Mircea Eliade

Mircea Eliade

Mircea Eliade

(Bucarest, Rumania, 9 de marzo 1907 – Chicago, Estados Unidos, 22 de abril 1986)

Fue un filósofo, historiador de las religiones y novelista rumano. Hablaba y escribía con corrección rumano, francés, alemán, italiano e inglés, y podía también leer hebreo, persa y sánscrito. La mayor parte de su obra la escribió en rumano, francés e inglés. Formó parte del Círculo Eranos.

Estudió el bachillerato en Bucarest y posteriormente Filosofía en la misma ciudad, licenciándose con un estudio sobre la filosofía en el Renacimiento italiano, para lo que viajó a Italia y entró en contacto con Giuseppe Tucci (experiencias que recogió en las novelas autobiográficas Novela del adolescente miope y Gaudeamus); Tucci le puso en contacto con el que sería su gran mentor, Surendranath Dasgupta; se trasladó a la India y estudió la lengua, el pensamiento y la tradición religiosa del hinduismo. De 1932 a 1940 enseñó en Bucarest. En 1940 se le nombró agregado cultural de la embajada de Rumania en Londres y posteriormente en Lisboa.

Al terminar la segunda guerra mundial viajó a París, donde llegó a ser profesor de la École Pratique des Hautes Études hasta 1957, año en que se le nombró catedrático de historia de las religiones en la Universidad de Chicago, donde enseñó hasta su muerte, acaecida en el año 1986.

Se considera a Mircea Eliade uno de los fundadores del estudio de la historia moderna de las religiones. Erudito estudioso de los mitos, Eliade elaboró una visión comparativa de las religiones, hallando relaciones de proximidad entre diferentes culturas y momentos históricos. En el centro mismo de la experiencia religiosa, Eliade situó a lo sagrado, como la experiencia primordial del Homo religiosus.

Su formación como historiador y filósofo lo llevó a profundizar en mitos, sueños y visiones, escribiendo sobre el misticismo y el éxtasis. En la India, estudió el yoga y leyó directamente en sánscrito textos clásicos del hinduismo que no habían sido traducidos a lenguas occidentales.

Prolífico escritor, su capacidad de síntesis es notable. De sus escritos suele resaltarse el concepto de hierofanía, con el cual Eliade define la manifestación de lo trascendente en un objeto o fenómeno de nuestro cosmos habitual.

Hacia finales del siglo XX, los textos de Eliade alimentan intensamente la visión gnoseológica de nuevos movimientos religiosos, surgidos con la contracultura de los años sesenta.

En la década de 1980 fue duramente criticado por sus vínculos con la Guardia de Hierro, su antisemitismo de juventud (se puede apreciar en sus novelas iniciales y en sus diarios) y sus posturas de ultraderecha, propias de la Rumanía de 1920-1939. Eliade nunca se arrepintió públicamente de este antijudaísmo, cosa que sí hicieron Emile Cioran o Eugene Ionesco. Sin embargo, en Chicago tuvo muchos alumnos universitarios de origen judío, que lo defendieron de estas acusaciones. Eliade sabía hebreo, colaboró con el especialista en cábala Gershom Scholem y tuvo entre sus mejores amigos a Mihail Sebastian, judío[1].

 

[1] http://es.wikipedia.org/wiki/Mircea_Eliade

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El bosque de la verdad

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Un rey tenía un hijo llamado Phui. Este hijo, un día penetró a caballo en un bosque enorme. De pronto, todo lo que había en el bosque se transformó en flores. Solamente el príncipe y el caballo permanecieron príncipe y caballo… Al volver al palacio, Phul contó el prodigio a su padre, quien no quiso creerle y lo reprendió por haber mentido. Llamó al pandit real y le ordenó leer al príncipe anécdotas y máximas contra la mentira. El príncipe, sin embargo, se obstinaba en pretender que había dicho la verdad. Entonces, el rey congregó un ejército y partió para el bosque. Allí, en un instante, se convirtieron todos en flores. Pasó un día. Luego el hijo junto los libros de anécdotas y de preceptos y se fue al bosque, arrancó las páginas y las dispersó a los cuatro vientos. A medida que las hojas se diseminaban, los soldados del rey resucitaron, y el rey también.

Mircea Eliade, en Noche Bengali
No. 22, Abril 1967
Tomo IV – Año III
Pág. 303

Silvina Ocampo

Silvina Ocampo

Silvina Ocampo

(Buenos Aires, 1906 – 1993)

Escritora argentina. Era hermana de la escritora y fundadora de la revista Sur, Victoria Ocampo, y esposa del gran narrador argentino Adolfo Bioy Casares. Autora deslumbrante por la calidad literaria de sus cuentos, ha pasado a la historia de la literatura argentina del siglo XX por la crueldad desconcertante que supo imprimir en algunos protagonistas de estos relatos.

Nacida en el seno de una familia hondamente arraigada en los círculos culturales argentinos, su primera vocación artística la orientó hacia el cultivo de las artes plásticas; pero, tras recibir lecciones de pintura de Giorgio de Chirico, abandonó los pinceles y se adentró en el mundo de las Letras.

Su irrupción en el panorama literario argentino vino de la mano de un libro de cuentos, Viaje olvidado (1937), que al cabo de los años acabaría siendo objeto del desprecio de la propia escritora. Tras este mediocre estreno en la narrativa, volvió a las librerías con su primer libro de versos, titulado Enumeración de la patria (1942), en el que se sumaba a la tendencia de recuperar los modelos clásicos de la antigua poesía castellana. Idéntico esfuerzo realizó en su siguiente poemario, Espacios métricos (1945), al que siguieron, dentro del campo de la lírica, otras publicaciones como las tituladas Poemas de amor desesperado (1949), Los nombres (1953) y Pequeña antología (1954).

Tras un largo período de silencio poético en el que el cultivo de la prosa ocupó sus quehaceres literarios, en 1962 volvió a dar a la imprenta otro poemario, Lo amargo por lo dulce, que enseguida quedó considerado como uno de sus mejores logros en el género de la lírica. Finalmente, en 1972 publicó su última entrega poética, titulada Amarillo celeste.

Pero las mayores cotas literarias las alcanzó Silvina Ocampo con sus incursiones en el género de la narrativa de ficción, al que contribuyó también con valiosas aproximaciones en forma de ensayos y antologías. Dentro de una de las tendencias congregadas en torno a la revista Sur, y constituida por autores de la talla de Jorge Luis Borges, Adolfo Bioy Casares, Manuel Peyrou y Enrique Anderson Imbert, Silvina Ocampo apostó por la elevación de la literatura fantástica y policíaca a la categoría de géneros de primer orden.

En compañía de su esposo y del mencionado Borges, preparó una Antología de la literatura fantástica (1940) que se convirtió en una de las piezas emblemáticas de la mencionada corriente. Además, aquel mismo año los tres autores presentaron una Antología poética argentina. Posteriormente, volvió a colaborar con Bioy Casares, pero ahora en una obra de creación, la novela policíaca titulada Los que aman odian (1946).

A partir de entonces, se enfrascó en la escritura de numerosos relatos, que fueron viendo la luz en sucesivas recopilaciones: en 1948 apareció el volumen titulado Autobiografía de Irene, al que siguieron los relatos de La furia y otros cuentos (1959), Las invitadas (1961), El pecado mortal y otros cuentos (1966), Informe del cielo y del infierno (1969), Los días de la noche (1970), Y así sucesivamente (1987) y Cornelia frente al espejo (1988). Los cuentos de todos estas recopilaciones están poblados de seres fantásticos que aparecen enfocados desde la ironía y el humor negro de que hace gala su autora, o bien deformados por la extraña percepción de unos narradores incompetentes, incapaces de establecer cualquier pauta ética que les permita separar el bien del mal.

Por medio de este recurso en la composición estructural de sus relatos, Silvina Ocampo consigue dejar plasmada una corrosiva crítica de las convenciones sociales de su tiempo, ya que su exagerado distanciamiento de cualquier pauta social establecida y de la realidad circundante pone un contrapunto de desasosiego -y a veces, de explícita crueldad- que amenaza con destruir el lenguaje y las estructuras tradicionales. Además de las obras ya mencionadas, Silvina Ocampo colaboró con el dramaturgo Juan Rodolfo Wilcock en la redacción del drama titulado Los traidores (1956)[1].

 

[1] http://www.biografiasyvidas.com/biografia/o/ocampo_silvina.htm

Informe del más allá

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A ejemplo de las grandes casas de remate, el Cielo y el Infierno contienen en sus galerías hacinamientos de objetos que no asombrarán a nadie, porque son los que habitualmente hay en las casas del mundo. Pero no es bastante claro hablar sólo de los objetos: en esas galerías también hay ciudades, pueblos, jardines, montañas, valles, soles, lunas, vientos, mares, estrellas, reflejos, temperaturas, sabores, perfumes, sonidos, pues todas suerte de sensaciones y de espectáculos nos depara la eternidad.

…Cuando mueras, los demonios y los ángeles, que son parejamente ávidos, sabiendo que estás adormecido, llegarán disfrazados a tu lecho y, acariciando tu cabeza, te darán a elegir las cosas que preferiste a lo largo de la vida. En una suerte de muestrario, al principio te enseñarán las cosas elementales. Si te enseñan el sol, la luna o las estrellas, los verás en una esfera de cristal pintada, y creerás que esa esfera de cristal es el mundo; si te muestran el mar o las montañas, los verás en una piedra y creerás que esa piedra es el mar y las montañas; si te muestran un caballo, será una miniatura, pero creerás que ese caballo es un verdadero caballo. Los ángeles y los demonios distraerán tu ánimo con retratos de flores, de frutas abrillantadas y de bombones, haciéndote creer que eres todavía un niño; te sentarán en una silla de monos, llamada también silla de la reina o sillita de oro, y de ese modo te llevarán, con las manos entrelazadas, por aquellos corredores, al centro de tu vida, en donde moran tus preferencias. Ten cuidado. Si eliges más cosas del Infierno que del Cielo irás tal vez al Cielo; de lo contrario, si eliges más cosas del cielo que del Infierno corres el riesgo de ir al Infierno, pues tu años a las cosas celestiales denotará mera concupiscencia.

Silvina Ocampo, en La Furia (1959)
No. 22, Abril 1967
Tomo IV – Año III
Pág. 297

Mercedes Rein

Mercedes Rein

Mercedes Rein

(Montevideo, 19 de noviembre de 1930 – ídem, 31 de diciembre de 2006)

 

Fue una dramaturga y narradora uruguaya.

Profesora de literatura en Enseñanza Secundaria, en 1955 viajó becada a la Universidad de Hamburgo para estudiar filosofía y letras. Fue también asistente de Literatura Hispanoamericana en la Facultad de Humanidades y Ciencias, cargo del que fue destituida por la dictadura.

Colaboradora desde 1956 del Semanario Marcha, donde ejerció intermitentemente la crítica literaria y teatral, Rein fue uno de los miembros del jurado, integrado también por Juan Carlos Onetti y Jorge Ruffinelli, del fatídico concurso de cuentos del semanario, por el cual Onetti, ella y el autor del cuento “El guardaespaldas”, Nelson Marra, fueron encarcelados en 1974.

Rein proviene del movimiento de teatro independiente. Su obra El herrero y la muerte, escrita con Jorge Curi, estuvo más de seis años en cartel en el Teatro Circular. Juana de Asbaje (1993) le permitió ganar el Premio Florencio a la mejor obra teatral del año.

Como traductora (sobre todo del alemán, como consecuencia de su estancia en Alemania), ha vertido al español textos de Bertolt Brecht (El círculo de tiza caucasiano, La opera de dos centavos, Galileo Galilei), Arthur Miller y Friedrich Dürrenmatt, entre otros, los cuales posteriormente llevó a escena. También tradujo al español El contrabajo de Patrick Suskind.

Como narradora, destacan sus inquietantes Zoologismos (1967). Con su delirante y obsesiva invasión de presencias fantasmales, tal vez sea lo más logrado de su producción narrativa. Ha sido también la responsable de las letras de varias canciones de Jorge Lazaroff.

Siendo docente, en su obra ensayística, además de trabajos académicos sobre el filósofo alemán Ernst Cassirer y los escritores Julio Cortázar y Nicanor Parra, figuran también algunos manuales sencillos de intención pedagógica.

Mercedes Rein fue también colaboradora del Semanario Brecha y miembro de número de la Academia Nacional de Letras[1].

 

[1] http://es.wikipedia.org/wiki/Mercedes_Rein

El vuelo

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Un moscón se pasea por los bordes de la azucarera. De vez en cuando emprende un vuelo, un rápido zumbido, un colérico zigzagueo. Lleva un luto descolorido, sucio. Una criatura irritante, completamente fuera de lugar en el silencio dulzón del comedor. Pero ahora veo que debajo de las alas posee un lujoso cuerpo azul, como una ridícula vieja vestida de lentejuelas brillantes y tules gastados, extraídos de roperos con olor a humedad. Avanza hacia un terrón de azúcar blanquísimo (un ser puro, inmutable, hermético, que, por supuesto, debe despertar su envidia). Parado sobre el terrón de azúcar se frota las patitas delanteras. Yo lo miro, simplemente. No hago un solo movimiento. Lo miro desde el fondo de mi calma intacta como el silencio del comedor que él no puede perforar con su estúpido zumbido. Es un silencio de algodón inmaculado y el no atina a desgarrarlo, aunque dé vueltas como una maquinita redundante que ignora lo que le espera.

Pero algo sospecha y por eso se lanza ciegamente contra el vidrio de la ventana. Desde aquí pude oír con precisión el golpe opaco, seco. No encuentra la salida. Se revuelve en espirales de impaciencia en lugar de aceptar su situación. No sabe nada de nuestro orden secreto, nuestros juegos, nuestros menudos privilegios. Las moscas son más inteligentes. Se pasean por el techo. Comprenden que todo está dispuesto y debe ser así. No es posible cambiar nada de sitio. Las tazas son siempre las mismas. La tetera, así como la jarrita de la leche y la azucarera, son de plata inglesa. Eso significa mucho para nosotros. El tejido de la carpeta no es perfecto, si lo miramos con ojos críticos, pero se disimula bien debajo de la vajilla. Nosotras somos seres silenciosamente lúcidos y activos. Nos confabulamos contra las moscas (que son hábiles, como ya he dicho) y demanda toda nuestra paciencia (que es infinita). Tenemos nuestras pequeñas emociones cotidianas. Pero lo más importante para nosotras es nuestro trabajo. Tejemos. Y en nuestra habilidad, nuestra pericia o, si se me permite la expresión, nuestro talento encontramos la mejor recompensa. Nos admiramos mutuamente los tejidos. Pero la mayor parte del tiempo —ya que no siempre estamos tejiendo— nos quedamos inmóviles, expectantes.

Él no espera nada. Se lanza de cabeza contra el vidrio. Afuera el laurel rosado se está poniendo gris. Quiere salir antes que se desvanezca. Pero ahora parece que entendió y vuelve a la mesa. Me llena de inquietud, porque nunca me he enfrentado con una criatura tan ruidosa y hostil. Pero más inquieto estaría él, probablemente, si me hubiera visto. Es demasiado grosero y torpe para observar a su alrededor. Eso sí, se nota que es individuo vanidoso y complaciente consigo mismo por la manera de frotarse las patas. Su plan ha fracasado. El laurel se cubrió de ceniza. Y él no encontró la salida. Pero parece no advertirlo o haberlo olvidado. Se dirige estrepitosamente hacia el centro de mesa donde yacen cuatro flores de cera. Se posa sobre un pétalo rosado. Advierto que ya se está cansando. No era eso lo que él buscaba, por supuesto.

Lo veo venir. Lo espero. Ahora se acerca a la lámpara. Es una gran pantalla de seda amarillenta un poco desteñida y chamuscada en el centro, donde brillan tres bombitas eléctricas. Hacia esos gusanos de luz incandescente que habitan en el vidrio quiere llegar al moscardón. Pero yo atisbo agazapada en el borde interior de la pantalla. Lo miro casi con amor ahora que está tan cerca y me seduce y quiero volar al fin y caigo en el vacío, suspendida de un hilo frágil que brota de mi propio vientre, me balanceo en mi ciega embriaguez, quiero volar, pero sigo cayendo, con mi pesado vientre negro, todo se desgarra blandamente como un algodón y ruedo sobre las tablas del piso, roto el hilo visceral que me ligaba al tiempo, roto el precario equilibrio, el diferido vuelo, huyo a esconderme en un rincón de polvo y sombra. Sé que mañana o pasado mañana comenzaré a tejer una vez más nuestra vieja paciencia. Porque todo está dispuesto y debe ser así. No hay cosa que nos exaspere tanto como esa absurda vocación del vuelo.

Mercedes Rein
No. 22, Abril 1967
Tomo IV – Año III
Pág. 294