Robert Silverberg

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Robert Silverberg

(Nueva York, 15 de enero de 1935)

Escritor estadounidense, Robert Silverberg es un reconocido y premiado autor de literatura fantástica, considerado como uno de los grandes maestros de la ciencia ficción del siglo XX.

Su primera novela, de corte juvenil, llamada Revuelta en Alfa Centauro salió publicada en 1955 y a partir de entonces su carrera literaria ha continuado sin interrupciones, aunque, como escritor profesional, ha escrito todo tipo de novelas de género muy alejadas del fantástico.

Ganador de varios premios Hugo (aunque nunca uno a mejor novela, siendo un eterno finalista), Nébula y Locus, Silverberg publicó con revistas como Galaxy o Ace Doubles. A partir de 1975 Silverberg se retiró de la escritura durante varios años, aunque en 1980 volvió con El Castillo de Lord Valentine, una de sus obras más aclamadas.

De entre su prolífica obra,  habría que destacar novelas como Muero por dentro, Sadrac en el horno, Alas nocturnas o Las crónicas de Majipur. Nombrado Gran Maestro de la ciencia ficción en 2004[1].

 

[1] http://www.lecturalia.com/autor/52/robert-silverberg

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El verdadero infierno

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Desde que Paul Dearborn cumplió veinte años llegó al convencimiento de que cuando muriera iría al infierno. Estuvo molesto durante algún tiempo, pero acabó por acostumbrarse a la idea.

Ya cuarentón, la posibilidad de ir al infierno le parecía entonces llena de encanto. Después de todo, el paraíso debía ser muy aburrido.

Pero al llegar a los sesenta, volvió a preocuparse.

—No es que tenga miedo —dijo una noche, después de tomar alguna copa de más—. El hombre sentado a su lado en el mostrador, con traje raído, le sonrió. No tengo miedo —repitió con firmeza, estoy solamente un poco… inquieto.

—Pero, ¿cómo es que está seguro de ir al infierno? —preguntó el hombrecito.

—Oh, nunca lo susé —contestó Paul—. Y no lo lamento, créame. He llevado una vida muy agradable —continuó mintiendo descaradamente—. Y estoy listo a pagar el precio. No me quejo. ¿Otro más?

—Con gusto —dijo el hombrecito.

Paul hizo una seña al mesero.

—Sé dónde voy a ir, lo sé muy bien, pero lo que me fastidia es no tener información. Si supiera dónde está ese lugar…

Una luz se encendió en los ojos del hombrecito.

—Pero claro que lo sabe, viejo. Hace calor, huele a azufre, y los pecadores se asan en un lago de llamas, y en medio de todos está el diablo, sentado en su trono, con sus cuernos afilados como espadas y su rabo que se agita como el de un gato.

Paul tuvo un gesto condescendiente.

—¡Oh, no, eso no! Eso lo leyó en algún viejo catecismo. No, las llamas y el azufre no me convencen.

El otro se encogió de hombros.

—Sí usted quiere su propio…

—Eso es… —dijo Paul golpeando con el puño el mostrador—, el infierno es algo personal.

Su compañero se callaba, fijando su mirada turbia en el fondo de su vaso. Paul ordenó más bebidas, luego miró su reloj y decidió que era hora de irse a dormir. Dejó un billete sobre el mostrador y salió. —Tendré lo que merezco— se dijo con firmeza.

Se dirigió hacia la parada del autobús. Era una noche fría, y el viento era glacial. Se sentía cansado. Vivía solo: su última mujer murió años atrás, y sus hijos eran extraños para él. Tenía pocos amigos y muchos enemigos.

Al llegar a la esquina, se detuvo, jadeando. —Mi corazón, ya me queda poco.

Se puso a pensar en sus sesenta años. En las decepciones, en los pecados… Tenía dinero, y según algunos, era un hombre que supo triunfar en la vida. Pero su vida no fue placentera. Hubo altibajos, estaba atemorizado, había dudado de sí mismo, y sufrió dolores de cabeza, momentos de desesperación, frustraciones, y rabia impotente.

Después de todo, casi se alegraba de llegar al final del camino. En un sentido, era casi un alivio. Era en aquel momento que se daba cuenta de que la vida es una lucha cada instante, y ¿para llegar a qué? A sesenta años de torturas, nada más.

La parada del autobús estaba lejos, lo iba a perder, y tendría que helarse durante veinte minutos en la acera, atormentado, se puso a correr.

Tropezó, y una mano helada hizo presa de su corazón. Vio el suelo subir rápidamente hacia él. era la muerte, lo sabía, la muerte. Trató de luchar, después se resignó y se dejó llevar, mientras lo envolvía la obscuridad. Y al fin, sintió gratitud, porque su curiosidad sería satisfecha.

Después de una eternidad abrió los ojos y miró a su alrededor. Y, en un segundo, antes de que el olvido oscureciera su espíritu y le cerrara los párpados, supo qué era el infierno, y a qué castigo había sido condenado por la eternidad. Paul Dearbon gimió, más de desesperación que de dolor, mientras el médico partero le golpeaba el trasero con sus fuertes manos y el aire se agolpaba en sus pulmones.

 

Roberto Silverberg
No. 17, Octubre 1966
Tomo III – Año III
Pág. 357

De rayuela

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Apenas él le amalaba el noema, a ella se le agolpaba el clémiso y caían en hidromurias, en salvajes ambonios, en sustalos exasperantes. Cada vez que él procuraba relamar las incopelusas, se enredaba en un grimado quejumbroso y tenía que envulsionarse de cara al nóvalo, sintiendo cómo poco a poco las arnillas se espejunaban, se iban apeltronando, reduplimiendo, hasta quedar tendido como el trimalciato de ergomanina al que se le han dejado caer unas filulas de cariaconcia. Y sin embargo era apenas el principio, porque en un momento dado ella se tordulaba los hurgalios, consintiendo en que él aproximara suavemente sus orfelunios. Apenas se entreplumaban, algo como un ulucordio los encrestoriaba, los extrayuxtaba y paramovía, de pronto era el clinón, la esterfurosa convulcante de las matricas, la jadeholante embocapluvia del orgumio, los esproemios del merpasmo en una sobrehumítica agopausa. ¡Evohé! ¡Evohé! Volposados en la cresta del murelio, se sentían balparamar, perlinos y marulos. Temblaba el troc, se vencían las maioplumas y todo se resolvirb en un profundo pínice, en niolamas de argutendidas gasas, en carinias casi crueles que los ordopenaban hasta el límite de las gunflas.

Julio Cortazar
No. 17, Octubre 1966
Tomo III – Año III
Pág. 355

Exacto

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El cielo es la obra de los mejores y más bondadosos hombres y mujeres. El infierno es la obra de los presumidos, de los pedantes y de los que se dedican a decir verdades. El mundo es un intento de sobrellevar a unos y otros.

Samuel Butler, Note-Books (1912)
No. 17, Octubre 1966
Tomo III – Año III
Pág. 348

Dostoievski

Fiódor Dostoievski

Fiódor Mijailovich Dostoievski

(Moscú, 1821 – San Petersburgo, 1881))

 

Novelista ruso. Educado por su padre, un médico de carácter despótico y brutal, encontró protección y cariño en su madre, que murió prematuramente. Al quedar viudo, el padre se entregó al alcohol, y envió finalmente a su hijo a la Escuela de Ingenieros de San Petersburgo, lo que no impidió que el joven Dostoievski se apasionara por la literatura y empezara a desarrollar sus cualidades de escritor.

A los dieciocho años, la noticia de la muerte de su padre, torturado y asesinado por un grupo de campesinos, estuvo cerca de hacerle perder la razón. Ese acontecimiento lo marcó como una revelación, ya que sintió ese crimen como suyo, por haber llegado a desearlo inconscientemente. Al terminar sus estudios, tenía veinte años; decidió entonces permanecer en San Petersburgo, donde ganó algún dinero realizando traducciones.

La publicación, en 1846, de su novela epistolar Pobres gentes, que estaba avalada por el poeta Nekrásov y por el crítico literario Belinski, le valió una fama ruidosa y efímera, ya que sus siguientes obras, escritas entre ese mismo año y 1849, no tuvieron ninguna repercusión, de modo que su autor cayó en un olvido total.

En 1849 fue condenado a muerte por su colaboración con determinados grupos liberales y revolucionarios. Indultado momentos antes de la hora fijada para su ejecución, estuvo cuatro años en un presidio de Siberia, experiencia que relataría más adelante en Recuerdos de la casa de los muertos. Ya en libertad, fue incorporado a un regimiento de tiradores siberianos y contrajo matrimonio con una viuda con pocos recursos, Maria Dmítrievna Isáieva.

Tras largo tiempo en Tver, recibió autorización para regresar a San Petersburgo, donde no encontró a ninguno de sus antiguos amigos, ni eco alguno de su fama. La publicación de Recuerdos de la casa de los muertos (1861) le devolvió la celebridad. Para la redacción de su siguiente obra, Memorias del subsuelo (1864), también se inspiró en su experiencia siberiana. Soportó la muerte de su mujer y de su hermano como una fatalidad ineludible. En 1866 publicó El jugador, y la primera obra de la serie de grandes novelas que lo consagraron definitivamente como uno de los mayores genios de su época, Crimen y castigo. La presión de sus acreedores lo llevó a abandonar Rusia y a viajar indefinidamente por Europa junto a su nueva y joven esposa, Ana Grigorievna. Durante uno de esos viajes su esposa dio a luz una niña que moriría pocos días después, lo cual sumió al escritor en un profundo dolor.

A partir de ese momento sucumbió a la tentación del juego y sufrió frecuentes ataques epilépticos. Tras nacer su segundo hijo, estableció un elevado ritmo de trabajo que le permitió publicar obras como El idiota (1868) o Los endemoniados (1870), que le proporcionaron una gran fama y la posibilidad de volver a su país, en el que fue recibido con entusiasmo. En ese contexto emprendió la redacción de Diario de un escritor, obra en la que se erige como guía espiritual de Rusia y reivindica un nacionalismo ruso articulado en torno a la fe ortodoxa y opuesto al decadentismo de Europa occidental, por cuya cultura no dejó, sin embargo, de sentir una profunda admiración.

En 1880 apareció la que el propio escritor consideró su obra maestra, Los hermanos Karamazov, que condensa los temas más característicos de su literatura: agudos análisis psicológicos, la relación del hombre con Dios, la angustia moral del hombre moderno y las aporías de la libertad humana. Máximo representante, según el tópico, de la «novela de ideas», en sus obras aparecen evidentes rasgos de modernidad, sobre todo en el tratamiento del detalle y de lo cotidiano, en el tono vívido y real de los diálogos y en el sentido irónico que apunta en ocasiones junto a la tragedia moral de sus personajes[1].

 

[1] http://www.biografiasyvidas.com/biografia/d/dostoievski.htm

El perro muerto

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Jesús llegó una tarde a las puertas de una ciudad e hizo adelantarse a sus discípulos para preparar la cena. Él, impelido al bien y a la caridad, internose por las calles hasta la plaza del mercado.

Allí vio en un rincón algunas personas agrupadas que contemplaban un objeto en el suelo y acercose para ver qué cosa podía llamarles la atención.

Era un perro muerto, atado al cuello por la cuerda que había servido para arrastrarle por el lodo. Jamás cosa más vil, más repugnante, más impura se había ofrecido a los ojos de los hombres.

Y todos los que estaban en el grupo miraban hacia el suelo con desagrado.

—“Esto emponzoña el aire” —dijo uno de los presentes.

—“Este animal putrefacto estorbará la vía por mucho tiempo” —dijo otro.

—“Mirad su piel —dijo u tercero—. “No hay un solo fragmento que pudiera aprovecharse para cortar unas sandalias.”

—“Y sus orejas” —exclamó un cuarto— “son asquerosas y están llenas de sangre”.

—“Habrá sido ahorcado por ladrón” —añadió otro.

Jesús les escuchó, y dirigiendo una mirada de compasión al animal inmundo:

—¡Sus dientes son más blancos y hermosos que las perlas! —dijo.

Entonces el pueblo admirado volviose hacia Él, exclamando:

—“¿Quién es éste? ¿Será Jesús de Nazaret? ¡Sólo Él podía encontrar de que condolerse y hasta algo que alabar en un perro muerto!”…

Y todos siguieron, avergonzados, su camino, prosternándose ante el hijo de Dios.

León Tolstoi
No. 17, Octubre 1966
Tomo III – Año III
Pág. 347

León Tolstoi
No. 92, 1984
Tomo XIV – Año XX
Pág. 514

Los cerdos

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El primero que encontró el papel fue el barbero. Lo halló tirado sobre el alcor, cerca del viejo molino. Recogió la hoja, que el viento y la lluvia parecían haber respetado, y leyó los gruesos caracteres dibujados con caligrafía enérgica. De allí bajó, ya con forma de cerdo.

El hecho alarmó a la mujer del barbero, quien subió luego al alcor acompañada de su suegra. Encontraron el papel, lo leyeron y comenzaron a dar pequeños gruñidos ¡Coin! ¡Coin! El maestro de la escuela se dio cuenta del asunto, y subió; también bajó corriendo y dando gruñidos. Después fue el policía, quien llegó al pueblo con su gorra de uniforme trabada entre las grandes y peludas orejas. Más tarde el carpintero, el molinero, la modista, el boticario, cuatro niños, once niñas, el inspector sanitario, etc… El último fue el cura, y su caso más patético: la negra sotana no alcanzaba a cubrir la cola rizada, que flotaba como una bandera a medida que el animal corría por las calles de la aldea, perseguido ya por millares de cerdos. Apenas se salvaron unos cuantos campesinos viejos y analfabetos.

La hoja de papel amarillento quedó sobre el alcor. Funcionarios de la capital del Estado, delegados de la Universidad, científicos y periodistas extranjeros y curiosos de los pueblos vecinos, se mantienen a prudente distancia sin atreverse a leer el texto mágico. De vez en cuando lo hace algún desaprensivo, sin que los oficiales del ejército puedan impedirlo; entonces corre otro cerdo colina abajo, hasta llegar a las calles del pueblo, que hoy es una inmensa porqueriza.

 

Álvaro Menén Desleal
No. 17, Octubre 1966
Tomo III – Año III
Pág. 345

La dama frente al espejo

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Al entrar al Salón de los Espejos, la bonita señora no pudo resistir el impulso de mirarse. Por lo demás, es un impulso natural, y su comisión no conlleva nada delictivo ni pecaminoso. Había entrado al Salón de los Espejos para esperar a a Marquesa, con quien bebería el té en el coqueto jardín inglés del flanco izquierdo del castillo.

Puso, pues, su carterita sobre una silla, quedándose con la polvera. Al ver su imagen reflejada en el azogue, respingó un poco la nariz para empolvarse. Luego puso en su sitio, con un gesto regañón, a dos o tres cabellos rebeldes, y se ajustó el traje sastre. Fue ese el momento en que percibió el fenómeno: atrás suyo, otra dama se ajustaba el vestido sastre frente a otro espejo de pared. Atrás de esta nueva mujer, otra más, igual también a ella, se ajustaba e traje sastre. Y más atrás, otra, y otra, y otra…

Dio ella un paso, retirándose alarmada del espejo. Simultáneamente, una infinita sucesión de imágenes de mujeres en un todo iguales a ella, dieron también un paso para retirarse de sus espejos. Abrió los ojos desmesuradamente; y aquel millón de mujeres abrieron dos millones de ojos desmesuradamente, formadas en una línea recta en perspectiva que llegaba al infinito.

Palideció. Diez millones de mujeres palidecieron con ella. Entonces dio el grito, llevándose la mano a los ojos. Cien millones de mujeres corearon su grito y repitieron su gesto. Cayó al suelo. Mil millones de mujeres cayeron al suelo gimiendo. Ella se arrastró sobre la gruesa alfombra árabe, y un incontable número de mujeres, como soldados sobre el terreno calcaron uno a uno sus movimientos felinos. No logró salir del Salón de los Espejos: al acudir los sirvientes, encontraron muerta Media Humanidad…

 

Álvaro Menén Desleal
No. 17, Octubre 1966
Tomo III – Año III
Pág. 344

La condena

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En los primeros días del dominio de Rumanía por los nazifascistas, fue desatada una persecución sangrienta en contra de los judíos. No satisfechos, los alemanes comenzaron a perseguir también a los simpatizantes de los israelitas.

Un día, mi amigo Eugen Bucur, músico de profesión, supo que sería encarcelado y quizá muerto. No podía poner tierra de por medio y, ante el acoso de los agentes de la SS, buscó la protección de una entidad clandestina. Un miembro de la resistencia se puso a sus órdenes, y un día éste fue a buscarlo a la alacena del tenducho en que se refugiaba, para decirle:

—Vamos.

—¿Adónde? —preguntó Bucur.

—Al zoológico.

—¿Al zoológico…?

—No hagas preguntas y sígueme.

En el camino le explicó que esa tarde iba a ser capturado y muerto por los nazis. Ya en el parque zoológico, después de cambiar algunas palabras con uno de los vigilantes, el perseguido se vistió con la piel de un gorila que había muerto la noche anterior.

—Entra en la jaula —le ordenaron.

—Pero…

—No hay pero que valga. ¿O quieres que te fusilen?

Bucur lo hizo, e interpretó bien su papel, los rubios soldados alemanes iban con sus mujeres a ver las monadas del simio, y le lanzaban cacahuates al tiempo que le pedían molestara a los leones de la jaula vecina. Era la suerte de más éxito: el falso gorila se subía a los barrotes de su jaula y desde ahí hostigaba a los reyes de la selva, que respondían con feroces rugidos y terribles zarpazos. Un periódico, en su sección infantil, llegó a calificar de “casi humano” a aquel gorila, y el diario “Dreptatea” le dedicó un reportaje gráfico.

Pero hay algo aún más terrible en esta historia que luego he visto publicada en la revista Siempre como un chiste: la misma tarde en que mi amigo Bucur fue llevado al zoológico, el miembro de la resistencia  que le proporcionara el supuesto disfraz salvador se presentó a la oficinas de la Wermcht y habló con un coronel calvo y gordinflón:

—Mi coronel —dijo, saludando con el brazo extendido a la manera de los fascistas—; mi coronel, Eugen Bucur, amigo de los semitas y profesor del Conservatorio de Bucarest, ha sido capturado.

—¡Aja! —dijo el coronel—; ¿lo disfrazaron de mono?

—Sí, de mono.

Mi amigo nunca habría podido fugarse de su jaula: es una hazaña que no cumplen ni los gorilas verdaderos; en todo caso, jamás sospechó siquiera que su disfraz y su encierro fueran una pena impuesta por el enemigo, y aunque enfermó gravemente de los nervios por la cercanía de los leones, íntimamente agradecía la intervención del supuesto miembro de la resistencia, por quien elevaba cada tarde sus oraciones.

Un día supo todo gracias a mí, cuando, años después, yo ocupé un cargo en el gobierno nacional que reemplazó a Antonescu y, pude ordenar la liberación suya. Y también la de los leones.

 

Álvaro Menén Desleal
No. 17, Octubre 1966
Tomo III – Año III
Pág. 336

La edad de un chino

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Lu Dse Yan enamoraba a la hija de un funcionario de estado; pero la muchacha tenía quince años menos que él. Lu Dse Yan no era viejo precisamente: contaba 30 años, y era un joven erudito autor de un tratado sobre cómo evitar las inundaciones en los campos.

—Lo que pretendes es imposible —le dijo un día Lin Po, la hija del funcionario—; yo tengo 15 años y tú, 30. Demasiadas primaveras nos separan.

—Realmente no es mucha la diferencia —contestó Lu Dse Yan—. Cuando tu tengas veinticinco años, yo tendré cuarenta, y la gente no podrá menos que alabarla buena pareja que formamos.

—Cuando tú tengas 45 —afirmó el joven erudito—, yo tendré 60, y para entonces no habrá quien sospeche la diferencia entre nuestras edades.

—Cuando tengas tú 65 —dijo de nuevo ella, yo tendré 50, y deberé de ayudarte a caminar.

—Cuando seas tú la que tenga 60, celebraré yo mis tres cuartos de siglo llevándote al Templo de Confucio en Ch´u-fu.

—Si llego yo a esa avanzada edad —contestó ella— tú tendrás ya 90 años y deberé alimentarte como a un niño.

—De cumplir tú los 85, seré yo quien te ilumine con Tao.

—Para entonces —replicó la dama— estarás en los cien años y pasarás el tiempo tendido al sol, sin ánimos para nada.

—Entonces —terminó Lu Dse Yan— la gente habrá dejado de pensar en la diferencia de edades, y sólo exclamará: “Mirad a ese viejo erudito y a su vieja mujer: ambos se cuidan y se aman como si fueran novios”. Y entonces el Nieto del Cielo y la Doncella Tejedora, al juntarse el séptimo día de la séptima luna en la Vía Láctea, harán que podamos quedar como marido y mujer de encarnación en encarnación.

 

Álvaro Menén Desleal
No. 17, Octubre 1966
Tomo III – Año III
Pág. 342

Hemorragia

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—¡Córtame por favor este hilo!

Y la esposa fue con las tijeras y se lo cortó.

Pero aquella noche no hubo recepción ni nada que se le pareciera, puesto que el farmacéutico primero, el doctor después y, por fin, el sastre, no acertaron a contener la espantosa hemorragia.

Francisco Tario
No. 17, Octubre 1966
Tomo III – Año III
Pág. 340

Los peces

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A orillas de un río, un monje tibetano se encontró con un pescador que cocía en una marmita una sopa de pescados. El monje, sin decir palabra, se bebió la marmita de sopa hirviendo. El pescador le reprochó su glotonería. El monje entró en el agua y orinó. Salieron los peces que había comido y se fueron nadando.

Alexandra David-Neel en: De Parmi les Mystiques et les Magiciens du Tibet (1929)
No. 17, Octubre 1966
Tomo III – Año III
Pág. 336

Jules Lemaitre

Jules Lemaître

Jules Lemaître

François Élie Jules Lemaître

(27 de abril de 1853 – 4 de agosto de 1914)

 

Fue un crítico y escritor de drama francés.

Lemaître nació en Vennecy, Loiret. Trabajó como profesor en la Universidad de Grenoble cuando ya era reconocido por sus críticas literarias, y en 1884 renunció a su cargo para dedicarse a la literatura. Sucedió a JJ Weiss como el crítico de drama del Journal des Débats, y más tarde ocupó la misma posición en el Revue des Deux Mondes. Sus estudios literarios fueron recopilados con el título Les Contemporains (7 series, 1886-1899), y sus folletines dramáticos, como Impressions de théàtre (10 series, 1888-1898).

Publicó dos volúmenes de poesía: Les Médaillons (1880) y Petites orientales (1883); también publicó algunos volúmenes de contes, entre los que se encuentra En marge des vieux livres (1905).

Fue admitido en la Academia francesa el 16 de enero de 1896. Dio a conocer su posición política en La Campagne nationaliste (1902), una serie de conferencias que brindó en el interior de Francia, junto a Godefroy Cavaignac. Condujo una campaña nacionalista en el Écho de Paris, y se desempeñó por un período como presidente de la Ligue de la Patrie Française. Renunció en 1904 y durante el resto de su vida se dedicó exclusivamente a escribir[1].

 

[1] http://es.wikipedia.org/wiki/Jules_Lema%C3%AEtre

Antonio Machado

Antonio Machado

Antonio Machado

(Sevilla, 1875 – Collioure, 1939)

 

Poeta español. Aunque influido por el modernismo y el simbolismo, su obra es expresión lírica del ideario de la Generación del 98. Hijo del folclorista Antonio Machado y Álvarez y hermano menor del también poeta Manuel Machado, pasó su infancia en Sevilla y en 1883 se instaló con su familia en Madrid.

Se formó en la Institución Libre de Enseñanza y en otros institutos madrileños. En 1899, durante un primer viaje a París, trabajó en la editorial Garnier, y posteriormente regresó a la capital francesa, donde entabló amistad con R. Darío. De vuelta a España frecuentó los ambientes literarios, donde conoció a J. R. Jiménez, R. del Valle-Inclán y M. de Unamuno.

En 1907 obtuvo la cátedra de francés en el instituto de Soria, cuidad en la que dos años después contrajo matrimonio con Leonor Izquierdo. En 1910 le fue concedida una pensión para estudiar filología en París durante un año, estancia que aprovechó para asistir a los cursos de filosofía de H. Bergson y Bédier en el College de France. Tras la muerte de su esposa, en 1912, pasó al instituto de Baeza.

Doctorado en filosofía y letras (1918), desempeñó su cátedra en Segovia y en 1928 fue elegido miembro de la Real Academia Española. Al comenzar la Guerra Civil se encontraba en Madrid, desde donde se trasladó con su madre y otros familiares al pueblo valenciano de Rocafort y luego a Barcelona. En enero de 1939 emprendió camino al exilio, pero la muerte lo sorprendió en el pueblecito francés de Colliure.

Los textos iniciales de Machado, comentarios de sucesos y crónicas costumbristas escritos en colaboración con su hermano y firmados con el seudónimo Tablante de Ricamonte, aparecieron en La Caricatura en 1893. Sus primeros poemas se publicaron en Electra, Helios y otras revistas modernistas, movimiento con el que Machado se sentía identificado cuando comenzó su labor literaria.

No obstante, aunque las composiciones incluidas en Soledades (1903) revelaron la influencia del modernismo, el autor se distanció de la imaginería decorativa de la escuela rubeniana para profundizar en la expresión de emociones auténticas, a menudo plasmadas a través de un sobrio simbolismo. En su siguiente libro, Soledades, galerías y otros poemas (1907), reedición y ampliación del anterior, se hizo más evidente el tono melancólico e intimista, el uso del humor como elemento distanciador y, sobre todo, la intención de captar la fluidez del tiempo.

Al igual que Unamuno, Machado consideró que su misión era “eternizar lo momentáneo”, capturar la “onda fugitiva” y transformar el poema en “palabra en el tiempo”. En los años posteriores se acentuó su meditación sobre lo pasajero y lo eterno en Campos de Castilla (1912), pero no por medio de la autocontemplación, sino que dirigió la mirada hacia el exterior, y observó con ojos despiertos el paisaje castellano y los hombres que lo habitaban. Una emoción austera y grave recorre los poemas de este libro, que evoca la trágica España negra tan criticada por la Generación del 98 desde una perspectiva regeneracionista, al tiempo que se describe con hondo patriotismo la decadencia y ruina de las viejas ciudades castellanas.

En su siguiente volumen de poemas, Nuevas canciones (1924), el autor intensificó tanto su enfoque reflexivo como la línea sentenciosa de los “Proverbios y cantares” incluidos en el libro anterior. Esta tendencia filosófica se manifestó entre 1912 y 1925, etapa en la que Machado redactó una serie de apuntes que verían la luz póstumamente con el título de Los complementarios (1971).

En este cuaderno, miscelánea de lecturas, esbozos y reflexiones cotidianas, aparecieron por primera vez sus heterónimos, el filósofo y poeta Abel Martín y su discípulo, el pensador escéptico Juan de Mairena. Ambos son personajes imaginarios que permitieron expresar al creador sus ideas sobre cultura, arte, sociedad, política, literatura y filosofía, especialmente en el libro Juan de Mairena. Sentencias, donaires, apuntes y recuerdos de un profesor apócrifo (1936).

Paralelamente, en las ediciones de Poesías completas de 1928 y 1933 se decanta una lírica de tema amoroso y erótico inspirada por la que fue, tras la muerte de su esposa, su gran pasión en la vida real, Pilar de Valderrama, llamada Guiomar en dichos versos. Ya durante la contienda civil Machado escribió algunos poemas y varios textos en prosa, parte de los cuales fueron recogidos en La guerra (1937). Se trata de escritos testimoniales, plenamente incardinados en las circunstancias históricas del momento[1].

 

 

[1] http://www.biografiasyvidas.com/biografia/m/machado.htm

Inapelablaciones

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Los hombres que están siempre de vuelta en todas las cosas son los que no han ido nunca a ninguna parte. Porque ya es mucho ir; volver, ¡nadie ha vuelto!

Huid de escenarios, púlpitos, plataformas, y pedestales. Nunca perdáis contacto con el suelo: porque sólo así tendreís una idea aproximada de vuestra estatura.

Antonio Machado
No. 24, Junio – Julio 1967
Tomo IV – Año IV
Pág. 590

Claude Lévi-Strauss

Claude Lévi-Strauss

Claude Lévi-Strauss

(Bruselas, 1908 – París, 2009)

 

Antropólogo francés

Nació el 28 de noviembre de 1908 en Bruselas en el seno de una familia judía.

Cursó estudios de Filosofía y Derecho en la Sorbona de París. En el año 1934 se traslada a Brasil para trabajar como profesor de sociología en la Universidad de São Paulo, donde realizó trabajos de campo sobre las comunidades indígenas del Mato Grosso y la Amazonia. En 1942 viaja a Estados Unidos donde conoce a Roman Jakobson, cuyo estructuralismo lingüístico le influyó de manera decisiva, fue profesor visitante en la New School for Social Research de Nueva York; director asociado del Musée de l’Homme en París en 1949 y más adelante director de estudios en la Escuela Práctica de Altos Estudios de la Sorbona (1950-1974).

En 1959 fue catedrático de antropología social en el Collège de France y director del Laboratorio de Antropología Social. Asumió las aportaciones de la escuela sociológica francesa y trasladó el análisis estructural al campo de la antropología. En este sentido, puede decirse que su obra supone, tanto una prolongación, como un giro y una nueva perspectiva en el campo de los estudios mitológicos; una prolongación, en cuanto a su continuidad con las asunciones maussianas que conciben el mito como un peculiar sistema de comunicación, con un “código” propio, cuyas categorías y estructuras es preciso descifrar; un giro, respecto de que el modelo metodológico no es ni biológico ni psicológico, sino lingüístico, buscando conexiones internas en pos de las estructuras permanentes de la lengua (diferenciando ésta del habla); y, por último, una apertura del horizonte de estudio, en tanto que ha compelido a la investigación mitológica a plantearse en otros términos los problemas antiguos (relativos, fundamentalmente, a la posibilidad del estudio científico de los mitos pertenecientes a culturas actualmente desaparecidas, como es el caso de, entre otros, los mitos griegos).

Entre sus libros destacan: Estructuras elementales del parentesco (1949), su autobiografía Antropología estructural (1958), Tristes trópicos (1955) y El pensamiento salvaje (1962). En 1964 se edita el primer volumen de Mitológicas, que comprende: Lo crudo y lo cocido (1964), De la miel a las cenizas (1966), El origen de las maneras en la mesa (1968) y El hombre desnudo (1971).

Miembro de la Academia Francesa, fue condecorado con la Legión de Honor. El 30 de marzo de 2005, gana el XVII Premio Internacional Catalunya, dotado con 80.000 euros y una obra de arte, que concede anualmente la Generalitat.

Claude Lévi-Strauss falleció el 30 de octubre de 2009 en París, Francia[1].

 

[1] http://www.buscabiografias.com/bios/biografia/verDetalle/5647/Claude%20Levi-Strauss

Prohibiciones

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Las prohibiciones que los fang designan con el término general de beki, afectan según los casos a las mujeres y a los hombres, a los iniciados y a los no iniciados, a los adolescentes y a los adultos, a los matrimonios que esperan o no un hijo. No se debe consumir el interior de los colmillos de elefante porque es una sustancia blanda y amarga; la trompa del elefante porque entonces se corre el riesgo de que se reblandezcan los miembros; los corderos y las cabras, por temor de que comuniquen su respiración jadeante; la ardilla les está prohibida a las embarazadas porque hace difíciles los partos; el ratón les está especialmente prohibido a las jóvenes, porque es descarado, roba la mandioca cuando la están lavando, y porque las jóvenes corrían el riesgo de ser, de igual manera, “robadas”; pero el tacón está prohibido también, en un plano más general, porque vive cerca de las habitaciones y se le considera como un miembro de la familia.

Claude Lévi-Strauss
No. 24, Junio – Julio 1967
Tomo IV – Año IV
Pág. 580

Misterio

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PASADENA, California, 2 de mayo.

—En la Luna ocurren misteriosas desapariciones, revelaron hoy aquí técnicos espaciales norteamericanos.

Trozos de roca que la excavadora lunar “Surveyor 3” arrancó ayer, desaparecieron súbita y misteriosamente en dos ocasiones antes de ser fotografiadas, afirmaron los técnicos del “Jet Propulsion Laboratory”, en Pasadena.

Los especialistas son incapaces de explicar estas desapariciones que se produjeron en unos segundos.

Agencia France Presse
No. 24, Junio – Julio 1967
Tomo IV – Año IV
Pág. 578

Las líneas de la mano

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De una carta tirada sobre la mesa sale una línea que corre por la plancha de pino y baja por una pata. Basta mirar bien para descubrir que la línea continúa por el piso de parqué, remonta el muro, entra en una lámina que reproduce un cuadro de Boucher, dibuja la espalda de una mujer reclinada en un diván, y por fin escapa de la habitación por el techo y desciende en una cadena del pararrayos hasta la calle. Ahí es difícil seguirla a causa del tránsito pero con atención se la verá subir por la rueda del autobús estacionado en la esquina y que lleva al puerto. Allí baja por la media de nilón cristal de la pasajera más rubia, entra en el territorio hostil de las aduanas, rampa y repta y zigzaguea hasta el muelle mayor, y allí (pero es difícil verla, sólo las ratas la siguen para trepar a bordo) sube al barco de turbinas sonoras, corre por las planchas de la cubierta de primera clase, salva con dificultad la escotilla mayor, y en una cabina donde un hombre triste bebe coñac y escucha la sirena de partida, remonta por la costura del pantalón, por el chaleco de punto, se desliza hasta el codo, y con un último esfuerzo se guarece en la palma de la mano derecha, que en ese instante empieza a cerrarse sobre la culata de una pistola.

Julio Cortázar
No. 24, Junio – Julio 1967
Tomo IV – Año IV
Pág. 576

Marcelino Menéndez Pelayo

Marcelino Menéndez Pelayo

Marcelino Menéndez Pelayo

(Santander, 1856 – 1912)

Erudito e historiador español. Niño prodigio, fue discípulo de Milá y Fontanals en Barcelona y estudió más tarde en Madrid y Valladolid. Recorrió las principales bibliotecas europeas y en 1878, con sólo veintidós años, obtuvo la cátedra de literatura de la Universidad de Madrid. Desempeñó numerosos cargos docentes y académicos antes de ser nombrado, en 1898, director de la Biblioteca Nacional. Fue miembro de la Real Academia Española y dirigió la Academia de la Historia.

Considerado el hombre más culto de su época, poseía una extraordinaria memoria y una insólita capacidad de trabajo, cualidades que le permitieron llevar a cabo desde sus precoces inicios una ingente tarea de estudio, especialmente de la historia literaria hispánica. Su trayectoria de polígrafo comenzó con la publicación de La ciencia española (1876), colección de artículos en los que defendió con entusiasmo la tradición científica de su país.

Más tarde elaboró la Historia de los heterodoxos españoles (1880-1882), donde equiparó el concepto de ortodoxia a la idea de espíritu nacional, y negó la condición de españoles de pleno derecho a los autores menos identificados con el catolicismo. De este período de juventud son también las conferencias sobre Calderón y su teatro (1881), análisis poco favorable a este dramaturgo del Siglo de Oro. Otra obra temprana fue la Historia de las ideas estéticas españolas (1883-1884), exhaustivo recorrido por las teorías sobre arte y literatura producidas en España, que puso en relación con sus equivalentes en Europa.

En un segundo momento, pasada la exaltación juvenil, Menéndez Pelayo revisó muchas de las tesis expresadas en sus primeros libros y mitigó su determinismo ideológico sin renunciar por completo a la definición de la cultura española como reflejo de un acendrado catolicismo. Volcado en la sistematización y reconstrucción del pasado literario, escribió una Antología de poetas líricos castellanos (1890-1908), cuyo prólogo es una amplia exposición sobre la poesía medieval en lengua española.

Posteriormente dio a conocer sus Estudios sobre el teatro de Lope de Vega (1892-1902), la Historia de la poesía hispanoamericana (1893-1895) y los Orígenes de la novela (1905-1910), en las que examinó el nacimiento y desarrollo de este género hasta el siglo XVI. Junto a estas obras, que lo consagraron como la figura capital de la historiografía literaria española, hay que mencionar los cinco volúmenes de conferencias, prólogos y artículos reunidos en Estudios de crítica literaria (1884-1898).

En la labor erudita de Menéndez Pelayo se dieron cita el espiritualismo católico, la metodología de H. Taine y el historicismo romántico de J.G. Herder, por lo que su visión puede considerarse una curiosa síntesis de tradicionalismo y modernidad, casticismo y europeísmo, positivismo e idealismo[1].

 

[1] http://www.biografiasyvidas.com/biografia/m/menendez_pelayo.htm
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Superdotado

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Pero aún es más curiosa y significativa en este respecto la carta que se supone escrita por los veinte sabios cordobeses a D. Enrique de Villena. En tan estupendo documento se le atribuyen entre otras facultades maravillosas la de embermejecer el sol con la piedra heliotropina, adivinar lo porvenir por medio de la chelonites, hacerse invisible con ayuda de la hierba Andrómeda, hacer tronar y llover a su guisa con el baxilio de arambre, y congelar en forma esférica el aire, valiéndose para ello de la hierba yelopia.

 

Menéndez Pelayo
No. 24, Junio – Julio 1967
Tomo IV – Año IV
Pág. 572