La calle

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El hombrecito ya había sospechado algo, pero no creía que las cosas pudieran llegar tan lejos.

Caminando una tarde y viendo, al pasar, un portón de madera claveteada, notó que las cabezas labradas de los clavos de cobre, caminaban rápidamente su adorno y su lugar, pero pensó que era un fugaz engaño óptico y no le concedió mayor importancia.

Adelante, le pareció que los capiteles de un pórtico agregaban rosas a su ornamento, pero se creyó víctima de otro error y continuó andando por esa calle para acudir a su trabajo.

Prosiguió circulando por esa calle, calle por la que soñaba y vivía otras existencias que imaginaba alentando detrás de los balcones y casi en todas y tras cada una de las fachadas.

Esta fuga ingenua y cotidiana, esta diversión inofensiva y simple de la imaginación, le hacía la vida menos dura, no del todo monótona y más llevadera. Pero resultó que se trataba de un escape peligroso, porque esa calle, esa misma calle risueña bajo su palio ora azul, ora rociado por los destellos de miríadas de estrellas, en cierto momento, a la manera de un ser humano, mostró el lado negro y perverso.

Un día, la calle no solamente presentó cambios en la decoración de sus edificios y plazas, sino trueque de viviendas, mudanza de algunas otras, canje y hasta desaparición de portales y jardines enteros y, lo que fue peor, modificó, a tal grado su trazo y longitud, que el hombrecillo no ha podido llegar, desde entonces, al sitio donde debe desempeñar su trabajo.

Olga Arias
No. 143-145, Abril-Diciembre 1999
Tomo XXX – Año XXXV
Pág. 114

Milagro

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En una iglesia del pintoresco pueblo de Tepoztlán existe un retablo (ex voto) en el que se ve a un campesino, de hinojos, dando gracias a la virgen por el milagro que le hizo. La leyenda al pie del cuadro dice: “Juan Crisóstomo Vargas, vecino de este lugar, da gracias con toda su contrita alma a la Santísima Virgen por el milagroso favor que le hizo la noche del 22 de mayo de 1916 al haber impedido que las fuerzas zapatistas se lo llevaran como llevaron a sus tres pobrecitas hermanas.

En el Hijo Pródigo
No. 143-145, Abril-Diciembre 1999
Tomo XXX – Año XXXV
Pág. 113

Etiqueta

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Paul Reboux nos informa que la etiqueta de la Corte de Luis XIV de Francia, incluía peinarse por la mañana, ligeramente, a fin de remover los parásitos. También era incorrecto escupir en el suelo durante los banquetes, a menos que se lo hiciese detrás de la servilleta.

Will Cuppy
No. 143-145, Abril-Diciembre 1999
Tomo XXX – Año XXXV
Pág. 110

El pollito y la granjera

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Había una vez un “pollito de leche” que estaba picoteando piedrecitas y gusanitos en el jardín cuando algo le cayó en la cola. “Se está cayendo el cielo”, pensó y echó a correr en busca de su mamá.

—¡Mamá, mamá!… —le gritó el pollito—. Escóndeme porque se está cayendo el cielo.

La mamá gallina, que estaba atareadísima sacando un gusano de su agujero, ni siquiera le hizo caso. El pollito, temblando de miedo, corrió a la casa del granjero buscando protección. La esposa del granjero, que estaba en la cocina, viendo al pollito, le preguntó:

—¿Qué te pasa pollito?…

—¡Se está cayendo el cielo!… —respondió asustado—. ¡Escóndame por favor!

La dama, compadecida del pollito, le escondió en el horno de la estufa, donde lo cocinó y se lo comió.

Moraleja: No me extrañaría que la señora tuviera una rosticería.

Rafael Ávalos Ficacci
No. 143-145, Abril-Diciembre 1999
Tomo XXX – Año XXXV
Pág. 107