ella apenas domina el sobresalto cuando ve, junto a su cara. La carta que él le entregara. La intuición le grita que es una carta de amor. Una carta de amor de ese muchacho que le gusta tanto, en cuanto puede creerlo. Casi la arrebata, la desdobla con prisa, sus ojos corren por lo negros garabatos mientras un indiscreto rubor le golpea las mejillas y una turbación —mezcla de júbilo y de susto— le estremece las manos.

El muchacho observa estos cambios, temeroso quizás a la negativa, corre calle abajo mientras grita: ¡Piénsalo… lee la carta completa; mañana me contestas!

Ella, al verse sola, tiembla sacudida por el llanto. Nunca había sentido así, de golpe, tanta angustia, alternada a la vergüenza de ser analfabeta.

Queta Navagómez
No. 143-145, Abril-Diciembre 1999
Tomo XXX – Año XXXV
Pág. 35

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