Heliotropía

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Creían los antiguos, que cierta piedra llamada por ellos heliotropía, tenía la propiedad de volver invisible al que la tomara en la mano.

Otamendi
No. 27, Diciembre 1967
Tomo V – Año IV
Pág. 184

El infierno

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Cuando somos niños, el infierno es nada más que el nombre del diablo puesto en la boca de nuestros padres. Después, esa noción se complica, y entonces nos revolcamos en el lecho, en las interminables noches de la adolescencia, tratando de apagar las llamas que nos queman —¡las llamas de la imaginación!—. Más tarde, cuando ya no nos miramos en los espejos porque nuestras caras empiezan a parecerse a la del diablo, la noción del infierno se resuelve en un temor intelectual, de manera que para escapar a tanta angustia nos ponemos a describirlo. Ya en la vejez, el infierno se encuentra tan a la mano que lo aceptamos como un mal necesario y hasta dejamos ver nuestra ansiedad por sufrirlo. Más tarde aún (y ahora sí estamos en sus llamas), mientras nos quemamos, empezamos a entrever que acaso podríamos aclimatarnos. Pasados mil años, un diablo nos pregunta con cara de circunstancias si sufrimos todavía. Le contestamos que la parte de rutina es mucho mayor que la parte de sufrimiento. Por fin llega el día en que podríamos abandonar el infierno, pero enérgicamente rechazamos tal ofrecimiento, pues ¿quién renuncia a una querida costumbre?

Virgilio Piñera
No. 27, Diciembre 1967
Tomo V – Año IV
Pág. 174

Juego infinito

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Los que querían dormir, no por cansancio sino por nostalgia de los sueños, recurrieron a toda clase de métodos agotadores. Se reunían a conversar sin tregua, a repetirse durante horas y horas los mismos chistes, a complicar hasta los límites de la exasperación el cuento del gallo capón, que era un juego infinito en que el narrador preguntaba si quería que les contara el cuento del gallo capón, y cuando contestaban que sí, el narrador decía no que había pedido que dijeran que sí, sino que si querían que les contara el cuento del gallo capón, y cuando contestaban que no, el narrador decía que no les había pedido que dijeran que no, sino que si querían que les contara el cuento del gallo capón, y cuando se quedaban callados el narrador decía que no les había pedido que se quedaran callados, sino que si querían que les contara el cuento del gallo capón, y nadie podía irse, porque el narrador les decía que no les había pedido que se fueran, sino que si querían que les contara en cuento del gallo capón, y así sucesivamente, en un círculo vicioso que se prolongaba por noches enteras.

Gabriel García Márquez
No. 27, Diciembre 1967
Tomo V – Año IV
Pág. 172

Pintar fantasmas

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Había un artista que pintaba para el príncipe de Chi.

—Dime —le preguntó el príncipe—, ¿cuáles son las cosas más difíciles de pintar?

—Perros, caballos y cosas semejantes —contestó el artista.

—¿Cuáles son las más fáciles?, indagó el príncipe.

—Fantasmas y monstruos —aseguró el artista—. Todos conocemos a los perros y a los caballos y los vemos todos los días, pero es difícil pintarlos como son. Por eso son temas complicados. Pero los fantasmas y los monstruos no tienen forma precisa y nadie los ha visto nunca, por eso es fácil pintarlos.

Jan Fei Dsi
No. 27, Diciembre 1967
Tomo V – Año IV
Pág. 168

Mano de gloria

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Aun hoy, en ciertas zonas rurales, creen en los árboles de hadas, en mesas de brujas, en hierbas mágicas, como la adormidera, la mandrágora, la genciana… Subsisten todavía viejas recetas de la magia negra. La más curiosa es tal vez la “mano de gloria”: se coge una mano de ahorcado, se envuelve en una tela blanca, apretándola bien para hacerle echar la sangre que no estuviese aún coagulada; se mete durante unos quince días en un puchero de barro, con sal o salitre, cimate y pimienta, todo cuidadosamente pulverizado. Luego se pone al sol hasta que está completamente seca, y si el sol no es bastante fuerte, se mete en un horno calentado con helecho y verbena. Se compone después, con grasa de ahorcado, con cera virgen y sésamo, una vela que se pone en la mano de gloria como en un candelero. Por todas partes donde se entre con este maravilloso instrumento, si se ha tenido cuidado de encenderlo, las gentes que se encuentren quedan inmóviles como muertos, lo que es muy cómodo para los criminales.

L. de Gerin-Ricard
No. 27, Diciembre 1967
Tomo V – Año IV
Pág. 157