La restitución de las llaves

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Cuando las legiones romanas ocuparon la ciudad de Jerusalén, el sumo sacerdote, que sabía que iba a perecer por la espalda, quiso restituir al Señor las llaves del santuario. Las arrojó a los cielos; la mano del Señor las tomó.

Del capítulo XXIX del tratado Taanith, de la Mishnah
No. 143-145, Abril-Diciembre 1999
Tomo XXX – Año XXXV
Pág. 154

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Justo castigo

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Los demonios me contaron que hay un infierno para todos los sentimentales y los pedantes. Ahí los abandonan en un interminable palacio, más vacío que lleno, y sin ventanas. Los condenados lo recorren como si buscaran algo y, ya se sabe, al rato empiezan a decir que el mayor tormento consiste en no participar de la visión de Dios, que el dolor moral es más vivo que el físico, etcétera. Entonces los demonios los echan al mar de fuego, de donde nadie los sacará nunca.

Adolfo Bioy Casares
No. 143-145, Abril-Diciembre 1999
Tomo XXX – Año XXXV
Pág. 153

Hormiga

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Los que eran de opinión que las almas de los hombres volvían a entrar en los cuerpos de animales irracionales, creían que los demasiado codiciosos de allegar hacienda y encerrar trigo en sus trojes, muriendo, volvían sus almas a tomar los cuerpos de hormigas, y de allí les venía tanta sagacidad, diligencia y prudencia.

En la Etiopía Occidental se crían hormigas tan grandes como un gran perro; con los pies sacan las arenas de oro y persiguen hasta la muerte al que intenta robar su tesoro.

Sebastián de Covarrubias. Tesoro de la lengua castellana (1,611)
No. 143-145, Abril-Diciembre 1999
Tomo XXX – Año XXXV
Pág. 146

Los ciclos

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Para cuándo, preguntaba ella, para cuándo.

Una vez por semana, Miguel Migliónico pasaba por allí. La encontraba siempre en el zaguán, clavada a su sillón de mimbre, de cara a la calle, y doña Elvirita lo acosaba con preguntas sobre el embarazo de su mujer:

—¿Para cuándo?

—Para junio, parece.

—¿Qué día?

—Tanto, no se sabe.

Blanca ropa, pelo blanco, siempre lavada y planchada y peinada, doña Elvirita irradiaba paz y solera, señorío del tiempo, y daba consejos:

—Tóquele la panza, que trae suerte.

—Que tome cerveza negra, o malta, para que dé buena leche.

—Hágale los gustos, todos los antojos, que si la mujer se traga las ganas, sale la cría manchada.

Cada viernes, doña Elvirita esperaba la llegada de Miguel. La piel, que le envolvía el cuerpo como un humo rosado, traslucía el ramaje de las venitas alborotadas por la curiosidad:

—¿Cómo está ella? ¿Está linda? Y la barriga, ¿la tiene en punta? Entonces no falla: será varón.

Soplaban fríos los vientos del sur, el otoño se estaba yendo de las calles de Montevideo.

—Ya falta poco, ¿no?

—Poco, doña, muy poco.

Una tarde, Miguel pasó muy apurado.

—Dice el médico que es cuestión de horas. Hoy, o mañana.

Doña Elvirita abrió grandes los ojos:

—¿Ya?

Al viernes siguiente, el sillón de mimbre estaba vacío. Doña Elvirita había muerto el 17 de junio de 1980, mientras en casa de los Migliónico nacía un niño que se llamó Martín.

Eduardo Galeano
No. 143-145, Abril-Diciembre 1999
Tomo XXX – Año XXXV
Pág. 142