Sobre las olas

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El día anterior la mujer me encargó la compostura del reloj: pagaría el triple si yo lo entregaba en veinticuatro horas. Era un mecanismo muy extraño, tal vez del siglo XVIII, en cuya parte superior navegaba un velero de plata al ritmo de los segundos.

Toqué en la dirección indicada y la misma anciana salió a abrirme, me hizo pasar a la sala. Pagó lo estipulado. Le dio cuerda al reloj y ante mis ojos su cuerpo retrocedió en el tiempo y en el espacio, recuperó su belleza —la hermosura de la hechicera condenada siglos atrás por la Inquisición— y subió al barco que, desprendido del reloj, zarpó de la noche, se alejó para siempre de este mundo.

Bernard M. Richardson
No. 143-145, Abril-Diciembre 1999
Tomo XXX – Año XXXV
Pág. 95

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La estatua

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Cada día deja la basa en que está y por estos corredores y galerías se pasea airosamente. Salen a verla y oírla todos los de la casa, que también canta dulcemente muchas veces, y no hace daño a persona alguna; sólo es necesario desviarse, porque se enfada si la tocan y con eso pasa sin ofender a los que la miran. Se vuelve a su sitio, y cuando todos se han ido, lava y juega, canta y ríe, ocupando en semejantes cosas lo que dura la noche, deduciendo todos por el ruido que hace el ejercicio que tiene.

Luciano de Samosata
No. 143-145, Abril-Diciembre 1999
Tomo XXX – Año XXXV
Pág. 92

Confesiones

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Yo, por ejemplo, misántropo, hosco, jorobado, pudrible, inocuo, exhibicionista, inmodesto, siempre desabrido o descortés o gris o tímido según lo torpe de la metáfora, a veces erotómano, y por si fuera poco, mexicano, duermo poco y mal desde hace muchos meses, en posiciones fetales, bajo gruesas cobijas, sábanas blancas o listadas, una manta eléctrica o al aire libre, según el clima, pero eso sí, ferozmente abrazado a mi esposa, a flote sobre el río de los sueños.

Gustavo Sainz
No. 143-145, Abril-Diciembre 1999
Tomo XXX – Año XXXV
Pág. 89

Cleptómana de cucharillas

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Era poderosa y aristocrática, pero tenía la obsesión de las cucharillas.

Es esa una cleptomanía corriente sobre todo en los palacios reales, y por eso hubo reyes que cambiaron las de oro por otras de similor, para evitar que se llevasen tan costoso “recuerdo de S. M.”

Poseía cucharillas de los mejores hoteles del mundo, de las casas más nobles —con el escudo en el agarradero—, y hasta algunas arrancadas a las colecciones napoleónicas.

Un día, sin poder resistir mi curiosidad le pregunté qué se proponía almacenando tantas cucharillas.

Entonces la cleptómana me dijo en voz baja:

—Vengarme del mundo… Dejarlo sin cucharilla… Que muevan el café con tenedor.

Ramón Gómez de la Serna
No. 143-145, Abril-Diciembre 1999
Tomo XXX – Año XXXV
Pág. 88

El tiempo del pájaro

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La famosa Cantiga CIII de Alfonso el Sabio cuenta que un monje pide a la virgen que le dé a conocer en vida las delicias del paraíso. Paseando por el huerto del convento halla una fuente clara y oye a un pajarillo cuyo canto le embelesa; cuando vuelve al convento —a la hora de comer, según cree—, lo encuentra todo distinto y se entera de que han transcurrido trescientos años entre su partida y su regreso.

Recopilada por María Rosa Lida de Malkiel
No. 21, Marzo 1967
Tomo IV – Año III
Pág. 186

María Rosa Lida de Malkiel
No. 143-145, Abril-Diciembre 1999
Tomo XXX – Año XXXV
Pág. 87