El vuelo

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Un moscón se pasea por los bordes de la azucarera. De vez en cuando emprende un vuelo, un rápido zumbido, un colérico zigzagueo. Lleva un luto descolorido, sucio. Una criatura irritante, completamente fuera de lugar en el silencio dulzón del comedor. Pero ahora veo que debajo de las alas posee un lujoso cuerpo azul, como una ridícula vieja vestida de lentejuelas brillantes y tules gastados, extraídos de roperos con olor a humedad. Avanza hacia un terrón de azúcar blanquísimo (un ser puro, inmutable, hermético, que, por supuesto, debe despertar su envidia). Parado sobre el terrón de azúcar se frota las patitas delanteras. Yo lo miro, simplemente. No hago un solo movimiento. Lo miro desde el fondo de mi calma intacta como el silencio del comedor que él no puede perforar con su estúpido zumbido. Es un silencio de algodón inmaculado y el no atina a desgarrarlo, aunque dé vueltas como una maquinita redundante que ignora lo que le espera.

Pero algo sospecha y por eso se lanza ciegamente contra el vidrio de la ventana. Desde aquí pude oír con precisión el golpe opaco, seco. No encuentra la salida. Se revuelve en espirales de impaciencia en lugar de aceptar su situación. No sabe nada de nuestro orden secreto, nuestros juegos, nuestros menudos privilegios. Las moscas son más inteligentes. Se pasean por el techo. Comprenden que todo está dispuesto y debe ser así. No es posible cambiar nada de sitio. Las tazas son siempre las mismas. La tetera, así como la jarrita de la leche y la azucarera, son de plata inglesa. Eso significa mucho para nosotros. El tejido de la carpeta no es perfecto, si lo miramos con ojos críticos, pero se disimula bien debajo de la vajilla. Nosotras somos seres silenciosamente lúcidos y activos. Nos confabulamos contra las moscas (que son hábiles, como ya he dicho) y demanda toda nuestra paciencia (que es infinita). Tenemos nuestras pequeñas emociones cotidianas. Pero lo más importante para nosotras es nuestro trabajo. Tejemos. Y en nuestra habilidad, nuestra pericia o, si se me permite la expresión, nuestro talento encontramos la mejor recompensa. Nos admiramos mutuamente los tejidos. Pero la mayor parte del tiempo —ya que no siempre estamos tejiendo— nos quedamos inmóviles, expectantes.

Él no espera nada. Se lanza de cabeza contra el vidrio. Afuera el laurel rosado se está poniendo gris. Quiere salir antes que se desvanezca. Pero ahora parece que entendió y vuelve a la mesa. Me llena de inquietud, porque nunca me he enfrentado con una criatura tan ruidosa y hostil. Pero más inquieto estaría él, probablemente, si me hubiera visto. Es demasiado grosero y torpe para observar a su alrededor. Eso sí, se nota que es individuo vanidoso y complaciente consigo mismo por la manera de frotarse las patas. Su plan ha fracasado. El laurel se cubrió de ceniza. Y él no encontró la salida. Pero parece no advertirlo o haberlo olvidado. Se dirige estrepitosamente hacia el centro de mesa donde yacen cuatro flores de cera. Se posa sobre un pétalo rosado. Advierto que ya se está cansando. No era eso lo que él buscaba, por supuesto.

Lo veo venir. Lo espero. Ahora se acerca a la lámpara. Es una gran pantalla de seda amarillenta un poco desteñida y chamuscada en el centro, donde brillan tres bombitas eléctricas. Hacia esos gusanos de luz incandescente que habitan en el vidrio quiere llegar al moscardón. Pero yo atisbo agazapada en el borde interior de la pantalla. Lo miro casi con amor ahora que está tan cerca y me seduce y quiero volar al fin y caigo en el vacío, suspendida de un hilo frágil que brota de mi propio vientre, me balanceo en mi ciega embriaguez, quiero volar, pero sigo cayendo, con mi pesado vientre negro, todo se desgarra blandamente como un algodón y ruedo sobre las tablas del piso, roto el hilo visceral que me ligaba al tiempo, roto el precario equilibrio, el diferido vuelo, huyo a esconderme en un rincón de polvo y sombra. Sé que mañana o pasado mañana comenzaré a tejer una vez más nuestra vieja paciencia. Porque todo está dispuesto y debe ser así. No hay cosa que nos exaspere tanto como esa absurda vocación del vuelo.

Mercedes Rein
No. 22, Abril 1967
Tomo IV – Año III
Pág. 294

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