Una desnudez salvadora

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Estoy durmiendo en una especie de selva. Cuatro paredes bien desnudas. La luna cuela sus rayos por el ventanillo. Como no dispongo de un mísero jergón me veo obligado a acostarme en el suelo. Debo confesar que siento bastante frío. No es invierno todavía, pero yo estoy desnudo y a esta altura del año la temperatura baja mucho por la madrugada.

De pronto alguien me saca de mi sueño. Medio dormido todavía veo parado frente a mí a un hombre que, como yo, también está desnudo. Me mira con ojos feroces. Veo en su mirada que me tiene por enemigo mortal. Pero esto no es lo que me causa mayor sorpresa, sino la búsqueda febril que el hombre acaba de emprender en espacio tan reducido. ¿Es que se dejó algo olvidado?

—¿Ha perdido algo? —le pregunto.

No contesta a mi pregunta, me dice:

—Busco un arma con qué matarte.

—¿Matarme…? —la voz se me hiela en la garganta.

—Sí, me gustaría matarte. He entrado aquí por casualidad. Pero ya ves, no tengo un arma.

—Con las manos —le digo a pesar de mí, y miro con terror sus manos de hierro.

—No puedo matarte sino con un arma.

—Ya ves que no hay ninguna en esta celda.

—Salvas la vida —me dice con una risita protectora.

—Y también en sueño —le contesto.

Y empiezo a roncar plácidamente.

Virgilio Piñera
No. 143-145, Abril-Diciembre 1999
Tomo XXX – Año XXXV
Pág. 58

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